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miércoles, 6 de agosto de 2014

CAP. CCCXXXIII.- Un verano en Mallorca (4ª Jornada)


Un verano en Mallorca (4ª Jornada).- El honor viene sin buscarlo y eso es el fin.

Amanecí a eso de las siete de la mañana, habitualmente duermo poco y, si he de trabajar, duermo menos aún. Vi en el patio el coche de los Barones de Charlús, husmeé por la terraza y por el salón para calibrar el alcance de la noche. Se habían bebido hasta el agua de los ceniceros. Golpeé firmemente en la puerta de la habitación de Pin y Pon, tenían tajo para poner el orden el desaguisado de la noche. Yo marché a buscar pan, desayuno y algunas provisiones al pueblo, patrones con resaca eran piezas difíciles de lidiar.

A eso de las ocho y media estaba de regreso, los filipinos se movían sigilosamente por la casa, casi estaba impecable; les dejé en un plato unos croisans en señal de agradecimiento. Puse en marcha la primera de las cafeteras.

La primera en levantarse fue la duquesa de Guermantes, quedó bajo el umbral de la puerta de la cocina y carraspeó, estaba claro que no quería franquear mi territorio.«Cati, ha visto usted al señor». Por lo visto el duque de Guermantes había desaparecido, no sabía muy bien si no había acertado a dar con su dormitorio tras la cogorza de la madrugada o si había amanecido pizpireto y huidizo.

«No, señora», respondí, «yo me he levantado pronto y no le he visto. Los coches están todos fuera, incluidos los de los invitados de ayer». Sin hilar respuesta, dio media vuelta y marchó a la terraza. «Café, necesito un café y un gelocatil».

Me dejé caer por los dormitorios de los señores y comprobé que una de las camas estaba  intacta, no había pasado la noche con la duquesa. Se agolpaban los motivos para que el servicio de la mañana fuera impecable.

Los niños fueron los siguientes en despertarse, ya estaban preparados los cereales, los zumos y la bollería más llamativa. La duquesa paseaba inquieta por la terraza ajena al bullicio que organizaban los niños. Si hubiera tenido la mitad de mano para la crianza que para  darle el punto de cocción a la pechuga pichón hubiera sido digna sucesora de la señora Von Trap, no sé si por suerte o por desgracia mi capacidad de empatía con la canalla era nula o casi nula, aunque a decir verdad no me molestaba en absoluto en run run permanente de sus juegos y discusiones. Los niños, animales sabios aunque egoístas, habían establecido su red de alianzas y afinidades entre ellos, comían a dos carrillos y arrancaban a correr alrededor de la piscina. La duquesa seguía ajena, mirando al horizonte. El día era escandalosamente azul y luminoso.

Los señores de Swann no tardaron en levantarse, lo hicieron muy amartelados, estaba claro que la procesión iba por barrios; se acercaron solícitos a los niños a quienes besaron como si llevaran meses sin verlos; finalmente, casi con desgana, se dirigieron a la duquesa, que seguía de acá para allá, asomándose a la barandilla de la terraza. «Ha desaparecido, el duque ha desaparecido»; «no te preocupes, seguro que salió a dar un paseo… Fue tan divertida la cena de anoche… Aguantasteis mucho más… nosotros estábamos casi agotados… fue tan divertida la cena de anoche …» La Sra. de Swann se mantenía risueña, divertida y risueña, como si acabara de conocer a su marido. La duquesa quedó en silencio aunque sus ojeras y su voz estropajosa delataban que la noche se había extendido más allá de lo razonable.

El barón de Charlús fue el último en despertar, al filo de las diez; su rostro delataba los estragos de la noche, le había crecido una rala barba blanca que lo avejentaba mucho más. «Habéis visto a la baronesa», a duras penas pudo articular palabras antes de caer derrumbado sobre una de las butacas; sus hijos salieron de la piscina para darle los buenos días. «Verdad papá que no nos iremos nunca de esta casa; es tan divertida». Yo seguía reponiendo parsimoniosamente cada uno de los platos vacíos de embutido, bollería y pan, cambiaba la cubitera de los hielos en los que enfriaban varias botellas de zumo y una botella de champagne que había colocado estratégicamente para que mis patrones pudieran mitigar los rigores de la resaca, un Kir Royal les hubiera ido de maravilla – nueve medidas de champagne y una de licor de cassis, con una guinda de adorno -; tampoco iría mal el socorrido blody Mary, aunque me parecía una provocación colocar una botella de vozka sobre la mesa del desayuno, en todo caso el servicio estaba dispuesto para cualquier petición.

Los señores de Swann seguían empeñados en su excusa “happy flowers” de que todo el que faltaba estaba paseando felizmente. La duquesa y el barón, cada uno en un extremo de la mesa, se miraban de reojo y oteaban el horizonte, escandalosamente azul, ajeno a sus nubarrones. «Sobre todo que los niños no noten nada», rogaba el barón.

Es curioso ver como variaban las reacciones. La ausencia del duque era asumida, dentro de lo que cabe, como algo normal, natural, aunque la duquesa y yo compartiéramos el pequeño secreto de una de las dos camas vacías, un factor que modificaba sustancialmente el escenario sobre el que debíamos movernos. La ausencia de la baronesa sin embargo generaba mayores tensiones, en sus códigos de conducta no estaba bien visto que una señora hubiera hecho mutis por el foro; rápidamente me deslicé hacia la zona de las habitaciones para corroborar los restos de un posible naufragio; la habitación en la que durmieron los barones evidenciaba una intensa batalla campal, las camas unidas y un amasijo de sábanas sudadas y revueltas entre las que asomaban jirones de ropa interior.

El barón se tomó seguidas dos grandes tazones de café solo, un café que había cargado más de lo normal. El desayuno dejaba en suspenso cualquier decisión estratégica. La duquesa reclamó la presencia de Pin y Pon, a los que ordenó que condujeran a los niños a las dos piscinas traseras para mitigar el ruido y poder hablar con libertad, los niños mayores ponían la antena con cierta facilidad intentando descifrar las razones de la extraña situación.

El duque  asomó por la escalera del embarcadero, llegaba con el mismo polo estridente, subido el cuello en el convencimiento de que le hacía más moderno, y con las mismas ridículas bermudas con las que había cenado. Llevaba el pelo revuelto y mojado, la ropa como si hubiera sufrido un bombardeo. Se dirigió primero a su esposa, a quien besó, «he ido a darme un chapuzón matutino». Una excusa escueta que la duquesa aceptó como suficiente; saludo con cordialidad al resto de comensales y jovialmente preguntó: «Duerme todavía la baronesa», el barón de inmediato informó de la desaparición. El duque cambió de inmediato el gesto, aseguró no haberla visto durante la mañana y, después de tomarse un café, bajó de nuevo la escalera del embarcadero, acompañado por el señor de Swann para rastrear en la caseta cercana al amarre. Allí encontraron formando un ovillo las ropas de la baronesa, ropa interior incluida; en el centro del hatillo el reloj de oro – Cartier por supuesto –, dos anillos de Bulgari, los pendientes de diamante y un discreto colgante. Descartamos el robo como móvil de la desaparición. También tenía que descartar la hipótesis de que los barones hubieran pasado una noche de pasión en común se diluía, lo que no me impedía pensar que en aquella habitación algo de pasión se había desatado.

El barón llamó por el teléfono móvil y en el salón, perdido entre cojines, sonó el politono de la baronesa, un fragmento de una ópera de Verdi. Cerca del teléfono, tirado en el suelo, el bolso y una copa de champagne medio llena. Estuviera donde estuviera la baronesa, estaba despojada de cualquiera de sus pertenencias.

Llegados a este punto, en plena confusión, probablemente la salida más digna – no por ello menos dramática – era que apareciera flotando desnudo el cuerpo de la baronesa, enredado en el cordaje de la boya a la que, no en vano, llamaban muerto. Recordaba haber leído en mi adolescencia una novela de verano en la que la aparición del cadáver de una mujer desnuda desencadenaba el relato. El cuerpo de la baronesa le hubiera dado otra densidad al verano.

El barón estaba completamente desasosegado, buscaba las confidencias de la duquesa; el duque dormitaba en la tumbona y los señores de Swann se ocupaban de los niños, con los que habían organizado unos juegos de piscina a base de carreras buceando y una absurda Gymcama que les obligaba a transitar sobre colchonetas y flotadores de todo tipo.

Barón y duquesa debatían sobre el tiempo prudencial que debían dejar pasar antes de avisar a la policía; el barón, prudente, creía que se podía aguardar al atardecer y que no se debía descartar que la baronesa estuviera dormitando en la playa; la duquesa, más alarmada, era partidaria de llamar de inmediato a la policía, de inmediato “ma non tropo” ya que antes debían reconstruir las últimas horas de la noche, tarea complicada.

Los de Swann completaron rápido la indagatoria nocturna, allá las dos de la mañana, antes de abrir la enésima botella de champagne, se retiraron a sus estancias y se amaron hasta casi el amanecer; cierto es que escucharon algunos ruidos pero permanecieron ajenos al exterior.

El duque recordó haber puesto música y haber bailado indistintamente con la duquesa, con la baronesa e incluso, en algún pasaje, con el barón. Luego se empeñó en darse un chapuzón a la luz de la luna, primero en la piscina y más tarde en el mar. La baronesa le acompañó en su aventura y bajó al embarcadero con una botella de champagne y dos copas. El barón y la duquesa seguían bailando y en ese punto se interrumpía su memoria, incapaces de reconstruir las horas siguientes.

Yo seguía suministrando líquidos y seguía vigilando la botella intacta de champagne. Seguía mirando al horizonte en busca de un cadáver que les diera una salida digna a aquel dislate de mañana que sucedía a un mayor dislate de noche. Habían quedado en suspenso las excursiones diurnas y tocaba preparar comida para la afligida tropa, nada mejor que unas supremas de salmón confitados en escabeche de cítricos y quinoa, una sesión de cítricos iría estupendamente a los ánimos de mis señores, a sus tribulaciones; los cítricos y la botella de champagne. De segundo plato les prepararía un sencillo suquet con las gambas que habían sobrado de la noche anterior, un suquet de gambas y pescado con unas patatinas cocidas en el propio caldo de pescado.

Mientras anunciaba el menú a la duquesa emergió desnuda, salida del embarcadero, la duquesa, desnuda y empipada como un mono porque alguien le había robado las ropas que había dejado en el embarcadero, intolerable. Era tan intenso su enfado que su desnudez pasó desapercibida. El barón corrió presto a abrazarla y ella le rechazó con desdén: «Ya hablaremos tú y yo». Se zambulló en la piscina y al salir tuvo un gesto amable, una pequeña complicidad, con el duque, que seguía dormitando en la tumbona ajeno al mundo, aunque no a la desnudez de la baronesa.

El silencio del barón y de la duquesa, la dignidad de la baronesa y el duque en el devenir de su resaca evidenciaba que redentores y redimidos de aquella farra nocturna debían ser trastocados. El duque durmió solo hasta el amanecer en su estancia, la baronesa cayó abotargada en el embarcadero donde dormitó hasta el amanecer, ambos nadaron desnudos hasta la playa cuando salía el sol y permanecieron desnudos sobre la arena, esperando a que el barón y la duquesa agotaran y agostaran sus calenturas en el palazzo.

La mañana estaba casi por completa superada, no eran previsibles más sobresaltos así que puede regresar a la cocina para hacer la comida. Tenía un paquete de quinoa – 250 gramos, mitad blanca, mitad negra – la coloqué en un gran colador y la limpié bien con agua corriente para eliminar así cualquier amargor; la puse a hervir con medio litro de agua. Pasados quince minutos la volví a colar y escurrir, le añadí una pizca de aceite y la dejé reposando en un bol.

Para el escabeche de cítricos utilicé dos tiras de piel de un limón terso y amarillo, otras dos de una lima verde intensa y dos más de una gran naranja; le retiré con la punta de un cuchillo la parte blanca antes de ponerlas a blanquear llevándolas a hervir tres veces desde el agua muy fría, enfriada en hielo; les volví a retirar con la punta del cuchillo la parte blanca antes de cortar las seis tiras de piel en una fina brunoise.

Exprimí el limón, la lima y la naranja, pasé los zumos mezclados por un colador para que no quedara nada de pulpa. Puse la mitad del zumo en un cacillo con dos cucharadas soperas colmadas de azúcar, lo puse a hervir durante unos minutos hasta que quedó un jarabe espeso.

Piqué en  juliana 2 cebolletas tiernas, 150 gramos de zanahoria (dos pequeñas) y 150 de calabacín (uno mediano). Puse un chorrito de aceite de girasol  en una sartén y los rehogué dos o tres minutos con una pizca de sal; cuando la verdura tomó un poco de color bajé el fuego le añadí 100 gramos más de aceite de girasol, un chorrito de vinagre de manzana, el zumo de los cítricos que sobró, las tiras de piel de cítrico, una pizca de pimienta roja y otra de cardamomo; dejé que todo confitara durante cinco minutos antes de retirarlo y dejarlo enfriar.

Para confitar las supremas de salmón puse en una cazuela grande y plana las diez supremas desespinadas y sin piel, las cubrí con aceite de girasol y con unos trocitos de piel de cítricos; debía cocer a 50 grados durante 15 minutos, luego dejé escurriendo las piezas de pescado sobre una rejilla para que eliminaran los restos de aceite.

Sólo me quedaba presentar el plato en una bandeja en la que las piezas de salmón iban colocadas en uno de los extremos, en el otro la quinoa mezclada con el escabeche de cítricos. Dos cebolletas más partidas en cuatros y pasadas por una parrilla con un chorrito de aceite. Por encima de todo el plato el jarabe de cítricos y unos pétalos de flores que recogí del jardín, pétalos rojos y amarillos. El plato quedaba prácticamente idéntico al preparado por los hermanos Roca.

Añorosa de cadáveres hube de conformarme con los de Chardín.

No había finalizado la comida cuando la duquesa, desde el quicio de la puerta de la cocina, me pidió que sacara algunos aperitivos, los niños comerían antes un poco de arroz y tiras de pechuga de pollo empanadas, Pin y Pon las servirían en las piscinas de atrás.

En la terraza delantera las cosas volvían poco a poco a su orden; el señor de Swann había abierto la botella de champagne, el barón de Charlús necesitaba del duque para sus negocios, la duquesa estaba fascinada porque el barón había prometido que traería a un ministro a cenar, un ministro que veraneaba en una playa cercana. La palabra ministro alborotó a los patrones que empezaron a fascinar con lo que podría ser una jornada ministerial en Mallorca.
El barón y la duquesa evitaban la proximidad e incluso las miradas, todavía no habían deshecho el revoltijo de pasiones de la noche anterior y no guardaban ningún recuerdo nítido. La baronesa y el duque, sin embargo, cruzaron algunas miradas, incluso roces en la piscina, sus recuerdos eran mucho más nítidos y sus cuerpos desnudos durante el amanecer habían trabado una divertida alianza, divertida y azul como lo fue todo aquel día.

2 comentarios:

  1. Por Dios, que tensión! No pueden ser más frecuentes los capítulos? Aquí desayunando en la otra punta de España, pan gallego y mermelada casera de ciruela con una lluvia fina cayendo...

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  2. Movidito verano se la presenta a "Cati", pero no se lo pasan nada mal los "duqueses, baroneses y demás satélites, eso sí, con los estómagos bien servidos y regados con buenos caldos, ese salmón confitado debe de estar divino, no tardes en exponernos el siguiente capítulo. Jubi

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