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martes, 27 de agosto de 2013

CAP.CCLXVIII: Veinte recetas de arroz y una canción desesperada: Arroz Thai frito


Primer sábado de agosto, todo el mundo llegando al aeropuerto de Ibiza, Cándido, Carmen y sus hijos pendientes, sin embargo, de regresar a Barcelona. Caras largas, todavía quedaban vestigios de los días de tensión.

Carmen y Cándido preferían no hablar, los chicos estaban enfrascados en sus maquinitas, no habían salido de aquella burbuja tecnológica en una semana, puede que fuera una forma de desobediencia civil.

Habían regresado de Estados Unidos encantados de la vida, apenas habían practicado el inglés ya que la mayoría de los estudiantes no es que fueran todos españoles, es que pertenecían básicamente al mismo colegio y al mismo barrio de Barcelona. Por lo demás la experiencia había sido divertida y Carmen creía vez a sus hijos un poco más maduros pero, sobre todo, más musculados.

Ella fue a recogerlos al aeropuerto y, sin solución de continuidad, les embarcó hacia Ibiza, junto a Cándido debían pasar seis semanas para probar la fórmula del California Hotel. Cándido había pensado primero adecentar el bungalow y habilitar dos camas más, después Carmen le convención de que se alojaran todos en Villa Cunegunda, al final los chicos se refugiaban durante la mayor parte del día jugando a la maquina en la penumbra de una de las habitaciones del bungalow, habitación y máquina que solo abandonaban para darse un chapuzón, comer y cenar en silencio.

Carmen había intentado apuntarles a cursos de vela, de windsurf, de boley playa, de conducción de motos acuáticas… Todos los cursos completos. Había intentado comprarles un optimis, una tabla de windsurf, una moto de agua… no se servían hasta septiembre. Había intentado contratar a un instructor de vela, un instructor de surf, un profesor de tenis… imposible en la isla.

El California Hotel hubiera necesitado en el mes de agosto tres o cuatro personas de refuerzo, por lo que resultaba imposible que Cándido pudiera ausentarse y dedicarse a la familia – algo a lo que ya estaban acostumbrados -, lo no habitual era que Carmen fuera también imprescindible y que cada una de las ausencias durante aquellos días dejara al restaurante al borde del caos.

Las primera horas del reencuentro discurrieron con cordialidad, el hecho de que el lunes fuera día de libranza a mediodía les había permitido organizar un día de playa y comida en la terraza del California con toda la tropa. Didier, Cloude, Muriel, Mustha e incluso su primo habían reservado aquel lunes para conocer a los hijos del patrón, ellos, ajenos a ceremonias, no tardaron en escapar hacia la playa y refugiarse tras una duna para wasapear con el móvil, había poca cobertura y ese fue uno de los motivos de tensión de la larga semana de silencios y desencuentros. Cándido fue incapaz de tejer ningún tipo de complicidad con sus hijos y la verdad es que en Formentera hay poco confort para quienes tienen que trabajar.

La presencia zombie de los chicos a media mañana por la terraza del California mendigando un desayuno, las incursiones al equipo de música para cambiar los ritmos cool que elegía Cándido por estridentes Zumbas tropicales, la desesperación de ver que los horarios de comida y de cena variaban en función de la afluencia de clientes a la terraza, todo era motivo de fricción. Además el mayor había dejado a su primera novia veraneando en la Costa Brava, en Tamariu para más detalles, y consideraba una afrente que justo aquel verano por primera vez hubieran decidido no veranear en Tamariu.

Si Formentera y ese veraneo de trabajo era la moda de aquel verano estaba claro que para los chicos la elección era sencillamente una tragedia; si Formentera y aquel restaurante se convertían en su nueva vida la tragedia pasaría a ser una declaración de guerra sin posibilidad de armisticio.

Cándido por un lado, los chicos por otro tiraban de Carmen en busca de aliados y ella finalmente quebró. Una noche dio un portazo y desapareció en medio de una trifulca monumental cuando Cándido decidió requisar hasta nueva orden los móviles. Dio un portazo y marchó a pasear y después a dormir en la playa. Tan tensa había sido la discusión que Cándido tardó unas horas en darse cuenta de que Carmen no había regresado.

A la mañana siguiente, aprovechando el amanecer y el momento en el que Cándido se dedicaba a espiar a Muriel irrumpió en su remanso de paz, se interpuso entre Cándido y la bella nadadora desnuda y lanzó un ultimátum: Ella y los niños saldrían de regreso a Barcelona el sábado, Carmen había gestionado ya unas habitaciones en un hotel pegado a la playa, cercano a Tamariu, un hotel de superlujo, la única opción libre a esas alturas de verano, allí terminarían las vacaciones; Cándido debería pasar por lo menos cuatro días con la familia en el hotel a lo largo del mes de agosto, daba lo mismo en qué momento, lo que tenía claro es que si Cándido no era capaz de dedicar cuatro días a sus hijos probablemente ella no regresaría al California. Sólo tras esos cuatro días de paz sería capaz de diseñar un futuro inmediato en el que más o menos encajaran las piezas de aquel puzzle.

Las palabras Tamariu, hotel, regreso inmediato a Barcelona suavizaron el gesto de los chicos, no permitieron romper los silencios pero cuando menos eliminaron los gritos y reproches, Cándido a regañadientes devolvió los móviles requisados e incluso marchó a pasear con los chicos aprovechando un remanso de calma matutino antes de abrirse la terraza, les prometió que en unos días estaría con ellos en Tamariu y les compensaría por la encerrona del California.

Los chicos no tenían ningún motivo para confiar en su padre pero sabían que un armisticio facilitaría la retirada y las alianzas con Carmen.

Le pidió a Biel que le acompañara a la cocina con el fin de que le ayudara a preparar la comida. Abrieron un paquete de arroz alargado, parecía Basmati pero en realidad era arroz jazmín, un arroz tailandés con mucho almidón, aromático y delicado. Le pidió a su hijo que, ayudado por un colador, lavara en varias ocasiones el arroz bajo un potente chorro de agua fría. El objetivo tras tantos lavados es que el agua de escurrir saliera limpia y trasparente, no lechosa. Cuando consiguió el efecto deseado le pidió que escurriera bien el arroz.

Mientras tanto puso en una cazuela abundante agua y puso el fuego vivo hasta que rompió a hervir, le pidió a su hijo que pusiera el arroz con cuidado de no quemarse y cuando volvió a hervir el agua bajó el fuego al mínimo, tapó la cazuela y lo dejó cociendo. Le dijo a Biel que controlara que la cocción no supera los 12 minutos.

Pasado ese tiempo retiró la cazuela del fuego y sin destapar el arroz lo dejó reposando diez minutos.

Durante ese tiempo tuvo a su hijo rallando cáscaras de limón advirtiéndole de los riesgos de que cayera algo de la parte blanca del limón ya que amargaría el plato. Cándido picó con minuciosidad un buen manojo de albahaca.

Reposado el arroz ayudados por la punta de un chuchillo despejaron con cuidado los granos de arroz y los mezclaron con la ralladura de un limón y con una cucharada generosa de albahaca picada.

Guardaron el arroz en un recipiente de cierre hermético y lo dejaron en la fresquera.

Cándido le pidió a su hijo que buscara entre los cacharros hasta dar con una paella de paredes altas, un recipiente amplio y profundo que les permitiría hacerlo usar como un wok. Encendió Cándido el fuego, engrasó el recipiente con aceite de oliva y rehogó seis dientes de ajo. Biel iba haciendo de pinche, durante todo ese tiempo no intercambiaron otras palabras que las imprescindible para hacer comprensibles los pasos de la receta. Cándido permitió que Biel eligiera la música para cocinar, en un gesto de concordia Biel eligió un recopilatorio de los Eagles, un disco que había visto permanentemente en la casa de Barcelona y que reconoció por la carátula.

Apenas les sirvió una sonrisa como gesto de momentánea reconciliación.

El ajo había que picarlo fino, al igual que medio quilo de panceta en tiras. La paella empezó a chisporrotear y Cándido apartó a su hijo para que no le saltara el aceite, había que remover sin para.

Como Biel había conseguido cierta maña con el rallador, Cándido le pidió que rallara un trozo de jengibre no más grande que la yema de su dedo pulgar. EL jengibre rezumaba mucho jugo y al incorporarlo al sofrito se intensificaron los chisporroteos, incluso apareció alguna llamarada. Cándido picó una guindilla cuidando de retirar previamente las semillas. Removió con brío a fuego vivo y después incorporó lomo de cerdo en tiras -200 gramos – y dos pechugas de pollo fileteadas y en tiras – casi medio kilo. Siguió removiendo hasta tener la certeza de que la carne no quedaba cruda.

Bajó el fuego y le pidió a su hijo que sacara el arroz de la fresquera, con ayuda de un tenedor fue incorporando el arroz con cuidado, intentando que los granos no se apelmazaran, dejó que el arroz se mezclara bien con el sofrito y se templara un poco luego añadió dos vasos con caldo de pescado y otro más con agua de coco que tenía guardada en una lata.

Dos cucharada del albahaca, una de cilantro y dos cebolletas picadas finas en juliana terminaron de aderezar el arroz. Dos minutos más al fuego lento cuidando de que no el arroz no se apelotonara. Apagó el fuego y le pidió a Biel que le acercara una bolsa de 150 gramos de anacardos, aportarían al plato el sal que no le habían añadido. Tapó el arroz con un paño y lo dejó reposar mientras avisaba a Carmen de que la comida estaba preparada, habían montado la mesa del rincón de Pangloss, Cándido abrió una botella de vino blanco francés, un borgoña de ribetes dorados, le hubiera gustado poder pasar toda la comida con su familia pero la gestión de la sala le obligó a levantarse en varias ocasiones para tomar nota de los clientes que iban llegando. Resultaba extraño ver a Cándido levantarse de la mesa del extremo más cercano a la playa, coger las cartas y cantar los platos del día, pasar a la cocina y volverse a sentar junto a sus hijos.

Quedó arroz suficiente para Muriel y el resto del equipo. A última hora de aquel mediodía Muriel acercó por sorpresa una gran tarta de chocolate a la mesa de Cándido con una vela y un deseo: Que pese a todo guardaran un buen recuerdo del California, Carmen les pidió que se incorporaran a la mesa y así pudieron despedirse. Durante unos instantes Cándido vislumbró su idea de la felicidad en el California, incluso los chicos fueron cordiales por primera vez. Luego fueron a Villacunegunda a cerrar las maletas, Cándido les acompañaría al aeropuerto con tiempo suficiente como para atender a los servicios de la noche.

Por primera vez desde su llegada a Formentera eligió las lanchas rápidas para transbordar. Quería que todo discurriera rápido, silente y frio. Mientras embarcaban se sintió con un conejo degollado sobre una bandeja. Carmen le besó con picardía y con un:

-      Hasta pronto, no te olvides.
 

1 comentario:

  1. Hoy hemos amanecido con un día bastante feo, ni gota de sol y esperemos que no llueva, este tiempo mortecino no me gusta nada. Leí tu blog bien temprano pero me moría de pereza, así que he salido, me he dado un buen paseo y ya más despejada lo he releído. Hay que ver lo que da de sí el arroz, todos los que expones me gustan y me dan ganas de pasar copias a la cocinera, aunque dudo que los sacara igual que tus recetas. Jubi

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