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lunes, 26 de noviembre de 2012

CAP.CCIII.- Días fastos y nefastos.


En la antigua Roma los dioses consideraban que había unos días en los que se podían realizar actividades propias del comercio y tareas judiciales, los llamados días fastos; otros días (1/3 del año romano aproximadamente) eran días destinados a los dioses y, por lo tanto, no podían realizarse estas actividades comerciales o de litigio, eran los días ne-fastos. Por lo tanto para los romanos los días nefastos eran los de inactividad productiva, los de rezo u holganza.

Con el paso del tiempo el uso del idioma ha ido vulgarizando estas palabras hasta el punto de que hemos terminado por considerar que fasto y festivo son sinónimos, pensando que tienen la misma raíz, cuando en realidad son de origen distinto. Por otra parte los días nefastos normalmente no los vinculamos a los dioses, sino al tedio y la rutina del trabajo, los días en los que todo sale al revés de lo previsto.

Hasta hoy pensaba que los días fastos eran los fines de semana, los días festivos y los nefastos los laborables. A partir de hoy, gracias a internet, me he dado cuenta de lo contrario los días fastuosos son los que dedicamos al “laburo”, a las tareas productivas, y los nefastos los dedicados a la holganza o al rezo.

Vista la tensión y la presión que van adquiriendo los días de trabajo, parece que la gente se gane la vida a bocados, podríamos afirmar que entresemana los días tienden a ser nefastos y al llegar el fin de semana, la tranquilidad, las posibilidades del tiempo libre convierten las jornadas en fastuosas.

Hoy lunes ha sido en Roma hubiera sido día de fastos, empecé a trabajar a eso de las cinco de la mañana y ya pasadas las diez de la noche todavía seguía revisando correos electrónicos y preparando los asuntos de mañana. Sin embargo a los efectos vulgares no cabe duda de que ha sido un día nefasto, hasta el punto de que he tenido que ponerme la ropa de diletante y pergeñar una entrada improvisada para enderezar el día.

El fin de semana fue un fin de semana de “fastos”, el viernes fuimos con unos amigos a ver el espectáculo del Molino, pasamos un rato curioso, divertido. El sábado venían unos amigos a cenar, a probar las habilidades del diletante y, como en los grandes fastos, tocó estirarse y preparar un menú de otoño.

Aperitivos en la mesita.

       Coca de verduras con pimienta de Jamaica.

       Humus con miga de pistacho.

       Almendras fritas con jamón de pato.


Primer plato.


       Sopa de cebolla con sombrero.


Tránsitos.


       Ensalada de naranja con salmón.

       Judías verdes con foie gras.


Segundo plato.


       Carpaccio de pies de cerdo con cigalas.


Postres.- Nuestros amigos trajeron unos pasteles de chocolate de Oriol Balaguer.

Los vinos acordes con el festín, un par de botellas de burdeos grand cru que nos supieron a gloria vendita.


Como prólogo del menú aprovechando la paz de la noche de uno de los días nefastos, organicé a partir de un cuadro de Klee una breve reflexión: En el año 1918 Paul Klee pintó un cuadro en apariencia sencillo utilizando como base las secuencias de letras que hacen nuestros hijos todos los días, el cuadro se titula Sudenly from the gray night, la traducción sería algo así como De repente desde la noche gris. Letras y colores se combinan como si se tratara de un ejercicio infantil, de un aprendizaje. Klee tenía entonces 39 años y todavía seguía descubriendo cosas.

Los que tenemos niños tenemos la inmensa suerte de poder seguir aprendiendo, conseguimos que durante un lapso de tiempo no muy grande nuestras edades se atemperen a las de nuestros hijos y, como quien no quiere la cosa descubrimos el elixir de una juventud que no es eterna pero que permite que el tiempo discurra a un ritmo distinto del que consideramos real, nuestro mundo necesariamente se adapta al de los niños y nos da un montón de segundas y terceras oportunidades.

La cocina no deja de ser una excusa para el aprendizaje, también para el deleite. La cocina es una excusa perfecta para agasajar a los amigos, para descubrir aficiones compartidas, una excusa perfecta para beber un poco de vino y picotear disimuladamente las migas de pan que quedan junto a la servilleta. No todo van a ser fuegos artificiales, también sirven pequeños chasquidos casi imperceptibles. Cuantas veces no nos hemos dado cuenta de que los niños disfrutan más descubriendo una galleta olvidada en el fondo de una mochila, que frente al escaparate de la mejor pastelería de Barcelona.

En casa empezamos pensando en una cena contundente, llena de referencias francesas, luego la hemos ido suavizando, sin olvidar el tono francés, buscando los matices del cuadro de Klee. De ahí la elección del cuadro que entra por los ojos. Esperamos haber acertado.


Termino la jornada nefasta riéndome con una entrevista al actor Jean Renó, que viene a promocionar una comedia, la historia de un cocinero laureado en plena crisis creativa. Siempre me ha hecho gracia este actor y me quedo con ganas de ver la películas. Al final la distinción entre días fastos y nefatos hoy, como en tiempos de los romanos, puede ser equívoca, cuestión de actitudes.

Se acerca la hora de encamarse y me quedo con ganas de haberme preparado una receta sencilla que hace un par de semanas me preparó un amigo, eran un variado de setas – níscalos y boletus edulis – recién cogidos, limpiados con esmero usando un cepillo de dientes – por descontado que sin usar -; se parten en trozos grandes y se ponen sobre una sartén previamente calentada a máxima temperatura. Sin dejar de mover las setas se les añade un poquito de sal para que suden toda el agua que guardan, lo de mover es importante para que no se peguen, si uno tiene el oído fino consigue oír como silban las setas a medida que pierden la humedad. Cuando toman un poco de color y se ha evaporado la práctica totalidad del agua que han supurado se rocían con un poco de aceite de oliva, ajo y perejil picados muy finos. Hay que seguir dándoles un meneo y en el tramo final se le casca un par de huevos de oca, con la yema de un amarillo intenso que puede llegar a confundirse con el naranja. En cuanto cuajan las claras se lleva la sartén a la mesa, donde se trocean los huevos para que las yemas envuelvan los trocos de seta. Hay que comerlo rápido, aún a riesgo de quemarse la punta de la lengua, no descarto que el plato gane en sofisticación si en el último minuto se le añade un medallón de foie, por descontado que Imperia. Así las cosas los días nefastos pueden terminar siendo fastuosos.

4 comentarios:

  1. Con tu blog siempre se aprende algo, para mi, lo tengo muy claro, soy al revés, los fastos son los días maravillosos y los nefastos los que ocurren cosas imprevisibles y siempre desagradables. Ese plato de setas es "fastuosísimo" y el cuadro de Klee me recuerda a las construcciones de madera de colores de los niños. Jubi

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  2. No puedo estar más de acuerdo con Jubi.....

    Se hace imprescindible un evento diletante con todos los seguidores del blog haciendo la ola.......

    Que diver !

    LSC

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    Respuestas
    1. No es mala idea, me apunto a ese "fasto" cuando lo convoque. Jubi

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  3. Felicitaciones por tu blog ya que es muy refrescante y entretenido.
    Solo una modesta corrección, que ya habrás visto; "gloria vendita" debería ser "gloria bendita".

    Espero no fastidiar; saludos.

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