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martes, 14 de agosto de 2012

CAP. CLXXIII.- Indagaciones sobre el sabor.


En la cocina los objetivos en apariencia más sencillos pueden terminar siendo los más complicados y convertirse casi en una obsesión. La cocina combina muchas variables pero, sin duda, uno de los principales es el sabor; el sabor es la impresión o conjunto de impresiones que una sustancia deja en el gusto, al ser probada – definición libre a partir de la que ofrece la Wikipedia. La boca, la lengua, son fundamentales para identificar los sabores, aunque una parte importante de la percepción del sabor pasa por la nariz e incluso por la vista. No hay más que hacer la prueba con un niño, presentarle un plato que no sea de su agrado por el color y la presencia, con el gesto de repulsa que expresan con los músculos de la cara ya están segregando saliva para ponerles a la defensiva frente a un alimento que desde el inicio consideran que no va a ser de su agrado.

El dulce de aprecia con la punta de la lengua – de ahí que para probar algunos platos aproximemos instintivamente sólo la punta de la lengua buscando el sabor dulce que normalmente se asocia a las ingestas infantiles; el salado y el ácido se aprecian con los lados de la lengua – el salado en los laterales anteriores y el ácido en los posteriores, donde se genera la saliva más densa -; el amargo se aprecia en la parte posterior de la lengua. Miles de papilas gustativas funcionan como terminales de control del sabor y el “mapa” de la lengua se complica cuando se introducen sabores complementarios como el umami – el sabor peculiar de la soja o de los caldos de carne muy concentrados -, los sabores oleicos – algunos productos muy grasos tienden a residenciarse casi en el cielo del paladar -; los retrogustos … Mundo complejo el de los sabores.

La cocina, sobre todo la del día a día, tiende a automatizarse, uno sabe que si añade unos trocitos de jamón a la masa de las albóndigas los niños se la comen mejor; si se tiene la paciencia de poner en remojo los filetes de pechuga de pollo en leche y unas gotas de soja quedan menos secas; añadiendo un tomate a los caldo de carne quedan más sabroso. En algunas casas esa automatización llega a hábitos casi militares – los lunes lentejas, los jueves cocido, los domingos arroz … -. Terminamos reduciendo lo del sabor a una simple consideración de “me gusta”, “no me gusta”, conformándonos con que la comida quede “del gusto” de todos los comensales.

Uno de los elementos que permiten considerar que a alguien le gusta realmente la cocina es la preocupación por el sabor, la obsesión porque la comida elaborada sepa de modo efectivo a ese sabor codificado que uno se marca cuando empieza a cocinar. En mi caso antes de empezar a cocinar tengo predeterminado el sabor que quiero que tenga la comida, un sabor normalmente vinculado al que recuerdo de esa misma receta preparada por otras manos, o el definido por algún producto o elemento determinado. Toda esa tarea previa de codificación del sabor es un proceso de idealización lo que suele determinar que la cocina sea un ejercicio intelectual, una forma de cultura en la que juegan muchos factores que giran entorno al sabor, al aroma y a la presentación. De este modo si detecto en una paella algún rastro mínimo de canela inevitablemente me acuerdo de un arroz comido hace muchos años en una barraca de Vell Resguart.

La lucha por el sabor no es ni mucho menos sencilla, incluso a lo largo de los días la relación con el sabor es distinta, yo paso rachas en las que busco los sabores más puros y sencillos, mientras que en otras ando loco por sabores “más sofisticados”.

Las técnicas empleadas para cocinar son esenciales a la hora de definir algunos sabores, la cocción sobre todo si es prolongada termina amalgamando los sabores hasta el punto de hacer casi imposible distinguir los ingredientes, el asado al vacío a baja temperatura y con los ingredientes incorporados antes de sellar dan unos resultados espectaculares, los cocinados al vapor mantienen el sabor de los productos, los asados a altas temperaturas intensifican los sabores umami.

También es importante el orden en el que se incorporan los ingredientes, a veces determinantes para potenciar uno u otro sabor – en el uso de la olla a presión los aromatizantes deben incorporarse al final, tras una primera cocción; hay que tener la paciencia de descomprimir y abrir la olla para añadir los aromatizantes más volátiles para que esos sabores sean los más intensos.

Dos ejemplos sencillos de orden en la incorporación de ingredientes: Si en un sofrito empezamos friendo los ajos, el tostado inicial mediatizará el sabor a ajo de todo el sofrito; si esos ajos se incorporan al final, cuando más que freír se confita porque la cebolla, el tomate, el calabacín o el pimiento han segregado toda el agua, entonces el ajo no será el sabor preponderante de la salsa, aunque a quien le toque un trocito grande de ajo sentirá todo el sabor del ajo casi crudo. Otro ejemplo claro sería el del tomillo, si se quiere preparar una sopa de tomillo y el tomillo se añade al principio de la cocción el sabor se diluirá incluso puede que amargue un poco el caldo; sin embargo si se incorpora en el tramo final, incluso por medio de una doble cocción – primero se hace el caldo normal sin tomillo, de depura y filtra para someterlo a una segunda cocción muy breve, el sabor del tomillo se intensifica y mantiene su frescura -. No deja de ser la técnica de las infusiones, en las que a penas dos o tres minutos de contacto con el agua hervida determinarán casi por completo el sabor del caldo.

Estas disquisiciones sobre el sabor y el  modo de conseguirlo hacen que cuando hojeo un libro de cocina no busque tanto las recetas, como las recomendaciones técnicas, los trucos al elaborar una salsa o una guarnición que determinan que al final un plato pueda ser especial. En esta obsesión por los matices he de decir que un referente fundamental es la web de Umami Madrid – www.umami-madrid.com – una página dedicada fundamentalmente a guisos y técnicas orientales que, sin embargo, descubre modos de preparación muy útiles para la cocina cotidiana – tengo pendiente probar una receta de paella a partir de aceites de gamba que me dejó alucinado.

Las pastas y el arroz son buenos para ensayar con sabores ya que al ser neutros – sosos – absorben bien casi todos los sabores; lo mismo ocurre con la carne de pollo – quien no recuerda el sabor a limón impregnado en la pechuga de un pollo asado.

Dentro de la obsesión por los sabores uno de los más complicados de mantener es el de la fruta fresca en los guisos, sobre todo de los cítricos.

Había hecho algunos ensayos con la naranja y las codornices sustituyendo el vinagre por el zumo de naranja y las ralladuras de naranja, en lo que respecta al sabor de la naranja no están mal pero evidentemente no conservan la frescura de esta fruta. Leyendo una de las últimas entradas de Unami Madrid – dentro de la pestaña “son de aire” -, hay una propuesta de marinado de codornices que me ha abierto algunas ventanas, esta vez con limones.

El otro día compré en el mercado de Motril tres codornices que deben andar despistadas por la nevera, en principio me las habían abierto por la mitad; para el marinado he de separar las pechugas y los muslitos, en una bandeja alta preparo una cama con las peladuras de un limón cortada en juliana; sobre los limones coloco las codornices y las salpimentó, con una pizca de comino. Cubro todo con una copita de ron y lo dejo macerando en la nevera cubierto por un film durante dos horas. A las dos horas retiro los restos de ron y cubro las codornices con el zumo de dos limones, un poco de jengibre rallado y lo dejo un par de horas más tapado en la nevera.

Terminada la maceración se eliminan los restos de las peladuras de limón y el zumo y se colocan las codornices en el horno, previamente calentado a 200º; se mantienen en el horno durante 15 minutos – no necesitan mucho más.

Antes de servirlo se prepara la guarnición cortando en daditos dos manzanas granny, cebollas moradas e hinojo picado, salpimentadas y aderezadas con dos o tres cucharaditas de limón.

Se presenta en cada plato un muslito y una pechuga de codorniz, con la ensalada de manzana a un lado. Si todo ha ido bien el sabor de los cítricos habrá impregnado bien la carne de las codornices. La búsqueda del sabor puede ser casi tan obsesiva como la búsqueda de la imagen del limón perfecto, de entre los que he buscado los de Zurbalán son los que más se aproximan a esa idea del limón.

jueves, 12 de enero de 2012

CAP.CII.- Estos son mis principios...

... Si no le gustán tengo otros. Esta frase completa está extraida de una película de los Hermanos Marx, de una escena en la que Groucho Marx pide en matrimonio a Margaret Doumont, una actriz que era tan desconcertante como sus personajes.
Puede que esta declaración de principio puede aterrorizar a quien la traslade al plano moral o político, pero resulta muy adecuada para definir a quien pretenda ser un diletante en la cocina.
Entre mis principios, los que creía ya inamovibles al pasar ampliamente la cuarentena, estaba el de no usar la olla express; estaba convencido de que podía malograr algunos sabores y que no dejaba de ser una manera de hacer trampas. Pese a mi convencimiento lo cierto es que hace pocos días, por un juego de referencias de blogs gastronómicos terminé en la web UMAMI MADRID (www.umami-madrid.org), una gozada en todos y para todos los sentidos. En esta web se dedican algunas entradas al uso y disfrute de la olla express, su lectura me obliga a darle una oportunidad a este aparato que ya estoy reclamando de cara a mi santo - es una pena no haber leido la web antes de vacaciones.
Para quebrantar esos sacrosantos principios tuve que hacer ayer una prueba de una receta en la que no había que utilizar la olla, una receta tan sencilla que pensé que sería un fracaso y que la preparación que proponía tendría que modificarla sobre la marcha y transformarla en algo distinto - no es la primera vez en la que fracaso al intentar hacer una receta, como ya he tenido oportunidad de explicar.
Esta revisión de viejos principios no sólo es imputable a la iniciativa de umami Madrid, sino también al arranque de este año 2012. Antes de navidades recibí una misteriosa carta en un sobre oficial, una carta con una nota y un manuscrito. No sería justo afirmar que la carta provenía de un fantasmagórico pasado aunque lo cierto es que a su remitente le había perdido la pista hace más de 20 años. La nota era escueta, muy amable, en ella me indicaba que acompañaba un viejo cuento que yo había escrito hace casi 30 años, un cuento que él había recuperado y que pensaba que me haría ilusión reencontrar.
No tengo ni la más remota idea del contenido del cuento, sin duda es mi letra, pero no guardo referencia consciente de la trama del breve relato. No me he atrevido a leerlo, he dejado la carta y la nota en el sobre de origen guardado entre otros papeles.
Yo a los 17/18 años me recuerdo como un tipo un poco rígido, bastante petulante y fatuo,puede que no haya mejorado. Me da pánico reencontrarme con ese personaje en construcción aunque siento curiosidad por saber si aquel relato apuntaba a un nuevo Chejov o no era más que un ejercicio de onanismo intelectualoide.
Hoy podría haber sido un buen día para revisar el cuento, sin embargo 1/3 de botella de Billecart-Salmon que guardaba herméticamente cerrada en la nevera desde la tarde de reyes ha evitado ese retorno al pasado. He preferido recordar que hace 30 años yo era de los que despreciaba al Duque Blanco y sin embargo ahora que ha cumplido 65 años persigo las versiones de Heroes, tarareo Startman en el coche y recomiendo a los amigos la versión de Life on Mars ? de Seu Jorge - http://www.youtube.com/watch?v=w6l8zrsf4LY.
Así que con un vaso de los de sidra lleno de Champagne francés he rebuscado en internet las versiones de Heroes del propio David Bowie, de Peter Gabriel, de Nico, de Parálisis Permanente, la de Manel Fuentes en catalán e incluso una de unos monjes pseudogregorianos.
Con la música moderadamente alta, mientras mi hija contaba un cuento a los pequeños, me he dispuesto a prepararle la cena. He puesto a hervir unas espinacas con un poco de sal - en cuento rompen a hervir apago el fuego y las escurro.
En una sartén he picado un poco de jamón con su tocino, he dejado que se dorara un poquito y empezara a sudar. Cuando la sartén estaba engrasada he puesto una cucharada de aceite de oliva y una cebolla morada que he dejado que se atontara.
Añadí las espinacas escurridas y un poco de sésamo negro -a mi hija no le gustan las pasas.
Como la sartén era grande he dejado en la esquina más alejada del calor las espinacas y he terminado de escurrir el agua y el aceite sobrante. En la parte más expuesta al calor he pasado unos segundos unos finos filetes de pechuga de pollo previamente hervida, lo justo para que tomaran calor. Sobre los filetes he puesto una avellanita de crema café de parís que se ha deshecho y empapado la carne.
Apagué el fuego y tosté dos rebanadas de pan de molde. He hecho dos discos redondos de pan iguales, ayudado por un molde. El que utilizo como tapa inferior lo he cubierto con mostaza de dijón, sobre la rebanada he montado en el molde la verdura hasta cubrirlo casi por completo y luego lo he tapado con la otra rebanada.
Desmoldada la verdura he colocado a su lado los filetes de pollo con su crema y un chorreoncito de aceite para darle lustre. Yo he acompañado a mi hija con un sandwich de espinacas y queso camembert. Una cena sencilla y sorprendentemente sabrosa.
Parte de ese sabor lo ha tenido la técnica que propone Íñigo Aguirre, el cocinillas que se esconde tras UMAMI MADRID -, cuando leí la receta la recibí con muy poca fe, era excesivamente sencilla. Se trataba de poner a hervir en una olla grande una buena cantidad de agua con sal y las verduras que sean del gusto del cocinero - en mi caso un puerro, una cebolla con cascotes para darle color al caldo, un tomate, un par de zanahorias pochas, laurel y algún resto vegetal que quedaba triste en la nevera -. Cuando el agua rompe a hervir y hierve a borbotones se le añade el pollo entero - en mi caso un pollo medianito -, salpimentado (en umami dan una receta más complicada en la que el pollo reposa en salmuera dos días). Se tapa la olla con el pollo completamente cubierto de agua y con el fuego apagado se deja reposar la olla cerrada una hora.
Yo, hombre de poca fe, pensaba que el pollo se terminaría de hacer en el horno, sin embargo el resultado fue sorprendente, los niños dieron buena cuenta de unos muslos de pollo melosos y suaves, sin ninguna aspereza; mi mujer y yo tomamos una taza de caldo de verduras distinta de mis caldos habituales - por cierto muy buenos también.
Hoy le tocaba el turno a las pechugas, tan tiernas y delicadas que parecía que hubieran sido maceradas en leche de almendras durante 24 horas.
El misterio de lo sencillo.
Así que apuré mis restos de champagne, terminé de oir al viejo Bowie - apartado desde hace años de la música y rodeado de un enigmático silencio - y pensé que más valía la pena seguir revisando mis viejos principios, esperando a que me llegara la olla express y que el cuento olvidado en mi memoria y recuperado gracias a ese viejo amigo podría quedar sin leer todavía 30 años más si era necesario.
Sí los cuadros pueden llegar a ser un reflejo del estado de ánimo, no quepa duda que el del hoy es fiel reflejo del mio. Se trata de un cuadro también olvidado de Paul Signac, un postimpresionista frances de profundas convicciones anarquistas que afirmaba que el pintor anarquista no es el que crea pinturas anarquistas, sino el que lucha con toda su individualidad contra las convenciones oficiales.