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jueves, 5 de septiembre de 2013

CAP.CCLXXII.- Veinte recetas de arroz y una canción desesperada: Arroz al caldero.


Cándido llegó a Ibiza en plena tormenta. A finales de agosto las borrascas auguran el final del verano. Para enlazar con Formentera Cándido, como de costumbre, eligió el ferry más lento.

El mar estaba bastante revuelto, unos turistas nórdicos no paraban de vomitar. Cándido aprovechó el trayecto para intercambiar algunos mensajes con Carmen, los chicos seguían bien, aprovechaban los días nublados para hacer excursiones.

El temporal se había llevado una parte importante de la playa de MigJorn a la altura del California. El atardecer y el cielo nublado dejaban una luz metálica sobre la terraza, que estaba encharcada, las mesas recogidas y apiladas en una esquina.

No se preveían reservas para aquella noche, salvo que dejara de llover.

Muriel, asumiendo el mando durante aquellos días, le había dado libre la tarde a Mustha. Clocló y Didí ponían orden en la cámara, Muriel revisaba pedidos y facturas. Un taxi dejó Cándido en la puerta de atrás del California, la cocina olía a caldo de pescado.

-      Hola, patrón – saludó Muriel – Cándido se acercó a darla un beso, después besó en la mejilla al resto de su esquipo.

-      Estábamos preocupados – comentó Cló -, tanto días sin el patrón se hacen raros … aunque no creas, Muriel lo ha hecho estupendamente.

-      Fueron días complicados – explicó Cándido -, los chicos no se adaptaron bien al California y yo no contaba con tanto trabajo durante aquellos días.

-      Es lo malo de que el negocio vaya bien – sonrió Muriel.

-      Pensábamos que no regresarías. Que se acababa el sueño del California – Cló parecía sinceramente preocupado, incluso hizo un mohín.

-      Además la llamada del viejo Pangloss nos ha puesto nerviosos a todos, sonaba como un espectro, quería localizarte a toda costa. ¿Algo grave?

-      No lo sé, creía que vosotros me podríais adelantar algo. Llevabais toda la vida con Pangloss.

-      Era un tipo bastante reservado, buen patrón pero poco comunicativo.

-      En todo caso podrá esperar hasta mañana – Cándido cerró la conversación.

-      Bueno, patrón – continuó Muriel – habíamos pensado prepararle nosotros la cena, ayer canito nos trajo un mújol muy hermoso en la cesta de pescado, me he animado a preparar un arroz al caldero. En mis otras vidas estuve una temporada en Murcia y todavía recuerdo algunas recetas.

-      Un plato fuerte para cenar, mejor que cenemos pronto. ¿En Murcia? – preguntó Cándido.

-      En la Manga, un par de años, un amor juvenil.

          Cándido marchó hacia la sala para intentar localizar a Pangloss, disponía de un número de teléfono fijo con muchas cifras. Intentó la comunicación y regresó contrariado a la cocina.

-      Por favor Clo, llama tú, porque no tengo manera de aclararme con la señora que coge el teléfono.

Cló le cogió el móvil y marchó hacia la sala para hablar tranquilo. Mientras tanto Muriel escurría una gran pieza de mújol bajo el grifo. Muriel había encontrado una cazuela oscura, de hierro colado, puso un chorro generoso de aceite y frio tres ñoras grandes, se tostaron las retiró en un plato y peló dos dientes de ajo partidos por la mitad, una ramita de perejil, sal, un tomate de pera muy maduro, casi pasado. Añadió un vaso de grande de caldo de pescado y dejó que empezara a hervir.

El mújol estaba eviscerado, le separó la cabeza y cortó el tronco en cuatro porciones hermosas. Añadió un vaso más del caldo de pescado y dejó cociendo el pescado.

-      Patrón, contróleme quince minutos, seguro que usted tiene más ojo que yo para los tiempos.

Entró Clocló con el móvil en la mano.

-      Cándido, le espera Monsieur Pangloss en el restaurante Le Grill, en Monte-Carlo, pasado mañana a la una; no me han dado muchas más opciones, ruegan, eso sí, que vista adecuadamente, imagino que quieren decir que necesitará llevarse una chaqueta.

-      Misterios de Pangloss – sentenció Cándido.

Cuando pasó el cuarto de hora Cándido avisó a Muriel que retiró el pescado, de carnes blancas, muy prietas. Lo dejó escurriendo en una bandeja. Bajó el fuego al mínimo dejando cocer todavía la cabeza del pescado.

Muriel sacó un mortero de uno de los armarios, el más grande que encontró, un mortero de mármol marcado por los picotazos de un almirez metálico.

En el mortero puso dos dientes de ajo, una pizca de sal, varias hojitas de perejil, un currusco de pan duro y la carne de las ñoras abiertas por la mitad y rascadas a conciencia con la punta de un cuchillo. Añadió un chorrito de aceite y un tomate de pera también maduro, batió hasta conseguir que el majado fuera una crema.

Vació la cacerola del caldo, que tenía un color rojo intenso, como oxidado. Limpia la cazuela puso ocho tazas de desayuno colmadas con el caldo de pescado – completó el de hervir el mújol con el que había estado cociendo durante toda la tarde -. Cuando volvió a hervir el caldo añadió cuatro tazas de arroz bomba. Mezcló con un cucharón el arroz con el caldo y el contenido del majado con media taza más de caldo para que el mortero quedara muy limpio.

Durante 15 minutos fue removiendo el arroz de vez en cuando. En los tiempos muertos fue desmigando el mújol quitando con cuidado las espinas.

Probó el arroz y llamó a todos a la mesa. El arroz estaba en su punto. Un arroz de color rojo intenso, ligeramente metalizado, sobre el arroz distribuyó el arroz en pizcas y tres hojas de menta. Tapó el caldero con un paño limpio mientras los comensales ponían la mesa.

Cándido eligió una botella de borgoña de un color tan potente como el del arroz.

-      Muriel, eres un pozo de sorpresas. Haznos los honores.

-      Un momento – interrumpió Didí -, antes un brindis por el patrón. Durante algunos días pensamos nos abandonaba a la suerte del California. Lo hemos pasado muy mal – cogió de la mano a Cándido bajo la mirada cómplice de Clocló.

Brindaron primero por Cándido, luego Cándido por ellos, agradeciéndoles el esfuerzo de esa semana y asegurándoles que se estaban cumpliendo las mejores expectativas. No habían probado el arroz cuando ya habían vaciado la primera de las botellas de vino.

-      El arroz excelente, Muriel.

-      He tenido y tengo buenos maestros.

-      Querido – dijo Cándido – me gustaría saber cuál es vuestra idea de la felicidad.

Callaron todos sorprendidos.

-      No sé definir la felicidad – dijo Cándido.

-      No me sea pendejo, patrón – le espetó Muriel -, nadie sabe qué carajo es la felicidad. Y aunque lo supiera no se lo diría.

-      Puede que otra botella de borgoña ayude a que nos soltemos la lengua… Yo mismo pensaba que mi felicidad estaría en el California y ahora tengo dudas.

-      No es difícil ser feliz en Formentera, sólo es necesario que salga el sol.

-      De momento que salga el sol –cortó Muriel – porque como llueva un día más se marchan todos los turistas y tenemos que cerrar el California, necesitamos un mes más a buen ritmo.

-      Formentera con tormentas es desoladora – comentó Didí -, aquí en invierno no queda un alma, si acaso cuatro pringados.. Recuerdo un año que nos quedamos a pintar y casi nos sacamos los ojos, verdad Cló?; fue desolador.

Cándido le preguntó a Cló algún detalle sobre la misteriosa convocatoria de Pangloss, Cloude aseguró no saber nada, no habían mantenido contacto alguno tras la marcha del viejo Pescador.

Cándido recordó un viejo retrato de Soutine llamado desolación. Antes de acostarse mandó un mensaje a Carmen, la echaba mucho de menos, así se lo dijo.
 

Terminada la cena dio el resto de noche libre a  su equipo y se ocupó de recoger la cocina y dejarla impoluta para el día siguiente. El arroz estaba de muerte pero era de digestión muy pesada. Apuró la copa de vino y salió a la terraza aprovechando un momento de calma.

La playa no era sino una cantera de rocas y algas, las olas bajaban intensidad y entre las nubes se vislumbraba la luna.

Ciertamente la playa del MigJorn quedaba desoladora y fantasmal las veladas de borrasca.

2 comentarios:

  1. Potente arroz y sobre todo bien "regado", es la mejor píldora para dormir. Me tiene enganchada la historia de Cándido. Jubi

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  2. Un buen caldero murciano es siempre reconfortante. No lo he probado, o no lo recuerdo, con tomate. Me ha gustado mucho la receta. Sin animo de meterme en camisas de once varas, en mi opinión la felicidad no la da un lugar sino el equilibrio de salud, medios y amor, a cualquier nivel. Cándido se siente incompleto. Animo. RM

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