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domingo, 5 de mayo de 2013

CAP.CCXXXVII.- No historia en torno al pastelillo de Belém


Pensaba que una sola entrada cubriría suficientemente mis aventuras portuguesas, sin embargo uno de los comentarios de esta semana me ha animado a seguir escribiendo sobre Oporto aunque más que una historia se trate de una no historia, me explico, recibí un mensaje en el que me reclamaban la receta del pastel de Belem, también conocido como pastel de nata, a lo largo de mis cuatro días en Oporto había probado esos pastelillos, riquísimos, sin embargo no le había dedicado ni un segundo en la entrada pasada y le debía una entrada.

Soy un tipo goloso, muy goloso, hasta el punto de que cuando veo alguna pieza que pienso que me puedo gustar ya de antemano pido dos raciones de golpe, la primera para saciar mi ansia de dulce y la segunda para degustarla con cierta tranquilidad; suelo hacerlo habitualmente cuando voy a Palma y pido ensaimadas en Can Joan de S’Aigo, la primera ensaimada la tomo con tantas ganas que casi no la disfruto.

La primera de las mañanas que desayunamos en Oporto no caí en esos pastelillos y me tomé un sándwich de jamón y queso así que la segunda mañana pedí directamente dos tartaletas, convencido de que me encantaría, como así fue.

La no historia de mi relación con esos pastelillos sin embargo no tiene que ver con ese desayuno, sino con lo vivido/no vivido en el aeropuerto cuando regresábamos.

El lunes pasado a eso de las cuatro y media de la tarde, después de comer y de descansar un rato en el hall del hotel, iniciados nuestra marcha hacia el aeropuerto de Oporto cargados de bultos, con los niños inquietos; cuando uno decide viajar con vuelos baratos parece que le invada una ola de austeridad en le obliga a afrontarlo todo de modo barato por lo que decidimos ir al aeropuerto en metro – años antes tuvimos una muy mala experiencia en París intentando ir en taxi al Charles de Gaulle.

Ir a un aeropuerto en metro cargado de mochilas y maletas de mano – lo que permiten estos vuelos – y con los niños revoloteando por todas partes es una experiencia que obliga a cierto equilibrio zen, sobre todo si la espera en la estación ha de superar la media hora y hay 20 paradas hasta la terminal.

Llegamos con margen al aeropuerto, pasamos todos los controles sin perder la sonrisa, ni los pantalones, ya dentro de la terminal, cerca de la puerta de embarque, organizamos lo que debía ser la cena de los niños – un cacaolat y unos bocadillos de jamón y queso -; en la mesa de al lado una ejecutiva inglesa que había superado ampliamente los cuarenta años se peleaba consigo misma, tenía pegado a la oreja un móvil de última generación que sujetaba con un equilibrio increíble ya que tenía las manos ocupadas en el teclado de un ordenador ultraligero que manejaba con destreza. Mi nivel de inglés no me permitía interferir en la conversación, que sin duda era profesional ya que antes de regañar a su interlocutor consultaba unas tablas excell – no creo que ni tan siquiera el ejecutivo más frío de la city londinense fuera capaz de sintetizar sus laberintos emocionales en una tabla excell.

Como digo no entendí ni “j” de lo que pudiera discutir por teléfono a eso de la media tarde del lunes, lo que sí que me fijé es que sobre la mesa había una novela de Julian Barnes – la última -, un café con leche y dos pastelillos de belem intactos.

El hecho de que leyera a Barnes era un elemento positivo, la elegante delgadez, el manejo de los aparatos y la firmeza de sus palabras – seguro que su interlocutor quedó aterrado sólo por el tono, dudo que fuera su hijo, su amante o asimilado -, también eran sugestivos, el café y los dos pastelillos aventuraban la presencia de una golosa compulsiva. Quedé en guardia pendiente de captar el instante en el que devorara el primero de los pastelillos y, acto seguido el segundo; sin embargo mi espera se vio frustrada ya que apenas mordisqueó el borde de uno de los pasteles y lo devolvió al plato. Apagó el teléfono, cerró el ordenador sin cuidar de clausurar los programas y marchó disparada hacia la cola de entrada a su vuelo de regreso a Londres.

Por un instante pensé que vencería el “yo” goloso de mi espiada ya que volvió sobre sus propios pasos, me dedicó una sonrisa casi imperceptible y apuró los restos de café con leche que quedaban en el vaso de plástico. Los pastelillos quedaron sin tocar, ni siquiera hizo el gesto de envolverlos en una servilleta para tomarlos en el avión.

Tal había sido el grado de complicidad alcanzado que no me hubiera importado recoger sus pastelillos de belem para comérmelos yo en el avión, incluso el ligeramente mordisqueado, sin embargo aquel acto reflejo – que probablemente hubiera realizado de viajar solo – me ponía en riesgo de recibir severas reprimendas, además de suponer un mal ejemplo para mis niños.

Por lo tanto mi posible historia de pastelillos robados a una ejecutiva londinense quedó en una no historia.

De lo que no me cabe duda es que los pastelillos de Belem merecían no sólo la receta, también merecían una entrada para contar esta no historia, aunque ello me obligara a un ejercicio de documentación mucho más sencillo de lo que preveía al inicio.

Los pastelillos de belem son una marca registrada que dispone de su propia página web - http://www.pasteisdebelem.pt/ - en el que cuentan la historia de este bocado, aunque no su receta: En el inicio del siglo XIX, en Belém, cerca del Mosteiro dos Jerónimos funcionaba una refinería de caña de azúcar asociada a una pequeña tienda de comercio variado. Como consecuencia de la Revolución Liberal ocurrida en 1820, todos los conventos de Portugal se cerraron en 1834, expulsando a todos los trabajadores y el Clero. En una tentativa de supervivencia, alguien del Monasterio puso a la venta, en aquella pequeña tienda de comercio, unos pasteles llamados "Pastéis de Belém". En aquella época, la zona de Belém, quedaba lejos de la ciudad de Lisboa y el recorrido era asegurado por los barcos a vapor que llegaban a esa zona. Aún así, la imponencia del Mosteiro dos Jerónimos e de la Torre de Belém atraían a los visitantes, que en seguida se acostumbraban a saborear los deliciosos pasteles originarios del Monasterio. En 1837 se dio inicio a la fabricación de los "Pastéis de Belém" en las instalaciones anexas a la refinería según la antigua “receta secreta” originaria del convento. Desde entonces, esta receta es transmitida y conocida exclusivamente por los maestros pasteleros que los fabrican de modo artesanal en el “Taller del Secreto”. Esta receta se mantiene inalterable hasta hoy en día. De hecho, es por medio de una exigente elección de ingredientes que, la única y verdadera fábrica de los ¨Pastéis de Belém", proporciona hoy el sabor de la antigua pastelería portuguesa.

La no historia se anima porque no hay nada mejor para una receta que descubrir su origen religioso, estos antecedentes clericales incrementan el morbo.

Llegados a este punto de mí no historia podía tener la opción de cerrarla con una “no receta”, sin embargo con el primer intento de búsqueda me llegó la inspiración de uno de los blogs que suelo visitar casi a diario, el del Comidista, un profesional en esto de la información sobre comida y alimentos. Tunear una receta del Comidista era todo un honor, sobre todo teniendo en cuenta que me lo crucé hace unos días en el Barrio de Gracia de Barcelona, él salía de un restaurante con un grupo de amigos, yo me encontraba en una situación absolutamente incómodo y ajena a mi personalidad diletante ya que me estaban filmando unos periodistas que me obligaban a permanecer serio, circunspecto y mirando al objetivo durante varios minutos. Por descontado que aunque cruzamos las miradas – dudo que él pensara que estaba cruzándose con el diletante -, no articulé ni siquiera un gesto de saludo, pese al respecto y consideración que tengo por su blog.

Aquí va el link del Comidista – no quiero que se ofenda si lo pirateo sin más - http://blogs.elpais.com/el-comidista/2012/11/pasteles-de-nata-belem.html.

Esta es la receta:

Ingredientes

◦3 cucharadas de maizena

◦300 ml de leche entera

◦100 ml de nata líquida

◦150 g de azúcar

◦5 yemas de huevo

◦1 vaina de vainilla

◦Azúcar glas y canela para espolvorear (opcional)

Preparación

1. Mezclar la harina con 50 ml de leche en un bol grande hasta que quede homogéneo.

2. Poner a hervir 100 ml de agua con el azúcar y la rama de vainilla cortada por la mitad longitudinalmente. En el momento en el que hierva este almíbar, retirar del fuego.

3. Mientras, calentar el resto de la leche con la nata. Cuando esté bien caliente, antes de que hierva, añadirlo a la leche con la crema de maizena y mezclar bien.

4. Sacar la vaina de vainilla del almíbar e ir añadiéndolo a la mezcla anterior poco a poco sin dejar de remover con rapidez.

5. Cuando la crema anterior se haya templado un poco, incorporar las yemas de huevo y mezclar. Cubrirlo con plástico que quede pegado a la crema y reservar.

6. Precalentar el horno a temperatura máxima (260 grados).

7. Estirar la masa de hojaldre con un rodillo hasta que quede bien fina. Cortar con un cortapastas redondo que tenga más o menos el tamaño de los moldes. Acostar en ellos los discos y, con los dedos mojados en agua, aplastar la masa sobre el fondo y los bordes para que quede lo más fina posible. No importa que sobresalga un poco de masa por los bordes.

8. Rellenar 3/4 partes de los hojaldres con la crema (no pasarse por aprovecharla toda porque con el calor subirá y rebosará). 

9. Hornear unos 8-10 minutos hasta que el hojaldre esté hecho y de color marrón. Dejar enfriar unos minutos, desmoldar y pasarlos a una rejilla. Como mejor están es templados, pero se pueden comer fríos, espolvoreados si se quiere con azúcar glas y canela.

Aquí va mi tuneo, en vez de masa de hojaldre creo que puede salir más ligera con la masa de empanadilla de la cocinera, soy un fanático de esta masa.

Para cerrar la entrada lo suyo hubiera sido un nuevo cuadro de la fundación Serralves, sin embargo después de buscar varias reproducciones en el museo llegué a Perejaume – que tiene una obra en la fundación -, de ahí a Perico Pastor y buscando bodegones de Pastor llegué a una pintora: Lillian Frantín, y con ella a su web - http://www.lilliafrantinstudio.com/paintings.html -; cualquiera de los cuadros de esa web merece una receta, no descarto robarle algún cuadro más.
 

miércoles, 1 de mayo de 2013

CAP.CCXXXVI.- Impresiones (O)Porteñas.


El lunes regresamos de Oporto; experiencia fabulosa, los niños aguantaron como campeones los paseos por la ciudad, han comido bien y han sido razonablemente obedientes. Mientras que España estaba en alerta roja por agua, frio y nieve allí tuvimos mucho sol y temperaturas agradables, sobre todo teniendo en cuenta que estábamos bastante al norte.

No soy persona dotada para las crónicas de viaje, para eso hay guías completas y ordenadas, seguro que nosotros nos hemos dejado mucho por ver.

En cuanto a lo gastronómico viajando un paquete de ocho, con dos pequeños, y que hay que ir mirando el bolsillo, no podemos dar referencias gastronómicas punteras, pero hemos comido de maravilla. Pescados de mucha calidad – lo de la cornisa atlántica es un lujo para todo lo que venga del mar-, aunque tras visitar varios restaurantes puede que el punto de cocción del pescado sea un poco mayor que el que acostumbra por España, donde cada vez es más habitual que el pescado se consuma ligeramente cocinado, en el límite de lo crudo. Los portugueses siguen pasando mucho el pescado.

Hemos probado sardinas – fuera de temporada y un pelo más grandes que las que suelen consumirse por la costa mediterránea -, pulpo – sorprendentes los filetes de pulpo rebozados -, lenguado, rodaballo, lubina – róbalo en portugués -, rape, almejas, mejillones y centollas – las zapateiras.

Mención especial merece el precio de la hostelería, un 30% más barato que en España con una calidad muy alta. Los precios allí son mucho más baratos en lo que concierne a comida – una tortilla de jamón de york para cenar costaba 1’9 euros -; el vino también más asequible que por nuestras tierras, los vinos del Duero pueden competir con los riberas de cientos de kilómetros tierra a dentro con la diferencia de que el precio medio por botella estaba sobre los 15 euros, la bodega que comercializa el Papa Figo ofrece un tinto muy elegante y que no cruje la cartera. Por lo tanto no todo es viño verde u oporto, aunque ambos saben especialmente buenos cuando se prueban en su salsa.

Los efectos de la crisis se notan bastante – tienen un IVA del 23% y prácticamente en ningún establecimiento abierto al público permiten pagar con tarjeta -, sobre todo en la mesa, no muy dada a sofisticaciones. Los acompañamientos de los platos, las guarniciones, dicen mucho de la situación del país ya que con un solo plato de pescado se hace una comida copiosa ya que se acompañan o bien por abundante verdura hervida – soberbias las patatas y potentes las berzas -, o arroz blanco en plato a parte a poquita salsa que tenga el guiso; también era habitual ver acompañamientos a base de un puré de legumbres intensamente verde. El plato sirve de primero y de segundo; además ensaladas de lechuga y tomates sabrosos.

Capítulo aparte merece un restaurante frente a la Iglesia do Carmo, en pleno centro, se llama La tasquinha, donde fuimos a parar por recomendación de un amigo; allí cada pescado va acompañado de un arroz hecho con la salsa y trocitos del pescado pedido. Espectaculares los acompañamientos del pulpo y del rape, donde la guarnición era por sí sola una ración cumplida.

También merece mención especial un asador de pescado en la playa de Apulia, cerca de Braga, donde nos comimos unas lubinas salvajes y unos rodaballos abrumadores, de hecho yo me comí la piel de todos ellos. Nos recordó las viejas sensaciones del Tira Do Cordel de Finisterre.

Los portugueses le dan más salida al cilantro de lo que hacemos nosotros. En los dulces, un poco empalagosos, no se andan con complicaciones.

Llegados a este punto y con el fin de no parecer unos panceros, conviene hacer alguna digresión cultural, complicado con niños aunque al final pudimos ver alguna cosa interesante: Fue una gozada descubrir en un parque céntrico de Oporto unas esculturas de Juan Muñoz, los famosos chinos partidos de risa, expuestos frente al rectorado de la universidad - http://commons.wikimedia.org/wiki/File:ThirteenLaughing.JPG -; una maravilla también los jardines de la Fundación de Serralves, un banquero portugués que, para purgar sus pecados se dedicó al patrocinio cultural de arte posterior a los años sesenta del siglo pasado. Vimos una exposición de arte orgánico a base de plantas y ramas de árboles de Carneiro, en el parque una escultura divertida de Claes Odemburg. Al final me he decidido por la obra de un español, Manolo Hernández Mompó, que se titula Mercado al Amanecer, siempre me gustó Mompó y tengo la sensación de que a veces se le olvida.
 

Las recetas portuguesas suelen ser contundentes y en nuestra experiencia hemos ido directamente a la cocina de producto. De regreso en casa revisando libros de cocina he encontrado un librito dedicado a la cocina portuguesa, editado por MFG & Schmidt S.L., en el año 2005, he elegido una receta que sintetiza el espíritu que hemos visto en Oporto, la mezcla de producto de máxima calidad y la necesidad de saciar el hambre de modo contundente. El plato es el de Amêijoas na cataplana – un puchero de almejas rotundo.

Se necesitan los siguientes ingredientes:

1’5 kilos de almejas.

150 gramos de jamón curado.

100 gramos de chorizo – el de oporto es muy parecido al asturiano.

2 cebollas medianas.

1 guindilla verde, muy picante.

70 gramos de manteca de cerdo.

15 cl. De vino blanco – yo optaría por un oporto blanco.

1 cucharada sopera de harina, 1 cucharada sopera de pimentón dulce. Sal y pimienta negra.

El guiso es sencillo, se inicia fundiendo la manteca de cerdo en una cataplana – una cazuela metálica, ancha y no muy alta -. Se saltea cebolla picada fina y la guindillaa sin semillas. Para evitar que se arrebate la grasa de cerdo conviene poner el fuego suave y añadir un chorrito de aceite de oliva.

Cuando la cebolla esté transparente incorporan picados finos el jamón y el chorizo se saltean en la misma cazuela.

Se remueve bien el guiso durante dos o tres minutos y luego se añade el vino, que se lleva a ebullición para que reduzca un poco, se baja el fuego al mínimo y se deja durante 10/12 minutos. Si queremos que quede un poco más ligera la salsa puede echarse un vasito de agua.

Se disuelve la harina, el pimentón, la sal y la pimienta en la salsa. Se añaden las almejas y se tapa la cataplana para que las almejas abran rápidamente y suelten todo su jugo. En cuanto se abran se lleva la cazuela a la mesa.

Ni qué decir tiene que es un plato de los que obligan a mojar mucho pan – el que ponían en los restaurantes era un pan de maíz muy sabroso -.

Me olvidaba de comentar que, por descontado, probamos bacalao en todas sus texturas y cocciones. Muy ricas las pataniscas – los buñuelos.