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martes, 27 de mayo de 2014

CCCXXII.- Migajas.


Migajas. Hay gestos que suelen ser el preámbulo de una buena comida. Un sábado a mediodía. Una casa de campo. Empiezan los calores. Se monta la mesa fuera. En el jardín. En los fogones se ultiman los detalles de la comida. Se han abierto las botellas de vino. Se están refrescando en un balde lleno de hielo. Desde media mañana la gente bebe cerveza. Alguien recuerda que hay que cortar el pan. Unas barras grandes. Recién compradas. Se coloca sobre una tabla de madera. Buscamos un cuchillo largo. De dientes de sierra. Cortamos el pan con alegría. Chuscos grandes. Saltan las migas y llenan la tabla, incluso el mantel. Se van llenando las cestas de pan y en las cocinas quedan, indolentes, las migajas. Puede que incluso a lo largo del día lleguen algunas hormigas. Los niños roban un trozo de pan. Salen corriendo. Las migas, esas migas, no molestan. Cuando llega la comida enseguida se pasa la cesta de pan. Queda de inmediato vacía. Hay que cortar otra barra. Al final de la comida puede que parte de esas migajas las terminamos enganchando con la yema de los dedos. Sucede lo mismo con las migajas del postre. Los trocitos de dulce y de frutos secos olvidados sobre la bandeja.

El pan, las migas, merecen el mayor de los respetos. A lo largo de estos años he utilizado algunas recetas con pan, algunos cuadros en los que aparecía el pan. El otro día encontré una fotografía que me hizo reflexionar. Era un guiso sencillo, unas almejas a la marinera, que se llevaban a la mesa en una cazuela improvisada partiendo de una gran hogaza de pan a la que quitaron la tapa y la miga, rellenando el hueco con el guiso.

Hubiera podido recuperar la receta que ya hice de almejas a la marinera, sin embargo la cazuela improvisada merecía un esfuerzo, por ejemplo un guiso de morcillo de ternera con una cremolata.

 

Para cuatro comensales se necesita un kilo de morcillo de ternera, o de vaca, cortados en daditos. Hay que dejarlos en un bol durante 12 horas salpimentado, con una pizca de canela, una hoja de laurel; lo cubrimos con vino tinto – una uva con un poco de cuerpo, una garnacha iría bien.

El estofado no debería tener muchas complicaciones, bastaría con media docena de zanahorias peladas y cortadas en daditos, tres dientes de ajo pelados y picados, una cebolla hermosa también picada, cuatro tomates de pera pelados y despepitados, una rama de apio picada y el zumo de una naranja.

Se escurren las piezas de carne. En una cacerola grande se pone un chorro de aceite de oliva y se rehogan las los trozos de carne, un par de minutos. Se retiran y en ese aceite se sofríen el ajo – se añade en primer lugar, antes de que humee el aceite -, después la cebolla, pasados 2 minutos las zanahorias, diez minutos después el apio y, finalmente, los tomates de pera pelados.

Cuando se reduzca un poco el agua de las verduras se añade una pizca de sal y el zumo de una naranja. Se remueve con cuidado hasta que las verduras estén bien pochadas, casi caramelizadas.

Se recupera la carne y se incorpora al guiso removiendo un par de minutos hasta que se impregne bien de la salsa. Se cubre la carne con caldo de carne y se deja hirviendo amorosamente durante al menos una hora y cuarto, removiendo de vez en cuando.

La carne ha de quedar muy melosa, que se puedan separar las hebras con las puntas de un tenedor.

La gremolata es una salsa muy sencilla, una vinagreta hecha con un diente de ajo, pelado y picado, se maja en un mortero con unas hojas de perejil fresco, una cucharada de alcaparras, una pizca de sal y la ralladura de una naranja – puede hacerse también con un limón -. Mientras se va majando se añade en un hilito aceite de oliva hasta que la salsa tome un poco de consistencia.

Se vacía una hogaza grande de pan quitando primero la parte superior con un cuchillo – el mismo cuchillo de sierra que sirvió para cortar el pan –, luego quitamos la miga con ayuda de una cuchara. Es necesario que la hogaza de pan tenga una costra gruesa para que resista bien el guiso y no se desparrame por la mesa.

Se llena la hogaza primero con la carne, después con un poco de la salsa – ha de quedar espesa – y por encima la gremolata. Se lleva a la mesa sirviendo con cuidado de no quebrar la cazuela improvisada de pan. Al final seguro que los comensales terminan pellizcando la hogaza de pan que habrá quedado empapada de salsa densa, oscura y un poco picante. Alguno reclamará que los migajones que sobraron al vaciar la hogaza, incluso la mesa, regresen a la mesa para terminar también empapados de salsa.

Apuraremos las últimas copas de vino y puede que aparezca una botella fría de malvasía, incluso una grapa.
Hay muchos cuadros en los que aparece el pan, de entre todos las hogazas de Pieter Claesz puede que sean las más firmes y tersas, capaces de resistir estos experimentos.


miércoles, 7 de septiembre de 2011

CAP.LV.-Problemas de fluidez a propósito de La Tour d'Argent y de Madame Verdurin.

Hace pocos días que he regresado de vacaciones, las vacaciones deberían ser el estado natural del diletante. Arranca el curso - los padres solemos medir los tiempos a partir de los cursos escolares. Llevo algunos días dándole vueltas a varias ideas para iniciar este ciclo final del estio pero no es fácil tengo serios problemas de fluidez mental que voy a intentar ordenar:
(1) Dentro de unas semanas tenemos programado un viaje a París, el nos no es mayestático ya que viajo con mi mujer y con unos amigos. Nos escapamos un fin de semana con la finalidad de comer en La Tour d'Argent, el mítico restaurante parisino frente a Notrê Dame. Seguramente habrá mejores sitios para comer en París hoy - de hecho la Tour ha visto caer algunas de sus estrellas en los últimos años -, habrá quien diga que la Tour se ha refugiado en las guías para turistas japoneses, coreanos o norteamericanos con ansias de comerse Europa. Todo puede ser, aunque pocos restaurantes pueden presentar como credencial haber sido fundados en 1582. Tengo muchas razones para estar ilusionado con la visita, la principal la compañía. La Tour fue una referencia gastronómica para muchos españoles en los años setenta del siglo pasado, como lo fue Horcher o Jockey en Madrid. por otra parte la Tour esconde una bonita historia historia de encuentros y desencuentros de nuestros compañeros de viaje, así que se trata de cerrar círculos. En el volumen VI de "En busca del tiempo perdido", titulado Sodoma y Gomorra, la Sra. Verdurin, uno de los referentes del glamour burgués parisino recreado por Marcel Proust, ya afirmaba que La Tour d'Argent no era tan bueno como decían y que en algunas ocasiones había comido de manera deplorable.
(2) La dispersión es también estética ya que llevo muchos días enfrascado en la búsqueda de los cuadros más representativos para cada entrada y en la medida en la que mis herramientas de internet mejoran también se amplía el número de pintores y de cuadros. De ahí el dileta de elegir el cuadro que más se aproximara a mis expectativas sobre la comida. Busqué entre cuadros de opulentas mesas burguesas, pero ninguna de ellas se aproximaba a mi estado expectante. Me lancé a buscar cuadros con patos en la medida en la que los canetones ruaneses son una de las especialidades de la casa, cierto cierta debilidad por los patos, puede que por los cuentos infantiles, por lo que me resultaba extremadamente cruel poner la imagen de un pato ni en libertad ni sobre una mesa de cocina. Finalmente la solución me la facilitó Pieter Claesz aller por la noche, de los distintos bodegones - "still live" (todavía con vida) en inglés, con toda la dimensión emocional que supone esta palabra, más intensa que la plana "bodegones" -. Encontré un cuadro que representa lo que busco para esa comida.
la placidez que genera un poco de desorden, una copa de agua límpida, una copa de vino volcada sobre la mesa y los restos de una comida reflejados en una vajilla sencilla. Si además puedo ver en Sena y Notrê Dame mejor que mejor.
(3) El tercer factor que afecta a la fluidez puede que sea más complejo. Llevamos meses recibiendo diaramente noticias catastróficas que vaticinan en fin de ciclo, parece que el modelo actual de modo de vida de la vieja Europa toca su fin, un modelo de vida que con sus claroscuros ha permitido que muy pocos vivan muy bien y muchos malvivan dentro y fuera de nuestras fronteras. Quiebra el sistema financiero, aumenta el desempleo y se vislumbran pocas soluciones en un horizonte gobernado por mediocres. Los diletantes por propia naturaleza nos movemos en un dial muy burgués que oscila entre un liberalismo complaciente o una socialdemocracia idealizada en la que aspiramos a que todo el mundo pueda vivir mejor, a igualar por arriba. No sé que nos aguarda en el futuro, aunque tiendo a ser optimista, pero generaba cierta mala cociencia de que en plena debacle se pudiera frivolizar con visitas a restaurantes de lujo; la imagen del Titanic a punto de hundirse y los pasajeros de primera cenando opíparamente es muy gráfica. Pese a las dudas creo que hay una razón de cierto calado que permite justificar mi posición como diletante, La Tour d'Argent se funda en 1582, durante más de 400 años ha vivido y pasado por todo tipo de crisis, revoluciones y catástrofes, es un ejemplo de permanencia - en las guías cuentan que su dueño hubo de esconder tras un falso muro su impresionante vinacoteca para que las tropas nazis no disfrutaran de los vinos más preciados. La Tour nació como un remanso de tranquilidad para la nobleza parisina, como un salón de comida de la Corte francesa; a finales del siglo XIX fue refugio de artistas e intelectuales y no creo que se contente con ser un souvenir más para turistas orientales. Si hemos de ver caer nuestro modo de vida puede que la Tour d'Argent sea el lugar más apropiado ya que ha visto caer muchos imperios y ha permanecido impasible entre muros de piedra moteada con mica - de ahí su nombre de torre de plata, por los destellos lunares de la mica.
(4) El último de los problemas de fluidez tiene que ver con la introducción de una receta acorde con la Tour d'Argent, un lugar especializado en pato sangrante, un guiso de pato preparado a partir del asado y prensado de canetones de Ruen con la finalidad de extraerles todo su jugo. Esa receta me ha llevado al pato a la Ruanesa de la Marquesa de Parabere y a los consejos sobre los asados a baja temperatura de Mc Gee, sobre ambos tendré oportunidad de regresar en muchas ocasiones. Tras muchas dudas - se ve que imperan las incertidumbres en este arranque de septiembre - he decidido incorporar una receta catalana compilada por Josep Lladosa, una receta de pato con peras para la que es necesario un pato - canetón si es posible, cortado en octavos, eliminando o reduciendo las partes más grasas. El pato se  salpimenta y se enharina antes de pasarlo por una sarten en la que se ha de dorar con utilizando su propia grasa, conviene que el fuego esté vivo ya que no hay que cocerlo sino dorarlo.
Dorado el pato se retira de la sartén reduciendo algo el fuego y añadiendo a la misma dos cebollas picadas, un puerro también picado, una zanahoria pelada y cortada en dados, una hoja de laurel y una rama de tomillo. Cuando la cebolla pierda color se añaden cuatro tomates maduros en cuartos y se terminan de sofreir.
Hecho el sofrito se le añade una copa de vino blanco; de nuevo hay que avivar el fuego para que se evapore bien el alcohol. Si queremos que la salsa gane en densidad es el momento de añadir un poco más de harina. Evaporado el alcohol hay que poner en el guiso 20 gramos de bayas de enebro y dos litros de agua - si tenemos caldo de ave mejor -. Cuando empiece a hervir se recuperan los trozos de pato para que terminen de cocerse en la salsa, hay que dejarlo cocer hasta que el pato se ablande - ojo porque yo no he conseguido casi nunca que el pato me quede blando.
Blando el pato - dios lo quiera -, se retiran las piezas de ave de nuevo y se pasa la salsa por un chino y se pone nuevamente al fuego para darle la cocción final. En algunas recetas se recomienda dejar reposar antes unas horas la salsa para desgrasarla. En un mortero se pican tres dientes de ajo pelados, 10 gramos de almendras tostadas (con avellanas también queda bueno), dos galletas de toda la vida - en Cataluña utilizamos unas galletas secas con frutos secos llamadas carquiñolis -, sal y pimienta. terminada la picada se le pone una copita de anís seco y otra de moscatel. El amasijo del mortero se incorpora a la salsa que tenemos en el fuego, antes de que hierva se ponen 12 peras blanquillas peladas - no me había olvidado de las peras, llegan al final -. No conviene tener mucho tiempo las peras en ebullición para que no se desahagan - en algunos recetarios las peras se hierven previamente en agua aparte -, bastarán cinco minutos. Se recuperan otra vez las porciones del pato para que entren definitivamente en el guiso que se mantiene a fuego lento diez minutos para que las peras terminen de tomar el sabor del guiso y el guiso incorpore el gusto aterciopelado de las peras.
Es un plato trabajoso y que entraña algunos riesgos pero es digno de que lo incorporara la Tour d'Argent en el caso de que quisiera catalanizar sus fogones, giro que no es una quimera porque el somelier del restaurante tiene ascendencia catalana.
No sé si se condensan mis dispersiones o si quedan todavía más dispersas. En todo caso he pasado de la falta de fluidez de ideas al exceso de fluidos en el guiso. Espero poder comentar mi visita a la Torre de Plata en breve.