Follow by Email

lunes, 7 de abril de 2014

CAP.CCCXV.- Primaveras, melindros y flores de azahar.


En la calle Arimón, perpendicular a la calle de mi casa, hay unos naranjos escuchimizados que pasan el año con más pena que gloria; son seis arbolillos en línea, colocados sobre la acera de una calle estrecha, muy transitada. Para que los naranjos aguanten el invierno el ayuntamiento ha tenido que apuntalarlos y sujetarlos para que no se les lleven por delante las ráfagas de viento.

          La calle no es ni mucho menos ancha y los fosos en los que están plantados los árboles son especialmente incómodos para los transeúntes, de hecho los fosos suelen estar sucios, con excrementos varios, colillas y papeles – la gente sigue siendo muy marrana.

          La calle suele ser muy transitada por niños pequeños que, en los horarios de entrada y salida del colegio, corretean como verdaderos hijos de Atila, se empujan entre ellos y se golpean contra los troncos de los naranjos y los palos que les apuntalan. Los camiones de reparto suelen rozar las ramas y algún motociclista despistado se ha empotrado contra ellos.

          Solo un milagro – es para lo único que sirven los milagros – permite que los arbolillos sobrevivan año tras año, yo llevo siete años viviendo en el barrio y cuando llegué estaban allí, no se han fortalecido nada con el paso del tiempo. Los pobrecillos por no tener no tienen ni siquiera frutos comestibles, se trata de naranjos bordes que nadie se atreve a probar.

          Pese a todos los pesares y pese a que son muchos más los días de pena que los de gloria, los naranjos de la calle Arimón tienen unas horas fundamentales coincidiendo con los últimos días de marzo y los primeros de abril. En función de cómo hayan ido las lluvias del invierno los naranjos de Arimón florecen de repente después de San José, los árboles llegan exhaustos a la primavera y apenas son capaces de dar una docena de florecillas muy frágiles que, a primeras horas de la mañana, trasladan mi recodo de la calle Arimón a Sevilla. La fragancia de las flores de naranjo de la calle Arimón puede olerse a eso de las siete de la mañana, poco antes de que la calle se colapse de coches. Sobre esa hora suelo bajar a por el pan y la prensa – bocatas para los niños y los bonillos del diario -, camino unos metros y me paro a disfrutar del olor a azahar. A las ocho y media de la mañana, cuando salimos con los niños hacia el colegio, el aroma es casi imperceptible, la calle está ya llena de niños y de ruidos, los naranjos vuelven a ser un obstáculo absurdo en la calle.

La calle Arimón durante dos semanas de marzo y dos de abril tiene un instante de primavera cada mañana, el tiempo justo en el que se pueden escuchar a los pajarillos despistados que anidan en los dos jardines que hay junto a la ventana de mi dormitorio y el olor a flores de naranjo. A las ocho de la mañana los restos de primavera vuelven a ocultarse y la rutina se hace dueña de la calle.

La primavera tiene sus manías.

Ayer por la noche, puede que arrebatado por ese espíritu primaveral, me puse a hacer melindros. Los niños estaban ya dormidos y yo me lie a preparar melindros, el sábado por la tarde fuimos a comer chocolate con melindros a la calle Petritxol y los críos se comieron mi plato de melindros, mucho más jugosos que los churros que pidieron.

Hacer melindros es una tarea muy sencilla solo se necesitan 6 huevos, 125 gramos de azúcar, 125 gramos de harina, ralladura de limón y azúcar glas.

          Se separan las claras de las yemas, se reservan las claras en un bol; en otro se ponen las yemas con el azúcar y se baten bien, hay que conseguir que las yemas queden muy espumosas. Es el momento de rallar la corteza de un limón, rallar un limón te permite disfrutar de unos segundos de primavera ya que la ralladura es especialmente aromática.

Sin parar de batir las yemas se añade la harina previamente tamizada. Se mezcla bien con las yemas intentando que la masa tome el mayor aire posible – hay que batir de abajo arriba exagerando mucho el movimiento de muñeca, no importa dedicarle unos minutos.

Toca ahora batir las claras a punto de nieve con una pizca de sal y unas gotitas de limón; yo levanté las claras a punto de nieve con ayuda de la Thermomix, es un aparato infalible.

Mezclé las claras con las yemas y la harina con movimientos envolventes. La masa queda al final como una espuma.

El horno se precalienta a 150 grados y sobre la bandeja se coloca papel para hornear. Como eran casi las once de la noche y no estaba el asunto para ponerse a revolver buscando mangas pasteleras, hice los melindros ayudándome de una cuchara sopera. Una cucharada por melindro. Antes de meterlos en el horno espolvoreé azúcar glas sobre cada pieza y programé el horno 15 minutos.

Con las cantidades que tomé para los ingredientes me dio para cuatro bandejas de melindros. Tengo problemas para subir la foto de mis melindros.

Para compensar mi amateurismo primavera le he robado un cuadro a Cezanne, el padre de casi todo, que tuvo tiempo de pintar un cuadro de frutas y melindros, seguramente primaverales.

2 comentarios:

  1. Preciosa entrada para esta primera hora de la mañana, casi los huelo y pienso que con el cafetito que me traerán ahora me vendrían de perlas. Nunca me he fijado en los naranjos que describes, la próxima vez lo haré. El cuadro "precioso". Jubi

    ResponderEliminar
  2. Me ha gustado mucho esta entrada. Si estos naranjos "escanyolits" de la calle Arimón, dan alguna que otra naranjita, coge una de ellas y úsala como si fuera un limón para aliñar el pescado, por ejemplo, es realmente delicioso.
    Mari Carmen

    ResponderEliminar

Muchas gracias por los comentarios, es la única manera de poder mejorar. Esta página surge por la necesidad de compartir algunas inquietudes, de ahí la importancia de tu mensaje.