lunes, 23 de marzo de 2020

Capítulo DVII.- Diez Jornadas (2.2.) Gâteau a Clermont-Ferrant

Lecturas y relecturas.
Acumular tantas horas muertas no puede ser bueno. Tengo tan trillados los periódicos que no me queda opinión por conocer. Todas sabias, todas sesudas, ninguna concluyente.
Trabajo sobre una pregunta que se hizo Cicerón hace más de dos mil años, ¿Tengo la obligación de devolver la espada a quien me la prestó y ahora está enajenado? (“Si gladium quis apud te sana mente deposuerit, repetat insaniens, reddere peccatum sit, officium non reddere“).
Pero no quiero ponerme trascendente, no cabe ni un trascendente más en este mundo global.
Me sorprende que dentro de las propuestas de todo tipo que se lanzan sin ton ni son estos días, nadie haya pedido que se declare al Atleti de Madrid campeón de la Champions de 2020. Al fin y al cabo hemos sido los últimos en jugar y hemos eliminado a los anteriores campeones de la Champions, el Liverpool, que parecía en estado de gracia. No sé si activar una cuenta en Instagram que se llame #atleticoChampions2020, seguro que tendría eco global.
Es mala suerte que el último partido jugado de la competición sea el nuestro, que hayamos eliminado en octavos a Liverpool con un partido del Atleti en estado puro y que tengamos que esperar semanas a saber qué se hará con una competición que nos ha cogido manía.
Tendría narices que si este era el año en el que estábamos llamados a ganar se cancele la Champions. Eso aumentaría nuestra leyenda.
Nosotros, los atléticos, podemos tomarnos la cuarentena con cierta paz interior, lo hicimos ganando y con la liga a tiro, ya que Madrid y Barça están dispuestos a tirarla por la borda.
Siento que mis amigos culés y los merengones hayan de pasar estos días con la incertidumbre absoluta de saber si serán capaces de eliminar al Nápoles y al City.
Cuando preguntan hasta cuándo durará la cuarentena hay maledicentes que aseguran que no terminará hasta que el Madrid no marque un gol.
Ruego a los responsables de televisión que se dejen de programas de opinadores de baja estofa y coloquen en continuo la prórroga del Liverpool contra el Atleti.
Avanzo en mis lecturas de Boccaccio. Segundo relato de la segunda jornada, una novelilla de enredo en la que un honrado comerciante, devoto de san Julián el Hospitalario, es vilmente robado de camino de Verona.
La leyenda de san Julián el Hospitalario daría para una gran novela de aventuras, y desventuras, pero no es el caso. He de centrarme en el honrado comerciante, Rinaldo, que es atracado por unos malhechores que le dejan desnudo a las puertas de Castel Guiglielmo, donde es acogido por una joven y fogosa viuda (parece que Boccaccio era muy de las viudas liberadas). La viuda es todo un ejemplo de mujer libre y sin complejos, dueña de su cuerpo y de sus decisiones: «La mujer, que ardía toda en amoroso deseo, prestamente se le echó en los brazos; y después que mil veces, estrechándolo deseosamente, le hubo besado y otras tantas fue besada por él, levantándose de allí se fueron a la alcoba y sin esperar, acostándose, plenamente y muchas veces, hasta que vino el día, sus deseos cumplieron».
A la mañana siguiente la señora factura elegantemente a Rinaldo y los ladrones son apresados, con lo que el honrado comerciante, devoto de San Julián el Hospitalario, de oscura leyenda y dudosa razón para la santidad, regresó tan feliz a su casa.
Vuelvo a los bizcochos, al bizcocho Châteaubriand, cortesía de la divina marquesa. Necesito 250 gramos de azúcar glas (de nuevo advierto que puede reducirse a la mitad sin grandes problemas), 125 gramos de harina fina (siempre fina), 125 gramos de mantequilla, 125 gramos de almendras molidas, 8 huevos enteros, dos yemas, una copita de licor, un poco de azúcar avainillado (una cucharadita) y una pizca más de mantequilla para engrasar el molde.
El bizcocho no tiene origen en el vizconde de Châteaubriand, escritor, diplomático y gastrónomo, sino que su nombre se debe a una pastelería que estaba en Clermont-Ferrand. Eso no lo explica la marquesa, lo he investigado yo.
En un bol de gran tamaño (un lebrillo) que esté ligeramente templado al lado del fuego (o 2 minutos en el horno a 100º).
Se cascan los 8 huevos, dos yemas y el azúcar. Como hay tiempo, hay que batirlo briosamente durante 25 minutos, siete canciones de los Raconteurs. Ha de quedar bien espumoso.
Cuando la masa hace torrecillas (en el glosario de la marquesa, los montoncitos o relieves que se forman en la masa al caer del batidor levantado en alto), se agrega la copa de licor (Kirsch según la receta canónica), y el azúcar avainillado. Después la harina previamente tamizada. Se termina de batir bien, esta vez con ayuda de una espátula en vez de las varillas.
Hay que darle cierta ampulosidad a la masa, para que no se desinfle, se añaden al final las almendras y la mantequilla en pomada, casi deshecha.
Se pasa la mezcla a un molde y se introduce en el horno, temperatura media (140º) durante 20 minutos, aprox.
Se deja enfriar en el horno y se desmolda con cuidado. En Clermont la adornan con una cobertura de mantequilla y almendras (dejo link para quien quiera salivar: https://steemit.com/food/@yann0975/le-chateaubriand-le-gateau-or-specialite-de-clermont-ferrand).

Hoy Hopper festeja el trabajo en casa.
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