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lunes, 18 de junio de 2012

CAP. CLVI.- Hopper espejo de diletantes.


Ayer rompí una pequeña tradición, puede que las tradiciones estén para quebrarse. Normalmente los domingos encontraba un hueco para escribir una entrada, los domingos suelen ser días elásticos, o por lo menos eso pensaba.

Sin embargo ayer fue un día especial, agotadoramente especial ya que fuimos con los niños a Port Aventura, una experiencia demoledora pero divertida. Primero y principal fue el calor, el termómetro no bajó de los 30º, la gente caminaba como zombies buscando fuentes de agua. Íbamos 8 adultos y 6 niños por lo que la jornada avanzó sometida a un permanente recuento para evitar críos despistados.

Pocos incentivos gastronómicos aunque mi experiencia en este tipo de lugares aconseja siempre que sea posible comer en restaurante sentado, a poder ser con aire acondicionado. Una ensalada y un sándwich club pueden ser una experiencia gourmet si la cerveza está bien fría y los niños durante media hora están entretenidos pintando y comiendo patatas fritas.

Llegamos a casa al anochecer, los críos hambrientos como lobos, la nevera casi vacía y el sudor acumulado de horas de paseo. El protocolo de baño rápido, visita al opencor y cena de urgencia funcionó a la perfección. Ellos querían sopa, para nosotros una ensalada y un panaché de verduras con un huevo pochado, nada mal si tenemos en cuenta que a las 20’30 la nevera era casi un erial.

Llegué a encender el ordenador y revisé el blog por unos minutos pero el cansancio hizo imposible abordar cualquier tarea intelectual medianamente compleja. El lunes tocaba madrugón para regresar a Madrid a una reunión relámpago, salida a las 7 de la mañana, regreso a las 12’30, más tiempo en el AVE que en tierra.

El viernes pasado también estuve en Madrid, por suerte algún tiempo más. A primera hora de la mañana del viernes tuve la oportunidad de visitar la exposición de Hopper en la Thyssen, una muestra muy completa, aunque para mi gusto faltaran algunas marinas más, faros (no presentaron ninguno) y puede que más paisajes urbanos de una Nueva York intemporal, melancólica y desolada.

En casa debo almacenar una docena larga de catálogos y libros de Hopper, los primeros los compré en Estados Unidos allá por 1990, cuando tomé contacto con el pintor a quien atribuía por aquel entonces valores esencialmente cinematográficos. Esta vez en la librería preferí comprar una cuidada edición de los cuadernos personales del pintor, escritos a medias por Hopper y su mujer.

Hay que tener cierta paciencia y mucha devoción por Hopper para disfrutar de los cuadernos personales ya que en la mayoría de las ocasiones el artista se contenta con hacer un esbozo en carboncillo del cuadro – pintó miles de ellos a lo largo de su vida – y cuatro apuntes técnicos que incluyen el título, el precio por el que vendió el cuadro, el tipo de pinturas, incluso su marca, y alguna referencia a los colores. Muy de cuando en cuando el autor añade el nombre de los personajes que retrata y algún apunte sobre el contenido de la conversación. Son instantes magnéticos que se producen cada 15 ó 20 páginas y que le permiten dotar de un hilo de vitalidad a esos personajes mortecinos, fantasmagóricos y en ocasiones desasosegados.

Pese a lo avanzado hasta aquí lo cierto es que este blog no nació con la intención de dedicarse a la crítica o al comentario de arte, me faltan cualidades, conocimiento y formación. Sin embargo Hopper y, sobre todo, esta exposición de Hopper tiene un valor añadido en el devenir del diletante ya que me rencontré – mejor dicho me encontré – con la imagen del diletante.

Al construir el blog siguiendo los rutinarios pasos que propone la página web de google no tuve grandes problemas en fijar la imagen de cabecera del blog, un bodegón de Cezanne, sin embargo durante varias semanas dejé en blanco la imagen del diletante. No tenía mucho sentido colocar una fotografía propia, soy poco fotogénico y tampoco me apetecía mucho que los que no me conocen personalmente pudieran ponerme cara, colgar una fotografía propia en la red me produce cierta sensación de impudicia.

Hice varios intentos hasta dar con el cuadro People in the Sun de Edward Hopper, un óleo sencillo pintado hacia 1960, expuesto en el Smithsonian American Art Museum de Washintong D.C.; aquel cuadro en el que aparecían cinco personas ociosas recostadas sobre unas hamacas expuestas a un sol tibio puede que de febrero o marzo sintetizaba parte del espíritu de la diletancia, esa predilección por la vida contemplativa, por la necesidad de ver pasar lentamente el tiempo haciendo acopio de conocimientos normalmente inútiles. No me resultaba complicado identificarme con alguno de esos cinco diletantes, probablemente aquél que desde la segunda fija hojeaba un libro que yo imaginaba de cocina. La actitud de los personajes no era de siesta, mantenían el cuerpo erguido, cierta tensión muscular, por lo tanto es razonable pensar que todavía no habrían comido y que disfrutaban plácidamente de una mañana templada, puede que anodina, mientras en el interior de la casa, quien sabe si un hotel, cocinaban el almuerzo.

El viernes pasado en una de las galerías principales de la exposición de Hopper me esperaba el cuadro original de la Gente al Sol, un cuadro no muy grande, sin estridencias, expuesto en la última de las paredes, justo junto a la salida de la exposición, no me lo esperaba ya que pensé que mi afición/devoción por el cuadro era puramente personal, luego he descubierto que se trata de una de las obras más alabadas del pintor y que incluso algún escritor – Cees Noteboom – se ha preocupado de describirlo en uno de sus libros, tendré que buscarlo.

Encontrarme//rencontrarme con la imagen del diletante en Madrid justificaba por sí sola una entrada, que habré de terminar con una receta. No por casualidad ha caído en mis manos la minuta de un menú del Club Allard de Madrid, un discreto palacete frente al tempo de Debod en el que desde hace años se ha ido formando una de las mejores cocinas de Madrid, una cocina que ha sobrevivido a la moda oriental que está mediatizando casi toda la alta cocina de la capital.

Tiempo habrá de escribir sobre el Club Allard y sobre su cocinero – Diego Guerrero -, de momento le robo una receta sencilla y sabrosa que puede dar una alegría a quien la afronte, una receta que compendia las virtudes de la diletancia: aparente sencillez, pureza de sabores y cierto gusto por la sorpresa.

Se trata de un huevo con pan, panceta y un cremoso puré de patatas; no es la primera vez que combino huevo y puré en este blog, aunque en esta ocasión la técnica y el resultado sean radicalmente distintos.

Esta receta no es sino la de una tapa, un bocado. Arranca la receta comprando pan de molde, cualquiera sirve aunque en ocasiones encuentro una marca que ofrece largas rebanadas sin corteza, este es el pan ideal.

Si el pan de molde tiene bordecillos es mejor cortarlos, colocar la rebanada sobre una superficie limpia y plana y pasar el rodillo para aplanar el pan, de modo que quede una masa más o menos compacta de dos milímetros. Hay que tener cuidado al desprenderla porque no se debe romper.

Con la ayuda de un cuchillo se perfila la rebanada para que forme un rectángulo de 10/12 centímetros de largo por 5/6 de ancho. Sobre la rebanada se colocan unas lonchas finas de panceta, uno de los secretos del plato es que la panceta sea realmente panceta, no bacon, también que sea muy fina. Se cubre toda la rebanada con las lonchas, no importa que sobresalga un poco la panceta.

Sobre el pan y la panceta, en el centro del rectángulo, se extiende una capa de puré de patata, ha de ser cremoso y con cierta consistencia, no se debe desparramar, ojo porque el puré no ha de sobresalir del pan, conviene ser un poco cuidadoso y no pasarse de puré porque eso dificultará el manipulado final.

Sobre el puré se deposita una yema de huevo – mejor si es un huevo de calidad para que resulte más sabroso -; para asegurarse de que la yema no se escurre puede utilizarse el envés de una cuchara sopera para hacer una pequeña depresión sobre la masa de puré y reposar allí la yema.

Con mucho cuidado se enrolla el pan como un canutillo en el que el huevo quedara en el centro, ha de hacerse lentamente, cuidando que la yema no se rompa ni se desplace mucho. Hecho el canutillo se sellan con ayuda de los dientes de un tenedor los extremos del cilindro, que quedará como un paquetito y se colocan en el horno previamente calentado a 210º y con el grill a toda pastilla para que se tueste ligeramente el pan.

En tres minutos el bocado estará listo para llevar a la mesa, se recomienda comerlo en dos bocados para disfrutar del huevo estallando sobre el pan, la grasilla de la panceta empapando el puré. Aquí en el AVE, todavía sin desayunar, la boca se me hace agua.

2 comentarios:

  1. Evocadora entrada de tu blog, maravillosa muestra que nos ha proporcionado el Thyssen, yo me identifico con "habitación de hotel", mi ritual mañanero es el mismo, sentrme en la cama y pensar en comenzar el día y mirar a la ventana para aclarar mis ideas. El rollito de panceta y huevo con un buen café, siempre es una propuesta ideal para comenzar el día, pero me tengo que conformar con un café deslavazado y unas galletas para afrontar la mañana pero me considero una afortunada que disfruta de libertad. Jubi

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  2. Hay un sitio en Bcn por Sarriá que hacen un huevo pochê con parmentier que es buenísimo
    Que sabroso este huevo que propones, no sé si seré capaz de enrollar el pan si reventar la yema

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