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domingo, 4 de marzo de 2012

CAP. CXX.- New York/Gracia/New York/París.


Al empezar a diseñar esta entrada pensé en llamarla: “Lugares que no quiero compartir con nadie”. El título – que nada tiene que ver con lo que quiero contar hoy – era el título de un dietario que acaba de publicar Elvira Lindo. Es el libro que llevo ahora en la mochila cuando viajo.

Los libros que leo durante los viajes han de cumplir unos requisitos mínimos: (1) No deben ser muy voluminosos para que quepan en cualquier hueco del equipaje de mano; (2) La letra debe ver grande, es importante poder avanzar rápido - sube la moral del lector – y han de poder leerse en las incómodas posturas a las que obligan los estrechos asientos de los vuelos low cost; (3) El libro ha de ser preferiblemente amable, en los viajes relámpago de un solo día durante los tiempos muertos suelo tener accesos de melancolía a verme solo y trajeado en mitad de ninguna parte; todavía me acuerdo de una ocasión en la que viajé con el libro “la muerte de un apicultor” de un escritor nórdico en el que se describía la rutinaria agonía de un criador de abejas y los lagrimones se me escapaban como si regresara de un funeral; (4) El libro ha de ser ligero no sólo en su pesaje sino también en su trama, mi peculiar relación con el sueño se compensa con algunas cabezadas durante esos tiempos muertos, por lo tanto los libros han de ser de los de trama fácil, incluso agradezco los libros sin trama y de capítulo corto – cualidad de la lectura que también reclamo para los libros de cuarto de baño.

El libro de Elvira Lindo reúne esas cualidades y alguna otra más que lo hacen sumamente agradable, es de los libros que “pone contento”. No había leído nada de la Lindo, aunque por casa andan sus novelas de Manolito Gafotas, las compré hace años para mi hija mayor; había leído algunos artículos en prensa y la había escuchado por la radio.

Como comentaba el libro – no creo que pueda considerarse una novela – lo conforman una serie de notas que configuran un dietario de su vida en Nueva York, Elvira Lindo ha pasado largas temporadas en esa ciudad que le han servido, entre otras cosas, para escribir un relato sobre su experiencia Newyorkina a través de sus visitas a bares, restaurantes, cafeterías, tiendas, parques y museos, así que su dietario literario es además un dietario alimenticio sobre sus hábitos de comida en la ciudad.

Hay una cita de la Lindo que sirve como excusa perfecta para esta entrada: “Alguna vez hemos pensado en hacer una guía para gordos. Para gordos que lo son en el presente y para los que tienen el corazón de un niño gordo latiendo dentro y quieren dejarle hablar durante unos días” . Yo no fui un niño gordo, sin embargo conozco y comprendo el síndrome de muchas personas que fueron gordas de pequeñas y que mantienen una compleja dialéctica con la alimentación, una dialéctica que les mueve a un extremo control de lo que comen y cuando lo comen, compaginada con momentos en los que se dejan llevar y abandonan la disciplina; suelen ser personas que disfrutan de verdad con la comida en la medida en la que ven en ella parte de “pecado” y pecar, en principio, emociona.

El viernes pasé el día en Madrid, por lo tanto pude leer a saltos una parte importante del libro, me queda más de la mitad para otra ocasión. Llegué a casa de madrugada gracias a los retrasos e incidencias de los aviones. El sábado a la mañana bajamos con los niños a comprar al mercado, era la fiesta de Sant Medir (San Emeterio en castellano); la fiesta de Sant Medir es en algunos barrios de Barcelona la excusa para una batalla de caramelos que dura todo el día. Viendo a los niños y a los mayores peleándose a brazo partido por un puñado de caramelos me acordaba de los niños gordos latiendo en los corazones de la gente que se agolpaba en la calle Gran de Gracia ayer por la mañana.

Como decía el día de sant Medir, el 3 de marzo, es el día de la batalla de caramelos, unos caramelos por los que se pelea gente de todas las edades, unos caramelos que terminan luego olvidados en grandes bolsas de plástico en los armarios de las casas porque los caramelos que reparten no suelen gustar mucho a los niños. Los míos volvieron a casa con un saco con más de dos kilos de caramelos, abrieron siete u ocho de ellos, les dieron un lametón y, poniendo cara de asco, los tiraron a la basura; sin embargo hubiera sido una afrenta haber tirado todos ellos a la papelera esa misma mañana, de manera que no ha empezado el año y ya atesoramos en una gran cubitera de hielo los caramelos lanzados por los reyes en la cabalgata, por los caballeros el día de san Antón (el día de los tres tombs catalanes) y los de sant Medir.

Mientras los niños desayunaban esta mañana, ajenos ya a la batalla de los caramelos y más pendientes de sus coches de la película Cars, he intentado documentarme sobre el origen de la tradición de tirar caramelos desde las carrozas (aquí furgonetas y camiones adornados con guirnarlas). Los libros de santos cuentan poco sobre sant Medir, incluso alguno advierte que puede que el santo no existiera como tal y que no fuera sino una excusa para intensificar los méritos píos de San Severo, obispo de Barcelona durante el reinado del emperador Diocleciano. San Emeterio (Medir) era un agricultor de la zona de Sant Cugat del Vallés, que fue martirizado y que antes de morir lanzó unas semillas de haba que germinaron rápida y milagrosamente a las puertas de una ermita en la sierra de Collserola.

Poco o nada tenía que ver ese Medir con los caramelos, hay que llegar al siglo XIX para constatar la historia de un pastelero del barrio de Gracia que cayó gravemente enfermo y que prometió que si curaba peregrinaría a la ermita de Sant Medir, al poco de hacer la promesa sanó y atribuyó su sanamiento al santo invocado por lo que al año siguiente decidió organizar una romería para celebrar el milagro. Ante el poco éxito de su empeño, apenas consiguió que le acompañaran unos cuantos familiares, se le ocurrió que en otras convocatorias saldría de su pastelería de Barcelona en una carreta, cargado con caramelos que iría repartiendo a lo largo del camino, de modo que sus vecinos – sobre todo los niños – le seguirían en su ruta y, con el reclamo, le acompañarían a la ermita. Así las cosas la batalla de los caramelos de la fiesta de Sant Medir no es sino el remedo de la leyenda del flautista de Hamelin.

Ayer dándome codazos con cientos de parroquianos para intentar conseguir la posición más cercana a las carrozas recordé el corazón de niño gordo de Elvira Lindo, subí a mi hijo a hombros y le dije que abriera una bolsa de plástico para que la lluvia de caramelos nos cargara de unas golosinas que nunca comeríamos

En el capítulo final del libro de Elvira Lindo hay una referencia detallada de todos los locales que frecuentaba en Nueva York, la mayoría de ellos cafeterías, pastelerías y pequeños restaurantes; falta la referencia a la Brasserie Les Halles, el local que regenta Anthony Bourdain, no sé si Elvira Lindo conoce este destartalado restaurante cercano a la Estación Central, allí he probado yo una sopa de cebolla y unas rillettes de oca dignas del más glotón de los gorditos latentes. En la carta de postres de Les Halles además de una mousse de chocolate contundente hay una tarta alsaciana que haría las delicias de la Lindo.

Para la tarta alsaciana de Bourdain hay que calentar el horno a 150º, engrasar una fuente con mantequilla, espolvorear sobre la mantequilla una cucharada sopera de azúcar – puede ser moreno - y colocar 4 manzanas Golden peladas, sin corazón y cortadas en rodajas de un centímetro; los trozos de manzana no han de quedar superpuestos. Por encima de las manzanas hay que añadir unas nueces pequeñitas de mantequilla y dejar la bandeja en el horno durante unos 40 minutos – en la receta se indica que las manzanas han de quedar blandas pero conservando su forma.

Se saca la bandeja del horno y se deja enfriar. Mientras enfrían las manzanas en una cacerola se calientan 110 mililitros de leche e idéntica cantidad de nata para cocinar, se pone a hervir con una vaina de vainilla, hay que remover con unas varillas de cocina; cuando rompa a hervir se apaga el fuego sin dejar de batir se va incorporando el líquido a un bol en el que hay mezclados 4 huevos y 50 gramos de azúcar. Los huevos batidos y la nata templada permiten ir montando una crema espesa.

En un molde para tartas que tenga cierta profundidad se extiende una placa de pasta brisa, se colocan los trozos de manzana (habrán de cubrir la altura de la mitad del molde), se cubren las manzanas con la crema espesada, que el líquido llegue gasta el borde de la masa – con el calor del horno el relleno de la tarta menguará unos milímetros.

La tarta se hornea durante 25 minutos con la temperatura a 150º, la parte superior de la tarta quedará ligeramente tostada. Una tarta excelente para tomarse templada acompañada con una bola de helado de vainilla o de canela, o con un poco de nata montada.

Para los gordos latentes que no estén dispuestos a romper la dieta en este momento pero que no puedan evitar un pecado visual propongo una visita al Museo del Louvre a la búsqueda de Jan Davidszoon de Heem, este bodegón de postres hará las delicias de los golosos.

3 comentarios:

  1. Muy entretenido blog y sobre todo esa lluvia de absurdos caramelos que al cabo de los días todos hemos terminado tirando. Aunque no soy golosa esa tarta alsaciana tiene que estar apetecible ya que las manzanas asadas me chiflan y siempre estoy dispuesta a comerlas. El bodegón con que ilustras tu blog, precioso. Jubi

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  2. Que buena la tarta, yo la hago directamente, es decir, pongo las manzanas crudas cortadas muy finitas sobre el hojaldre y al horno

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  3. Yo corto las manzanas en tacos (ocho o diez) y las coloco sobre la pasta brie. Al horno. Se hacen más o menos a la vez y luego añado la crema que se cuaja como un flan y rellena todos los huecos. Es la tarta con la que dejo a los Alemanes un poco moscas, porque les cuesta admitir que, no siendo francesa, pueda hacer una tarta de manzana mejor que las suyas. Pequeños placeres ahora que no es plan salir con la bayoneta...

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