jueves, 26 de marzo de 2020

Capítulo DX.- Diez Jornadas (2.5.).- Nápoles.

Nápoles.
La decimoquinta novela del Decamerón transcurre en Nápoles. De nuevo una historieta de enredo; un comerciante de Perusa viaja a Nápoles en busca de fortuna, lleva 500 florines para comprar caballos, quiere revenderlos cuando regrese a su pueblo. En la ciudad sufre varios engaños, termina rebozado en heces en una sentida, embaucado por unos ladrones que querían asaltar la tumba de un obispo para robarle un anillo, lo que hace que el pobre Andreuccio termine caído en una tumba, con el cadáver del obispo de cuerpo presente.  Finalmente se queda con el anillo del prelado y puede regresar a su pueblo con mayor fortuna de la que partió. Toda una sucesión de desgracias entorno a la Rua del Malpertugio (calle del mal agujero). Boccaccio introduce las primeras escenas escatológicas de modo que, poco a poco, va subiendo el tono libertino de los relatos, aunque siempre tiene un final moralizante para aquietar malas conciencias y reducir riesgos con la Santa Inquisición.
Nosotros justo hace un mes, el 25 de febrero, pensábamos en sacar unos billetes para ir a Nápoles con los niños, queríamos visitar Pompeya, pasar en el sur de Italia el arranque de la Semana Santa.
Queríamos  viajar justo a finales de la semana que viene, pensábamos que el virus no llegaría ni siquiera a traspasar Roma y que estaríamos tranquilos unos días por la costa de Amalfi. A punto estuvimos de sacar los vuelos, estaban muy bien de precio. Nuestra única duda era si reservar apartamento en Nápoles y disfrutar de su caos, o si buscábamos acomodo en alguna población más pequeña de la costa.
Las ofertas de vuelo eran excepcionalmente baratas, pero, en el último momento, por un golpe de prudencia decidimos esperar unos días, no comprometer fechas y dineros.
Hace sólo un mes, casi nada, y nosotros pensando en tomar unas vacaciones a finales de marzo. Absolutamente ajenos a lo que se venía encima. Puede que la filosofía de Simeone (Partido a Partido) sea la más razonable.
Leo a alguien a quien discretamente admiro, que propone ahora apartarse de visiones catastróficas y dejar la épica exaltada para los cuentos. Tiene razón. No es momento de derrumbarse, tampoco de venirse arriba, sino de dejar pasar el tiempo, trabajar y pensar que hay mucha gente en una situación de absoluta incertidumbre, pasándolo muy mal.
La marquesa me ofrece hoy un pudding que seguramente haré. Es muy sencillo y permite darle salida a todo el pan duro que se va acumulando. Lo llama Bread-Pudding, sería más sencillo se lo llamara pudin de pan duro.
Se necesitan 250 gramos de pan de miga que esté un poco duro (pan de víspera), 50 gramos de azúcar, un cuarto de litro de leche, un huevo entero más una yema y 60 gramos de pasas (se pueden sustituir las pasas por trozos de manzana o por pera).
Hay que desmigar el pan y ponerlo en un poco de leche, hasta que se ablande bien el pan.
Se casca el huevo y la yema, se baten bien, como para tortilla, y se añaden las pasas (o la fruta elegida).
A parte, se pone a hervir el cuarto de litro de leche, con el azúcar, removiendo bien.
Se vuelca la leche bien caliente a la miga de pan, se incorpora despacio, mezclando con ayuda de un cucharón de madera. Después los huevos batidos con la fruta.
Se mezcla todo bien y se pasa a un molde engrasado.
Horno precalentado y templado, 130º, veinte minutos de horno, hasta que cuaje el huevo y se forme el pudin. Si se quiere que quede una capa tostada en la superficie se puede espolvorear un poco de azúcar por encima.
Se deja enfriar y se desmolda. En un pan dulce, en sus fundamentos es muy parecido a la greixonera mallorquina, que utiliza en vez de pan los restos de las ensaimadas que quedan duras.
Es una receta de aprovechamiento que puede enriquecerse con un poco de canela, convertirla casi en un flan si se incorporan dos huevos más. Caramelizarla por el fondo, añadirle un poco de ralladura de limón… Hay miles de opciones, tantas como pan duro acumulado.

Vuelve el frio, incluso anuncian nieve la semana que viene. Hopper tiene recursos para casi todo. Anne Ancher también.
Edward Hopper - Haunted House
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miércoles, 25 de marzo de 2020

Capítulo DIX.- Diez Jornadas (2.4) Ucronías, distropías, utopías y otras obras pias.

Ucronías, distropías, utopías y otras obras pías.
Solucionados mis problemas momentáneos con la red, vuelvo a la normalidad dentro de lo anómalo de la situación.
Leo que estos días se ha disparado la lectura, venta on line y revisión de todo tipo de películas, series, novelas e historias de ciencia ficción en todas sus variantes, supongo que es el signo de los tiempos y de las incertidumbres actuales.
A mediados de febrero en casa empezamos a ver la serie The Man in the Hight Castle, una ucronía sobre lo que hubiera sucedido si los nazis hubieran ganado la Segunda Guerra Mundial y dominaran el mundo, junto a los japoneses.
No descarto durante el confinamiento revisarme todos los Star Wars con los niños (9+2) incluso ver la nueva serie de la factoría Lucas/Disney: Los Mandalorian. Tenemos todo el tiempo por delante.
Imagino que la lectura de ficción, cuanto más disparatada mejor, ayuda a la evasión y que muchos productos de ciencia ficción esconden mucha moralina, que también va bien en estos tiempos inciertos.
Yo mismo he acudido al Decamerón como vía de evasión para estos días, al fin y al cabo, leer novelas muy antiguas tiene un efecto sanador similar al de leer Dune o el Señor de los Anillos.
Me hubiera gustado ser capaz de construir algún relato actualizado a partir de las historias del Decamerón, pero me siento incapaz, supongo que me falta talento. Leo y releo las novelillas, disfruto con ellas, pero soy incapaz de trascender, de adaptarlas a los nuevos tiempos.
Boccaccio hace un retrato entre amable, pícaro y crítico del tránsito de la Edad Media al Renacimiento con una burguesía en crecimiento, sin muchos escrúpulos, un clero absolutamente envilecido y poco sentido de la moral, o, por lo menos, de la vieja moral.
El relato que me tocaba para hoy es una verdadera novela de aventuras de un mercader que vivía en una localidad cercana a Salerno. No contento con sus riquezas y su suerte decide hacerse pirata y, como corsario, dedicarse a asaltar naves turcas hasta conseguir una fortuna superior a la que ya tenía.
Cuando había doblado sus haberes, decidió regresar a su casa y en el regreso tuvo la mala fortuna de ser asaltado por otros bucaneros que le robaron y abandonaron a su suerte, otra vez en ruinas.
En el fragor se sus aventuras, el protagonista naufraga abandonado y obre, con el único asidero de un cofre que le arrastra a una isla desierta a la que también es arrojada una mujer, una desconocida de la que desconfía, hasta el punto de abrir el cofre aprovechando que ella no estaba atenta y descubrir que el baúl estaba lleno de joyas, oro y piedras preciosas que le hacían mucho más rico de lo que hubiera sido nunca.
A espaldas de su accidental compañera de naufragio, guarda el tesoro en una bolsa y le entrega a la mujer el cofre vacío. Huye de la isla y regresa a Italia, donde consolida su fortuna, mandando ir a rescatar a la mujer de la isla, decisión tomada en un momento de debilidad – estas historias han de tener un final moralizante porque si no Boccaccio no hubiera pasado el filtro de la censura.
La historia de «Landolfo Rúfolo, empobrecido, se hace corsario y, preso por los genoveses, naufraga y se salva sobre una arqueta llena de joyas preciosísimas, y recogido en Corfú por una mujer, rico vuelve a su casa» es un resumen ejecutivo para el guion de una película.
Pensando en ucronías y distropías recordaba noticias que aparecen de vez en cuando, como la de los hermanos que ocultaron la muerte de su madre durante años para seguir cobrando la pensión. No deja de ser una ucronía, la ficción de que la madre sigue viva. Un hilo del que se podría tirar para escribir una novelilla cómica, porque, en estos tiempos, conviene reír.
La Marquesa de Parabere me lleva al mundo de los puddings. El primero de almendras garrapiñadas (toda una tentación).
Para el pudding se necesitan 350 grm. de almendras garrapiñadas, 6 claras de huevo, 2 ó 3 cucharadas de azúcar glas para acaramelar el molde.
Para el dulce de yema se necesitan 6 yemas de huevo y 100 gramos de almíbar.
Se toma un molde metálico y se ponen las tres cucharadas de azúcar (creo que mejor 4 ó 5 para garantizar una buena caramelización. Se pone el molde al fuego con medio vaso de agua y unas gotas de limón, para hacer un caramelo parecido al del flan.
Se pican bien las almendras garrapiñadas, hasta que quede un polvo fino de almendra (cuesta un poco pero merece la pena).
Se baten las claras a punto de nieve, punto duro, que queden picos bien tiesos. Se mezcla el merengue con el polvo de almendra y se cuece al baño maría. Puede hacerse al horno, a 120º de temperatura. Se cuece despacio, con paciencia, y tapado. Cuidando que no se consuma el agua.
Una vez cuajado, se deja enfriar antes de sacar el molde.
Mientras enfría el pudding, se prepara en un cazo el almíbar, con cuidado de que quede bien limpia, clara.
Se pone a fuego mínimo otro cazo con las yemas, incluso se recomienda no ponerlo al fuego, sino junto a él, para que se temple lentamente. Se empieza a batir muy rápido, cuando empiece a espesar se añade poco a poco el almíbar, en hilo, que caiga casi gota a gota. Cuando quede una crema naranja y brillante se extiende sobre el pudding de almendras y se lleva a la pesa.
Hopper no es consciente que estas veleidades pueden ser sancionadas.

He descubierto por casualidad a una Hopper danesa, Anne Ancher, costumbrismo y melancolía. Espero que no se enfade don Eduardo, Anne Ancher nació y empezó a pintar 20 años antes que el afamado Hopper.
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martes, 24 de marzo de 2020

Capítulo DVIII.- Diez Jornadas (2.3) No entrar en pánico.

No entrar en pánico.
En casa somos tan disciplinados que empezamos el confinamiento de los niños desde que empezó a correr la noticia del estado de alarma, así que llevamos doce jornadas, trece a los efectos del Diletante porque el primer relato  empezó ese mismo jueves.
Intento no ser supersticioso, pero lo cierto es que coincidiendo con la decimotercera jornada los datos de internet se han agotado. Tenemos tres ordenadores, dos tabletas y cuatro teléfonos conectados a la red y la pobre empieza a dar señales de fatiga. Ni los operadores estaban preparados para la pandemia.
Enseguida relativizamos la situación, al fin y al cabo somos unos privilegiados si nuestra única preocupación es la calidad de la conexión con la que está cayendo.
En todo caso, intento no ser supersticioso, aunque toda la información que recibo está llena de supersticiones, todo tipo de rituales para conjurar lo que algunos consideran un golpe de mala suerte, ayer mismo escuchaba a un presidente de comunidad autónoma asegurando que el virus era una respuesta de la naturaleza a los desmanes humanos, comparaba este desastre de salud a la caída del meteorito y la extinción de los dinosaurios. Con políticos de este calibre podemos dormir tranquilos, siempre y cuando no tengan mando o competencia de nada, salvo salir en la televisión.
No es difícil ver los rituales que se organizan algunas personas, parecidos a los que establecía Melvin Udall, el misántropo protagonista de Mejor… Imposible, la película por la que Jack Nicholson ganó su último Oscar. Me preocuparía convertirme en un neurótico como Melvin por un ligero fallo de sistema.
Sigo con mis tareas del Decamerón, la novela de hoy es el esbozo de una comedia de equívocos sexuales, la historia de una princesa que se disfraza de fraile para peregrinar a Roma y en el camino se encandila del hijo de un prestamista florentino. El muchacho, Alesandro, se engatusa también con el fraile, empezando a tener dudas sobre sus apetencias sexuales. La chica que aparenta ser un chico se encanta de un chico que se encandila con otro chico que resulta ser una chica.
Boccaccio sigue con sus juegos de espejos, toda una osadía en pleno siglo XIV.
Leo y cocino para conjurar las crisis de misantropía, también las de superstición.
Preparo todos los días para los niños crepes para el desayuno, la receta es sencilla.
3 huevos, 125 gramos de harina, 350 cc de leche (un vaso y medio de los de nocilla de toda la vida), 25 gramos de mantequilla, una pizca de sal, dos de azúcar.
Se deshace la mantequilla poniéndola 20 segundos en el micro. Se incorporan todos los ingredientes y se baten bien, hasta que quede un fluido sin grumos. La marquesa, que es mucho más sofisticada, lo que hace es calentar la leche e incorporar la mantequilla para que se deslíe en ella.
Ellos se toman una crepe con miel o con nocilla, pero la marquesa maneja combinaciones muy sabrosas, más allá de las crepes suzette.
Las que leo hoy son las llamadas crepes Gil Blas. Son unas creps rellenas de una crema de mantequilla, coñac, avellanas y ralladura de limón.
Para la mantequilla de avellanas las cantidades son 80 gramos de mantequilla, 50 de azúcar glas, dos cucharadas de coñac y dos más de leche de almendras, con una pizca de sal.
Las avellanas tienen que estar tostadas, se pican hasta que queden en polvo ligero.
Se pone la mantequilla en un bol o en una taza templada para que se deshaga. Se remueve la mantequilla con una cuchara hasta que se va formando una crema ligera, se añade el azúcar y la ralladura de medio limón. Finalmente las avellanas picadas, el coñac y la leche de almendra. Hay que remover sin parar, así queda una crema que puede untarse en las crepes, que deben servirse calientes, con un poco de azúcar glas por encima y unas gotitas de coñac.

Hopper deja que hoy nos asomemos al umbral de la puerta, poco más, siempre solos.
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lunes, 23 de marzo de 2020

Capítulo DVII.- Diez Jornadas (2.2.) Gâteau a Clermont-Ferrant

Lecturas y relecturas.
Acumular tantas horas muertas no puede ser bueno. Tengo tan trillados los periódicos que no me queda opinión por conocer. Todas sabias, todas sesudas, ninguna concluyente.
Trabajo sobre una pregunta que se hizo Cicerón hace más de dos mil años, ¿Tengo la obligación de devolver la espada a quien me la prestó y ahora está enajenado? (“Si gladium quis apud te sana mente deposuerit, repetat insaniens, reddere peccatum sit, officium non reddere“).
Pero no quiero ponerme trascendente, no cabe ni un trascendente más en este mundo global.
Me sorprende que dentro de las propuestas de todo tipo que se lanzan sin ton ni son estos días, nadie haya pedido que se declare al Atleti de Madrid campeón de la Champions de 2020. Al fin y al cabo hemos sido los últimos en jugar y hemos eliminado a los anteriores campeones de la Champions, el Liverpool, que parecía en estado de gracia. No sé si activar una cuenta en Instagram que se llame #atleticoChampions2020, seguro que tendría eco global.
Es mala suerte que el último partido jugado de la competición sea el nuestro, que hayamos eliminado en octavos a Liverpool con un partido del Atleti en estado puro y que tengamos que esperar semanas a saber qué se hará con una competición que nos ha cogido manía.
Tendría narices que si este era el año en el que estábamos llamados a ganar se cancele la Champions. Eso aumentaría nuestra leyenda.
Nosotros, los atléticos, podemos tomarnos la cuarentena con cierta paz interior, lo hicimos ganando y con la liga a tiro, ya que Madrid y Barça están dispuestos a tirarla por la borda.
Siento que mis amigos culés y los merengones hayan de pasar estos días con la incertidumbre absoluta de saber si serán capaces de eliminar al Nápoles y al City.
Cuando preguntan hasta cuándo durará la cuarentena hay maledicentes que aseguran que no terminará hasta que el Madrid no marque un gol.
Ruego a los responsables de televisión que se dejen de programas de opinadores de baja estofa y coloquen en continuo la prórroga del Liverpool contra el Atleti.
Avanzo en mis lecturas de Boccaccio. Segundo relato de la segunda jornada, una novelilla de enredo en la que un honrado comerciante, devoto de san Julián el Hospitalario, es vilmente robado de camino de Verona.
La leyenda de san Julián el Hospitalario daría para una gran novela de aventuras, y desventuras, pero no es el caso. He de centrarme en el honrado comerciante, Rinaldo, que es atracado por unos malhechores que le dejan desnudo a las puertas de Castel Guiglielmo, donde es acogido por una joven y fogosa viuda (parece que Boccaccio era muy de las viudas liberadas). La viuda es todo un ejemplo de mujer libre y sin complejos, dueña de su cuerpo y de sus decisiones: «La mujer, que ardía toda en amoroso deseo, prestamente se le echó en los brazos; y después que mil veces, estrechándolo deseosamente, le hubo besado y otras tantas fue besada por él, levantándose de allí se fueron a la alcoba y sin esperar, acostándose, plenamente y muchas veces, hasta que vino el día, sus deseos cumplieron».
A la mañana siguiente la señora factura elegantemente a Rinaldo y los ladrones son apresados, con lo que el honrado comerciante, devoto de San Julián el Hospitalario, de oscura leyenda y dudosa razón para la santidad, regresó tan feliz a su casa.
Vuelvo a los bizcochos, al bizcocho Châteaubriand, cortesía de la divina marquesa. Necesito 250 gramos de azúcar glas (de nuevo advierto que puede reducirse a la mitad sin grandes problemas), 125 gramos de harina fina (siempre fina), 125 gramos de mantequilla, 125 gramos de almendras molidas, 8 huevos enteros, dos yemas, una copita de licor, un poco de azúcar avainillado (una cucharadita) y una pizca más de mantequilla para engrasar el molde.
El bizcocho no tiene origen en el vizconde de Châteaubriand, escritor, diplomático y gastrónomo, sino que su nombre se debe a una pastelería que estaba en Clermont-Ferrand. Eso no lo explica la marquesa, lo he investigado yo.
En un bol de gran tamaño (un lebrillo) que esté ligeramente templado al lado del fuego (o 2 minutos en el horno a 100º).
Se cascan los 8 huevos, dos yemas y el azúcar. Como hay tiempo, hay que batirlo briosamente durante 25 minutos, siete canciones de los Raconteurs. Ha de quedar bien espumoso.
Cuando la masa hace torrecillas (en el glosario de la marquesa, los montoncitos o relieves que se forman en la masa al caer del batidor levantado en alto), se agrega la copa de licor (Kirsch según la receta canónica), y el azúcar avainillado. Después la harina previamente tamizada. Se termina de batir bien, esta vez con ayuda de una espátula en vez de las varillas.
Hay que darle cierta ampulosidad a la masa, para que no se desinfle, se añaden al final las almendras y la mantequilla en pomada, casi deshecha.
Se pasa la mezcla a un molde y se introduce en el horno, temperatura media (140º) durante 20 minutos, aprox.
Se deja enfriar en el horno y se desmolda con cuidado. En Clermont la adornan con una cobertura de mantequilla y almendras (dejo link para quien quiera salivar: https://steemit.com/food/@yann0975/le-chateaubriand-le-gateau-or-specialite-de-clermont-ferrand).

Hoy Hopper festeja el trabajo en casa.
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domingo, 22 de marzo de 2020

Capítulo DVI.- Diez jornadas (2.1.) Calma.

Calma.
He terminado la primera jornada del Decamerón, los diez primeros relatos. El Decamerón no es un libro sobre la peste, ni de la peste, de hecho la peste no es sino una excusa para aislar a los personajes. Pocos detalles hay de lo que sucede en el exterior, en Florencia, eso hace que la marea de fondo del libro pueda parecer un poco frívola. Los 10 protagonistas ven pasar el tiempo entre banquetes, bailes galantes y pláticas en el jardín.
Boccaccio parece mucho más preocupado por criticar al clero y a la nobleza, hablar de la burguesía como fuerza ingeniosa y encadenar fábulas morales, como si la peste fuera menos importante que la degradación ética de la Florencia del siglo XIV.
Cuando leo o escucho a algunos comentarías y opinólogos actuales tengo la sensación de que hay mucho Boccaccio, más preocupado por reprender que por dar soluciones.
La segunda de las jornadas del Decamerón, los diez nuevos relatos, quedan marcados por la imposición de la reina de la jornada (cada día se cambia de rey y, por lo tanto, de propuestas narrativas).
Quiere Neifile, así se llama la dama que reina durante la segunda jornada, que todos los relatos recojan la experiencia de personas perseguidas por diversas contrariedades que, contra toda esperanza, encauzan su vida.
La primera de las novelas de este segundo bloque es Decamerón en estado puro, tiene un elemento pícaro y una trama compleja. Cuenta la historia de tres aventureros florentinos que se ganan la vida haciendo acrobacias y payasadas. Se llaman Stecchi, Martellino y Marchese.
En su gira cruzan fronteras y llegan a Tréveris, territorio tedesco. La ciudad está conmocionada por la muerte de un hombre pobre, Arrigo, que era tan virtuoso que, al morir, las campanas de la villa empezaron a tañer sin impulso humano.
La población estaba convencida de que aquella algarabía de campanas era una muestra de la santidad de Arrigo y se arremolinaron entorno a su cadáver reclamando todo tipo de milagros.
Los tres buscavidas quisieron aproximarse lo más posible al centro de interés de la ciudad y para conseguirlo no se les ocurrió otra cosa que fingir uno de ellos que era un tullido. En la medida en la que tenían todo tipo de habilidades de contorsión, no fue difícil que uno de ellos se convirtiera en un inválido integral, que, ayudado por sus compañeros, alcanzó el cuerpo del santo súbito y, milagrosamente, se recuperó.
Los habitantes de Trevis llegaron al éxtasis hasta que uno de los vecinos descubrió que aquellos tres pícaros florentinos eran unos payasos que habían engañado a todos.
Quisieron lincharlos y, para evitarlo, no se les ocurrió otra cosa que denunciar que, en la algarabía, les habían robado una bolsa con doblones. Esa denuncia desencadenó que muchos habitantes de Tréveris denunciaran también robos de dinero e imputaran a los florentinos el latrocinio. Con lo cual, en vez de evitar el linchamiento, se agravó la situación.
Al final, consiguieron que les llevaran al corregidor que, en principio, pensó que los tres florentinos (había tensiones entre tedescos y toscanos) eran unos estafadores, pero al final se descubrió que los vecinos de Treviso no eran mucho mejores, habían denunciado robos que no eran ciertos.
Se salvaron, por los pelos, de ser ajusticiados y pudieron regresar a Florencia con el rabo entre las piernas.
Toda una fábula de contenido moral.
No sé si tanto Boccaccio y tanto Decamerón me han colocado en una posición un tanto beata. La cuestión es que vuelvo a otra receta de convento, los suspiros de monja, siguiendo a la marquesa.
Para esta receta se necesitan 250 gramos de almendras peladas y crudas (marcona a poder ser), 250 gramos de azúcar, dos claras de huevo, un poco de agua y limón.
Se reservan las almendras y se prepara un almíbar con el azúcar y un poco de agua. No tiene que llegar a caramelo, basta con que espese un poco y deje una ligera hebra la removerla.
Se baten las claras hasta que llegan al punto de nieve (como estos días parece que hay tiempo, se pueden evitar máquinas y hacerlo con dos tenedores). Cuando las claras toman consistencia se añade poco a poco el almíbar, sin parar de batir.
Incorporado todo el almíbar, se agregan las almendras y la ralladura de limón.
En una placa de horno cubierta de papel que evite que se pegue, se van formando pequeños montoncitos de la mezcla, intentando que en cada uno de ellos haya un par de almendras.
El horno, precalentado, tiene que estar a 140º, no mucho más, y dejar la bandeja en el horno hasta que se cueza el merengue, 10 minutillos, poco más. Ha de queda una costra dura, ligeramente tostada. Se saca la bandeja y se deja enfriar. Cuando estén bien fríos los suspiros se pueden guardar sin riesgo de que se peguen, para eso han de quedar bien secos.

Hoy Hopper nos deja ir a echar gasolina.
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sábado, 21 de marzo de 2020

Capítulo DV.- Diez Jornadas (1.10) Recomendaciones de los sicólogos.

Recomendaciones de los psicólogos.
Escuchaba la radio esta mañana, el “A Vivir” en el que solía colaborar, que los psicólogos recomendaba, por una parte, ser disciplinados con los horarios, fijando una rutina diaria de actividades lo más variada posible y, por otra parte, cambiar de rutina de cara al fin de semana, con el fin de deslindar los días laborables de los feriados (comentaban algunos especialistas que durante estos días de teletrabajo había gente que tenía la sensación de haber trabajado más que de ordinario).
Siguiendo las recomendaciones de los psicólogos, he pensado que, al ser sábado, me vendría bien escribir a media mañana en vez de a última hora de la tarde.
Los mismos psicólogos recomendaban no sobresaturarse de noticias y evitar, en la medida de lo posible, las redes sociales.
También proponían esos mismos psicólogos no hacer mucho caso de las recomendaciones de los psicólogos, ni de quien quiera pontificar sobre qué hacer o no hacer.
Esta noche he dormido poco, he adelantado todos mis horarios y, pasadas las 12 del mediodía, tengo cumplidas casi todas las tareas programadas, incluida la comida (un pollo guisado con garbanzos que burbujea en el fuego).
De madrugada, poco antes de levantarme, pensaba en la escena de un padre y un hijo jugando al ajedrez, o a un juego de mesa de los complicados. Llevan un rato largo jugando y, de repente, el hijo se enfada, da un golpe en el tablero y todas las fichas se disparan por los aires.
Padre e hijo discuten, cruzan reproches, incluso abren querellas pendientes. Puede que el chico hubiera intentado hacer una trampa que fue descubierta, o el padre se distrajo más de lo razonable mirando la pantalla del móvil. A lo mejor uno no sabe perder y el otro no sabe ganar. Quizás se han alterado sobre la marcha las reglas del juego, tanto las escritas como las no escritas.
Llega un punto en la discusión en la que el origen da lo mismo. Las piezas están desperdigadas por el suelo y el tablero descompuesto.
Una primera opción, puede que la más visceral, sea la que lleve al padre a castigar a su hijo, o al hijo a abandonar la partida y jurar que nunca más jugará con un tramposo.
Sería bueno que recompusieran equilibrios, quizás intentar colocar de nuevo el tablero y volver a colocar las piezas en la posición en la que se quebró la partida, aún a riesgo de equivocarse en alguna ubicación. Tal vez alguna pieza se ha perdido o se ha roto.
Otra posibilidad sería la de iniciar de nuevo la partida, revisar las reglas y equilibrios, empezar otra vez con más atención y delicadeza hacia el rival.
Por último, queda elegir otro juego, puede que más sencillo, un juego con nuevas reglas y estrategias.
Lo importante es mantener el placer y el deseo de jugar.
Era sólo una imagen que me ha rondado toda la mañana.
He leído mi novela del Decamerón, otra fábula moral con la que cierran la primera jornada. Es la historia de un anciano, Alberto de Bolonia, que se enamora irremisiblemente de una viuda mucho más joven que él Malgherida de los Ghisolieri (los nombres de Boccaccio son fantásticos). La cuestión es que el anciano empieza a festejarla, aún a sabiendas de la diferencia de edad.
Ella se burla de su enamorado y organiza con unas amigas una celada que pretende poner en ridículo al anciano.
Alberto el boloñés salva la chanza diciéndole: «Señora, que yo ame no debe maravillar a ningún sabio, y especialmente a vos, porque os lo merecéis. Y aunque a los hombres viejos les haya quitado la naturaleza las fuerzas que se requieren para los ejercicios amorosos, no les ha quitado la buena voluntad ni el conocer lo que deba ser amado, sino que naturalmente lo conocen mejor porque tienen más conocimiento que los jóvenes. La esperanza que me mueve a amaros, yo viejo a vos amada de muchos jóvenes, es ésta: muchas veces he estado en sitios donde he visto a las mujeres merendando y comiendo altramuces y puerros; y aunque en los puerros nada es bueno, es menos malo y más agradable a la boca la cabeza, pero vosotras, generalmente guiadas por equivocado gusto, os quedáis con la cabeza en la mano y os coméis las hojas, que no sólo no valen nada sino que son de mal sabor. ¿Y qué sé yo, señora, si al elegir los amantes no hacéis lo mismo? Y si lo hicieseis, yo sería el que sería elegido por vos, y los otros despedidos».
Yo cocino mucho con puerros. No sabía esta anécdota puerril.
Sigo con las magdalenas. Puede que algo tenga que ver con que estoy en el último tomo de la Recherche du temps perdu, llego ya al temps retrouvé, donde la magdalena vuelve a aparecer, ya con todo su esplendor. Quince años y más de 3000 páginas hay entre el recuerdo del primer bocado de magdalena y el bocado final.
Aquí va otra receta de magdalenas, con la misma base y procedimiento similar.
270 gramos de mantequilla, 250 gramos de azúcar glas (yo reduciré el azúcar a la mitad y puede que lo sustituya por azúcar moreno). 250 gramos de harina, 6 huevos, una copita de ron y la cuarta parte de la corteza de un limón (lo importante es mantener la proporción de harina y mantequilla). En esta la marquesa prescinde de la levadura química, yo no lo haría, pondría una cucharadita de impulsor.
Se busca un lebrillo (bol) hondo y se sacan previamente los huevos, para que no estén muy fríos (no quiero bromas fáciles que sonrojarían al Diletante). Se cascan y baten los huevos atemperados con el azúcar y las raspaduras de limón. Veinte minutos impone la marquesa (7 canciones de los Raconteurs en Spotify). Ha de quedar espumante y esponjosa.
Se añade la copita de ron o de cualquier otro licor, la mantequilla en pomada pero no muy caliente. Se sigue batiendo un poco más (otra canción de su último disco, publicado el año pasado) y se añade, tamizada, siempre tamizada, la harina, para terminar de batir o de mover con una espátula hasta que la harina quede perfectamente integrada.
Se van pasando pequeñas porciones de la masa a los envoltorios de papel o a los moldes de silicona, cuidando no llenarla hasta arriba.
Se colocan las magdalenas con cuidado en la bandeja del horno, previamente precalentado a 180º y se dejan cocer hasta que se eleve la masa y se forme la forma habitual de la magdalena, con su capirote redondeado y ligeramente abierto.
Se enfrían dentro del horno y se sirven directamente.

Hoy, como es sábado, Hopper nos deja salir a la terraza.
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viernes, 20 de marzo de 2020

Capítulo DIV.- Diez Jornadas (1.9.) Hay quien dice que resulta que éramos felices.

El noveno relato del Decamerón es un ejemplo de psicología inversa. No es un relato muy complicado, al contrario, creo que es la novelilla más breve de todo el Decamerón. Una dama de la Gascuña que regresa de peregrinar a Tierra Santa y es violada en la isla de Chipre, pide audiencia al rey de la isla, por lo visto un pusilánime, a quien en vez de exigirle dureza con los agresores, le pide que le explique cómo puede gestionar los agravios que permanentemente recibe.
         «Señor, no vengo a tu presencia porque espere venganza de la injuria que me ha sido hecha; sino que en satisfacción de ella te ruego que me enseñes cómo sufres las que entiendo te son hechas, para que, aprendiendo de ti, pueda soportar la mía pacientemente, la cual, sábelo Dios de buena gana te daría puesto que eres tan buen portador de ellas».
         Y, a raíz de la terapia de psicología inversa:
         «El rey, que hasta entonces había sido lento y perezoso, como si se despertase de un sueño, empezando por la injuria hecha a aquella señora, que vengó duramente, se hizo severísimo de allí en adelante persecutor de cualquiera que cometiese alguna cosa contra el honor de su corona».
         Superamos ya la primera semana de confinamiento, en casa la empezamos el jueves, cuando los niños salieron del colegio, ya anunciaban que el viernes no habría clase y que, de inmediato, tendríamos que aislarnos.
         Estos días todos hemos escuchado mucha radio, muchas noticias de televisión, muchas opiniones más o menos cualificadas, muchos futurólogos, bastantes agoreros y comentaristas de todo pelaje.
         No creo que sea tiempo para ponerse demasiado trascendente, si algo demuestras estos días es que no quedan verdades absolutas y quien suba mucho a las alturas corre el riesgo de hacer el ridículo más espantoso. Como el sesudo que aseguraba hace unas horas que resultaba que éramos felices. El tipo se ha quedado más ancho que largo. Espero recuperar el nombre de este bienpensante para seguirle por los siglos de los siglos.
         Por eso yo sigo con mi severo régimen de postres siguiendo a la divina marquesa, tan importante como el divino marqués.
         Hoy me he animado con las magdalenas Tere (sigo recordando que no hago repostería todos los días, lo que estoy es recopilando y reseñando recetas para poder ir haciendo a lo largo de los próximos meses).
         Las magdalenas Tere son unas magdalenas con frutas confitadas, aunque la base de la receta sirve para hacer cualquier tipo de magdalena.
         Se necesitan 500 gramos de harina de repostería (harina fina, destaca la marquesa), 50 gramos de azúcar molido, 500 gramos de mantequilla, 6 yemas de huevo y 6 huevos enteros, más una cucharadita de levadura Royal y azúcar glass para adornas, más las frutas confitadas para adornar (pueden usarse pasas, naranja confitada, incluso pepitas de chocolate), la fruta tiene que picarse muy fina.
Hay que poner en un bol (en un lebrillo según la terminología de la Parabere) la mantequilla a punto de pomada, hay que batirla para que termine de deshacerse y empiece a formar espumilla.
Cuando la mantequilla está espumosa se añade el azúcar y se sigue batiendo hasta que se integre bien y quede una crema sedosa.
Incluso la marquesa propone utilizar una batidora. Hay que ir incorporando al batido una yema y un huevo entero por vez, hasta que se integren todos los huevos con la mantequilla.
Se tamiza la harina, mezclada con la cucharita de levadura, y se integra bien, ha de quedar una masa muy esponjosa, hay que batirlo mucho para que entre mucho aire (si se utiliza el thermomix hay que usar las aspas de mariposa). Por último se añade la fruta confitada. Hay que dejar reposar la masa una hora a temperatura ambiente para que la levadura empiece a hacer sus efectos.
Se añaden pequeñas porciones de masa en los moldes (de silicona o de papel), conviene no llenarlos hasta arriba.
Se introducen en el horno, a 180º precalentado, y se dejan 12 ó 13 minutos, lo justo para que se levante la magdalena. Si se añade una cucharadita de azúcar sobre la masa antes de meterla en el horno, queda la costrita de caramelo.
Si se prefiere utilizar chocolate, en pepitas, se colocan sobre las magdalenas cuando lleven 8 minutos de cocción.
Se dejan atemperar y directas a la mesa para mojarlas en leche.

Hopper y sus mujeres, está espera sola en la platea de un pequeño teatro.
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jueves, 19 de marzo de 2020

Capítulo DIII.- Diez Jornadas (1.8.) Las heces del vicio.

Las heces del vicio.
         «Y mientras en otros tiempos solía ser su ocupación y consagrarse su cuiado a concertar paces donde la guerra o las ofensas hubiesen nacido entre hombres nobles, o a concertar matrimonios, parentescos y amistad, y con palabras buenas y discretas recrear los ánimos de los fatigados y solazar las cortes, y con agrias reprensiones, como si fuesen padres, corregir los defectos de los malos, y todo esto por premios asaz ligeros; hoy en contar mal de unos a otros, en sembrar cizaña, en decir maldades e ignominias y, lo que es peor, en hacerlas en presencia de los hombres, en echarse en cara los males, las vergüenzas y las tristezas, verdaderas y no verdaderas, unos a otros, y con falsos halagos hacer volver los ánimos nobles a las cosas viles y malvadas, se ingenian en consumir su tiempo.
         Y más es tenido en amor y más honrado y exaltado con premios altísimos por los señores miserables y descorteses aquel que más abominables palabras dice o acciones comete: gran vergüenza y digna de reprobación del mundo presente y prueba muy evidente de que las virtudes, volando de aquí abajo, nos han abandonado en las heces del vicio a los míseros vivientes.»
Salvado el lenguaje, quizás un poco pomposo, lo cierto es que estas frases las escribió Boccaccio a mediados del siglo XIV podrían escribirse en estos tiempos.
Lo que puede resultar curioso es que no me parece negativo, al contrario, creo que desde el inicio de la historia se ha tenido siempre una visión crítica, incluso catastrófica de quienes detentan y gestionan el poder y, pese a todo, lo cierto es que el mundo y la cultura evoluciona, mejoran lentamente las condiciones de vida de la gente. Es cierto que hay asimetrías y desigualdades, pero es indiscutible que las condiciones medias de vida de la humanidad han ido mejorando pese a la aparente ineptitud, estulticia, codicia y maldad de los que de uno u otro modo mandan.
Tal vez pudiera ser que no son tan malos, aunque tiendo a pensar que basta con que haya una persona virtuosa entre los que tienen que decidir para que se avance y se mejoren las condiciones. A veces he dicho que bastaría con una generación de gobernantes honrados para que se produzca un salto cualitativo en el bienestar de la gente.
Leía durante estos días sobre la peste (es inevitable) y pese a lo nefasto de su paso por el mundo en sus distintas razzias, lo cierto es que tras cada pandemia se ha producido un impulso social y cultural imparable. No debe olvidarse que fue la peste genovesa de mediados del siglo XIV la que marco uno de los saltos que permitió pasar de la oscura Edad Media y al luminoso Renacimiento.
Por eso, aunque tengo algunos buenos amigos milenaristas, lo cierto es que pienso que de todo esta catástrofe (que no es, ni mucho menos, tan catastrófica como lo fueron otras pandemias) ha de tener resultados positivos.
Mientras me despisto en estos meandros que supongo que serán muy comunes a los que rondan a todo el mundo estos días, sigo con mis lecturas del Decamerón.
La novela octava, en la línea de los relatos morales y moralejeros, plantea la dialéctica entre un hombre virtuoso, Guiglielmo Borsiere, y un comerciante genovés, Herminio de Grimaldi, codicioso y fanfarrón, avaricioso y putañero, que le comenta que acaba de construir una nueva casa, un palazzo que sería la envidia de la ciudad. Le asegura que en su sala principal va a encargar que sea decorada con algo asombroso, con lo nunca visto, algo que fuera absolutamente desconocido.
Guiglielmo, sin perder la compostura, le asegura que aquello que nunca ha visto, aquello que le resultaría increíble y asombroso es que mandara pintar la cortesía.
Mientras escribo esta entradilla estoy preparando un bizcocho para mi santo, todo un reto ya que mi retiro no tengo horno.
Se multiplican los seguidores del Diletante por Instagram, Facebook y Twiter. No siempre es positivo ya que acabo de recibir un mensaje de una pretendida señora que me pide disculpas, me anuncia que tiene un cáncer terminal, que tiene en el banco 150.000 euros y que quiere que la ayude a levantar un orfanato. Me resulta tierno que a estas alturas del milenio se siga intentando las variantes del timo nigeriano.
Sigo con mis recetas de postres de la marquesa de Parabere (en estos 9 años debo llevar más un centenar recetas inspiradas o directamente copiadas de la divina marquesa). Esta vez es una variante del arroz con leche de ayer, lo llama arroz con leche Maria Luisa.
Los ingredientes son similares (no podía ser de otro modo). 150 gramos de arroz bomba, 50 gramos de azúcar glass, ¾ de litro de lechem sal fina, ½ barrita de vainilla y, la novedad, dos huevos.
La cocción del arroz con leche es como la de la receta de ayer, pero la variante es que cuando esté enfriando el arroz con leche se le añaden dos yemas de huevo que se mezclan cuando el arroz ha perdido temperatura.
Se baten, por separado, las claras hasta que queden a punto de nieve y se incorporan también a la mezcla.
Se introduce en el horno, en la parte alta, a la máxima temperatura, para que se gratine como si fuera un suflé, con un poco de azúcar por encima para que se tueste.
Hay que llevarlo rápido a la mesa para que no se baje el postre.
Una variante golosa que haré cuando pueda volver a pasear durante una hora y media por la ciudad.

De momento, me conformo con los personajes perplejos de Hopper. Mujer meditabunda frente a una taza de café.
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miércoles, 18 de marzo de 2020

Capítulo DII.- Diez Jornadas (1.7.). Espejos y espejismos.

Espejos y espejismos.
Llevo todo el día pensando en una película ya vieja, “las largas vacaciones del 36”, una película del año 1976 que cuenta la historia de una familia a la que le pilla la declaración de la guerra civil en la casa de veraneo. Los niños se toman el inicio de la guerra como unas largas vacaciones.
En casa la sensación es distinta, desde el colegio someten a los niños a una disciplina espartana, con sesiones virtuales y ejercicios on line desde las 9 de la mañana hasta la una del mediodía.
Los deberes son también para los padres, porque tenemos que ir solucionándoles las dudas mientras intentamos trabajar; además tenemos que aprovechar las salidas para comprar comida y buscar un kiosco con fotocopiadora para ir preparándoles los ejercicios que tienen que hacer por escrito y mandar fotografiados al profesor.
A  ver si se aguanta este ritmo de trabajo durante todo el confinamiento, que va para largo. Porque todos los datos indican que estas medidas, o más severas, van para largo.
Yo sigo avanzando en mi lectura del Decamerón. La necesidad de fabular como terapia para afrontar unos días de aislamiento. Es verdad que Boccaccio parte de una situación ideal, la de unos nobles encerrados en un palacete a las afueras de Florencia, con todo tipo de comodidades (las propias de esa época) y, de momento, pocos comentarios sobre lo que ocurre en el exterior. La peste diezmó Europa en el arranque del Renacimiento. Entonces de acuñó el dicho “por la caridad llega la peste”, un refrán que inspira a muchos ciudadanos que no dudan en darte un codazo para llegar antes al último paquete de fideos, o burlan las medidas de aislamiento paseando al perro hasta la extenuación (por cierto, podrían recoger las deposiciones que dejan en la calle).
 Boccaccio es un maestro de los juegos de espejos, de los relatos encajados dentro de relatos, de las historias con moraleja que, vista en la distancia del sofisticado siglo XXI, pueden considerarse un poco ñoñas.
La séptima novelilla cuenta la historia de un noble tacaño que decide suspender una fiesta que tenía que dar en su palacio. Todos los invitados se retiran a sus ciudades de origen, pero uno de ellos se queda con la esperanza de ser recompensado por los gastos y dispendios que le supuso acudir a la llamada de su señor. Para justificar su reclamación a su vez cuenta la historia de Primasso, un escritor afamado, que acude curioso a las posesiones del abad de Cligny, de quienes e aseguraba que invitaba a comer a quien acudiera a su mesa, aunque le sometía algunas condiciones.
Boccaccio enlaza tres historias, una dentro de otra, con el fin de justificar los sacrificios que deben asumir los súbditos, también los señores.
La receta virtual, no conviene alorzarse en el arranque de estas largas vacaciones del 2020, es la del arroz con leche. La marquesa de Parabere da una receta básica, muy sencilla, para la que se necesitan 100 gramos de arroz bomba, 50 gramos de azúcar, medio litro de leche, un pellizco de sal (la marquesa precisa que tiene que ser fina), corteza de limón, canela y media vaina de vainilla.
Estos días, que se cruzan chistes sobre el número de granos de arroz que lleva un paquete de kilo (tan aburridos estamos), puede ser divertido hacer una receta con esta gramínea.
Se pone el arroz en una cacerola cubierto por completo con agua fría. Se pone a fuego suave hasta que rompa a hervir. Una vez hierva, hay que contar 5 minutos.
Transcurrido ese tiempo se cuela el arroz y se enfría dejándolo bajo el chorro de agua.
Una vez se corta la temperatura y se elimina el almidón.
Se limpia y seca  bien la cacerola, se pone la leche y, cuando rompa a hervir, se añade el arroz, la corteza de limón,  medio palo de canela, la vainilla, el azúcar y la pizca de sal. Hay que removerlo, a fuego moderado, con una cuchara de madera. Fuego mínimo.  Se tapa y se deja cociendo a fuego muy suave, comprobando el punto del arroz (no debe quedar muy pasado). El tiempo de cocción no debería ser de más de 15 minutos, depende del tipo de arroz.
Cuando esté al punto el arroz (ha de quedar una pequeña perla dura en el núcleo de cada grano), se vierte sobre una bandeja metálica para que rompa de nuevo la cocción. Se espolvorea un poco de canela en polvo y se sirve.
Hay quien quema un poco de azúcar sobre el arroz, para que quede una ligera costra de caramelo.

De Hopper, una mujer mirando por el ventanal en Brooklyn.
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