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miércoles, 1 de mayo de 2013

CAP.CCXXXVI.- Impresiones (O)Porteñas.


El lunes regresamos de Oporto; experiencia fabulosa, los niños aguantaron como campeones los paseos por la ciudad, han comido bien y han sido razonablemente obedientes. Mientras que España estaba en alerta roja por agua, frio y nieve allí tuvimos mucho sol y temperaturas agradables, sobre todo teniendo en cuenta que estábamos bastante al norte.

No soy persona dotada para las crónicas de viaje, para eso hay guías completas y ordenadas, seguro que nosotros nos hemos dejado mucho por ver.

En cuanto a lo gastronómico viajando un paquete de ocho, con dos pequeños, y que hay que ir mirando el bolsillo, no podemos dar referencias gastronómicas punteras, pero hemos comido de maravilla. Pescados de mucha calidad – lo de la cornisa atlántica es un lujo para todo lo que venga del mar-, aunque tras visitar varios restaurantes puede que el punto de cocción del pescado sea un poco mayor que el que acostumbra por España, donde cada vez es más habitual que el pescado se consuma ligeramente cocinado, en el límite de lo crudo. Los portugueses siguen pasando mucho el pescado.

Hemos probado sardinas – fuera de temporada y un pelo más grandes que las que suelen consumirse por la costa mediterránea -, pulpo – sorprendentes los filetes de pulpo rebozados -, lenguado, rodaballo, lubina – róbalo en portugués -, rape, almejas, mejillones y centollas – las zapateiras.

Mención especial merece el precio de la hostelería, un 30% más barato que en España con una calidad muy alta. Los precios allí son mucho más baratos en lo que concierne a comida – una tortilla de jamón de york para cenar costaba 1’9 euros -; el vino también más asequible que por nuestras tierras, los vinos del Duero pueden competir con los riberas de cientos de kilómetros tierra a dentro con la diferencia de que el precio medio por botella estaba sobre los 15 euros, la bodega que comercializa el Papa Figo ofrece un tinto muy elegante y que no cruje la cartera. Por lo tanto no todo es viño verde u oporto, aunque ambos saben especialmente buenos cuando se prueban en su salsa.

Los efectos de la crisis se notan bastante – tienen un IVA del 23% y prácticamente en ningún establecimiento abierto al público permiten pagar con tarjeta -, sobre todo en la mesa, no muy dada a sofisticaciones. Los acompañamientos de los platos, las guarniciones, dicen mucho de la situación del país ya que con un solo plato de pescado se hace una comida copiosa ya que se acompañan o bien por abundante verdura hervida – soberbias las patatas y potentes las berzas -, o arroz blanco en plato a parte a poquita salsa que tenga el guiso; también era habitual ver acompañamientos a base de un puré de legumbres intensamente verde. El plato sirve de primero y de segundo; además ensaladas de lechuga y tomates sabrosos.

Capítulo aparte merece un restaurante frente a la Iglesia do Carmo, en pleno centro, se llama La tasquinha, donde fuimos a parar por recomendación de un amigo; allí cada pescado va acompañado de un arroz hecho con la salsa y trocitos del pescado pedido. Espectaculares los acompañamientos del pulpo y del rape, donde la guarnición era por sí sola una ración cumplida.

También merece mención especial un asador de pescado en la playa de Apulia, cerca de Braga, donde nos comimos unas lubinas salvajes y unos rodaballos abrumadores, de hecho yo me comí la piel de todos ellos. Nos recordó las viejas sensaciones del Tira Do Cordel de Finisterre.

Los portugueses le dan más salida al cilantro de lo que hacemos nosotros. En los dulces, un poco empalagosos, no se andan con complicaciones.

Llegados a este punto y con el fin de no parecer unos panceros, conviene hacer alguna digresión cultural, complicado con niños aunque al final pudimos ver alguna cosa interesante: Fue una gozada descubrir en un parque céntrico de Oporto unas esculturas de Juan Muñoz, los famosos chinos partidos de risa, expuestos frente al rectorado de la universidad - http://commons.wikimedia.org/wiki/File:ThirteenLaughing.JPG -; una maravilla también los jardines de la Fundación de Serralves, un banquero portugués que, para purgar sus pecados se dedicó al patrocinio cultural de arte posterior a los años sesenta del siglo pasado. Vimos una exposición de arte orgánico a base de plantas y ramas de árboles de Carneiro, en el parque una escultura divertida de Claes Odemburg. Al final me he decidido por la obra de un español, Manolo Hernández Mompó, que se titula Mercado al Amanecer, siempre me gustó Mompó y tengo la sensación de que a veces se le olvida.
 

Las recetas portuguesas suelen ser contundentes y en nuestra experiencia hemos ido directamente a la cocina de producto. De regreso en casa revisando libros de cocina he encontrado un librito dedicado a la cocina portuguesa, editado por MFG & Schmidt S.L., en el año 2005, he elegido una receta que sintetiza el espíritu que hemos visto en Oporto, la mezcla de producto de máxima calidad y la necesidad de saciar el hambre de modo contundente. El plato es el de Amêijoas na cataplana – un puchero de almejas rotundo.

Se necesitan los siguientes ingredientes:

1’5 kilos de almejas.

150 gramos de jamón curado.

100 gramos de chorizo – el de oporto es muy parecido al asturiano.

2 cebollas medianas.

1 guindilla verde, muy picante.

70 gramos de manteca de cerdo.

15 cl. De vino blanco – yo optaría por un oporto blanco.

1 cucharada sopera de harina, 1 cucharada sopera de pimentón dulce. Sal y pimienta negra.

El guiso es sencillo, se inicia fundiendo la manteca de cerdo en una cataplana – una cazuela metálica, ancha y no muy alta -. Se saltea cebolla picada fina y la guindillaa sin semillas. Para evitar que se arrebate la grasa de cerdo conviene poner el fuego suave y añadir un chorrito de aceite de oliva.

Cuando la cebolla esté transparente incorporan picados finos el jamón y el chorizo se saltean en la misma cazuela.

Se remueve bien el guiso durante dos o tres minutos y luego se añade el vino, que se lleva a ebullición para que reduzca un poco, se baja el fuego al mínimo y se deja durante 10/12 minutos. Si queremos que quede un poco más ligera la salsa puede echarse un vasito de agua.

Se disuelve la harina, el pimentón, la sal y la pimienta en la salsa. Se añaden las almejas y se tapa la cataplana para que las almejas abran rápidamente y suelten todo su jugo. En cuanto se abran se lleva la cazuela a la mesa.

Ni qué decir tiene que es un plato de los que obligan a mojar mucho pan – el que ponían en los restaurantes era un pan de maíz muy sabroso -.

Me olvidaba de comentar que, por descontado, probamos bacalao en todas sus texturas y cocciones. Muy ricas las pataniscas – los buñuelos.

domingo, 1 de abril de 2012

CAP. CXXXI.- Bucle de cuaresma con bacalao.


La proximidad de la Semana Santa me había llevado a preparar un potaje de vigilia y estaba dispuesto a contarlo de nuevo cuando me di cuenta de que hace poco más o menos un año había hecho ya una entrada en la que me refería a los garbanzos con bacalao. Eso me ha hecho pensar que tal vez esté enredado en un bucle y que ahora que justo hace un año que inicié el blog vuelva otra vez a reproducir, sin grandes variaciones, las recetas y comentarios desgranados durante este año.

Puede que no sea una mala idea la de reinterpretar año tras año los mismos guisos e ir contemplando como, sin cambiar los platos, sí va cambiando el modo de cocinarlos o, simplemente, el modo de comentar como los cocino.

Creo que era Heráclito el que afirmaba que uno no se bañaba dos veces en el mismo rio, la cita literal era “Al mismo rio entras y no entras, pues eres y no eres”. Lo sencillo es plantear esta metáfora desde la perspectiva de que es el rio el que varía, aunque lo cierto es que puede que sea el bañista el que realmente cambie.

Enganchado en estas disquisiciones pseudofilosóficas – la entrada anterior sobre el ying y el yang, ahora con el aforista de Éfeso con sus oximorones y sus antítesis -, corro el riesgo de convertir el blog del diletante en un manual de autoayuda entre fogones, de ahí que urgentemente haya de enderezar mi rumbo y colocarlo por la senda de las recetas.

Dado que hace poco más o menos un año ya hice mención, aunque con poco detalle, a los garbanzos con bacalao, no queda más remedio que introducirme de nuevo en el mismo rio y ver si el rio o el bañista han cambiado en algo durante estos últimos doce meses, de ahí que mi propuesta de este luminoso domingo de ramos no vaya a ser la de un potaje, sino la de un plato construido a partir de esas tradiciones.

Mientras voy preparando los ingredientes y la composición del plato es inevitable pensar en las razones que pudieron llevar a los cristianos a prohibir el consumo de carne antes de la semana santa, habrá sin duda razones culturales pero seguramente las sanitarias sean mucho más razonables. No debe olvidarse que la cuaresma empieza poco más o menos cuando terminan las fiestas de la matanza, de modo que prohibir el consumo de cerdo durante 40 días – una cuarentena – permitía que se curaran los embutidos y salazones preparados en la matanza, evitando con ello que pudieran contraerse las gravísimas enfermedades que antaño se vinculaban al consumo de cerdo no bien curado. Era Marvin Harris quien analizaba las razones sanitarias de algunas de las prohibiciones gastronómicas de religiones y culturas del pasado. En la actualidad también va bien lo de no consumir grasas durante 40 días aunque sólo sea por preparar la operación bikini y purgar el cuerpo de los excesos de las navidades. El potaje de vigilia es un ejemplo claro de un plato equilibrado en el que legumbres, verduras, pescado y huevo se combinan en armonía.

En la religión cristiana los pescadores han jugado un papel básico, aunque el judío era un pueblo nómada muy vinculado a la ganadería lo cierto es que los apóstoles eran fundamentalmente pescadores, terminaron siendo pescadores de almas, de ahí que los platos con pescado cobren cierto sentido en las semanas anteriores a la semana santa; no en vano los meses de febrero y marzo suelen ser los óptimos para la pesca de algunas especies que se encuentran en el momento previo al desove, lo que hace que las carnes sean un punto más grasas y sabrosas – eso pasa sobre todo con algunos pescados azules como la caballa.

En este circunloquio previo a la receta aprovecho para colocar un cuadro de raíz bíblica pintado por un maestro luso prerrenacentista, Nuño de Gonçalves, que en el Siglo XV pintó un retablo en honor a San Vicente en el que aparecían representados unos pescadores. Los portugueses han sido históricamente maestros en el manejo culinario del bacalao y es de justicia que en un plato en torno al bacalao deba aparecer un pintor portugués.


Comprometido a no reproducir la receta de los garbanzos de bacalao he decidido hacer un plato un poco más moderno que partiría de una base de humus – un puré de garbanzos – sobre el que reposarían unas lascas hermosas de bacalao al pilpil, napadas con el propio pilpil, rematadas con unas hojas fritas de espinaca fresca y una picada de cuaresma.

Para el humus – puré de garbanzos – se necesitan 300 gramos de garbanzos cocidos que se ponen en una cazuela con medio litro de agua, un diente de ajo pelado y una pizca de sal. Se cuecen unos cinco minutos – hasta que el ajo quede blando -. Se cuelan los garbanzos reservando el agua de la cocción y se ponen en un vaso de batidora con el zumo de un limón y 100 gramos de pepitas de sésamo – en la receta originaria se utiliza aceite de sésamo pero en España no es fácil encontrarlo -. Se pone la batidora a la máxima potencia y se va incorporando aceite de oliva como si fuera una mayonesa, así se trabará más cremoso. Para aligerar un poco la pasta se puede añadir también un poco del agua de cocción de los garbanzos. Sin dejar de batir se añade una cucharadita de pimentón rojo dulce y otra de cominos molidos. La crema servirá como base generosa sobre la que habrán de asentarse unas lascas de bacalao al pilpil.

Bacalao al pilpil. Necesitamos dos lomos de bacalao previamente desalado, ha de ser un bacalao de buena calidad y los lomos lustrosos porque han de salir buenas lascas. En una cazuela de barro se fríen tres ajos cortados en láminas y una guindilla – no ha de salir muy picante -; cuando los ajos estén dorados se retiran para freír en el mismo aceite – a fuego muy suave – los lomos de bacalao primero con la piel para arriba, luego se les da la vuelta y se deja la piel para abajo. Es importante que el bacalao sea de buena calidad para que sea rico en gelatinas, también es importante que el confitado se haga a fuego muy lento para que las gelatinas las vaya supurando el bacalao poco a poco. Antes de que se dore el bacalao se retira y se reserva, se deja templar el aceite y con el aceite templado se va moviendo la cazuela con movimientos constantes de muñeca – algunos cocineros recomiendan a los marmitones menos hábiles lo de trabar la salsa del pilpil con un colador, lo que en todo caso es un pecado es el uso de maicena como espesante -. El aceite tiene que terminar espesando y quedando como una ligera crema dorada.

Con ayuda de la punta de un cuchillo se retira la piel de los lomos de bacalao y se sacan las lascas que se colocan sobre el puré de garbanzos. Sobre las lascas hermosas de bacalao se cubre con una o dos láminas del ajo dorado y con la salsa del pilpil.

Para culminar el plato se eligen cuatro o cinco hojas de espinaca, si se utilizan brotes de espinaca mejor; las hojas han de ser muy verdes y muy frescas. En una sartén se pone abundante aceite, cuando empiece a humear se introducen durante unos segundos las hojas de espinaca para que se frían en un instante, se escurran en papel absorbente y se coloquen adornando el plato con el crujiente de espinaca.

En un mortero se ponen los ajos que hayan sobrado del pilpil, una rebanada de pan frito, unas hojas de menta, unas hojas de perejil, unas hojas de espinaca fresca y la yema de dos huevos duros, una pizca de sal y un puñadito de piñones. Se trabaja en el mortero con un chorrito de aceite de oliva hasta que se forme una pasta muy ligera con la que se pueda ribetear el puré de garbanzos. Si queda muy espesa se puede poner en una manga pastelera y adornar el puré de guisantes con unos botones de esta pasta.

El plato no deja de ser una reinterpretación del potaje de vigilia, esperemos que el año que viene haya sido capaz de salirme del bucle y no me encuentre de nuevo en abril pensando en bacalaos, cuaresmas y garbanzos.

De momento he decidido regar el platillo con un vino recomendado y conseguido por unos amigos, un Herventia riojano, de las bodegas Barrios, un reserva de 2005 con nueve partes de tempranillo y una de graciano, un vino en el que hasta el precio es estupendo ya que no es sencillo encontrar reservas de calidad por debajo de los cinco euros. Espero que El Catalán muy fino se anime a hacer una nota de cata.