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jueves, 19 de marzo de 2020

Capítulo DIII.- Diez Jornadas (1.8.) Las heces del vicio.

Las heces del vicio.
         «Y mientras en otros tiempos solía ser su ocupación y consagrarse su cuiado a concertar paces donde la guerra o las ofensas hubiesen nacido entre hombres nobles, o a concertar matrimonios, parentescos y amistad, y con palabras buenas y discretas recrear los ánimos de los fatigados y solazar las cortes, y con agrias reprensiones, como si fuesen padres, corregir los defectos de los malos, y todo esto por premios asaz ligeros; hoy en contar mal de unos a otros, en sembrar cizaña, en decir maldades e ignominias y, lo que es peor, en hacerlas en presencia de los hombres, en echarse en cara los males, las vergüenzas y las tristezas, verdaderas y no verdaderas, unos a otros, y con falsos halagos hacer volver los ánimos nobles a las cosas viles y malvadas, se ingenian en consumir su tiempo.
         Y más es tenido en amor y más honrado y exaltado con premios altísimos por los señores miserables y descorteses aquel que más abominables palabras dice o acciones comete: gran vergüenza y digna de reprobación del mundo presente y prueba muy evidente de que las virtudes, volando de aquí abajo, nos han abandonado en las heces del vicio a los míseros vivientes.»
Salvado el lenguaje, quizás un poco pomposo, lo cierto es que estas frases las escribió Boccaccio a mediados del siglo XIV podrían escribirse en estos tiempos.
Lo que puede resultar curioso es que no me parece negativo, al contrario, creo que desde el inicio de la historia se ha tenido siempre una visión crítica, incluso catastrófica de quienes detentan y gestionan el poder y, pese a todo, lo cierto es que el mundo y la cultura evoluciona, mejoran lentamente las condiciones de vida de la gente. Es cierto que hay asimetrías y desigualdades, pero es indiscutible que las condiciones medias de vida de la humanidad han ido mejorando pese a la aparente ineptitud, estulticia, codicia y maldad de los que de uno u otro modo mandan.
Tal vez pudiera ser que no son tan malos, aunque tiendo a pensar que basta con que haya una persona virtuosa entre los que tienen que decidir para que se avance y se mejoren las condiciones. A veces he dicho que bastaría con una generación de gobernantes honrados para que se produzca un salto cualitativo en el bienestar de la gente.
Leía durante estos días sobre la peste (es inevitable) y pese a lo nefasto de su paso por el mundo en sus distintas razzias, lo cierto es que tras cada pandemia se ha producido un impulso social y cultural imparable. No debe olvidarse que fue la peste genovesa de mediados del siglo XIV la que marco uno de los saltos que permitió pasar de la oscura Edad Media y al luminoso Renacimiento.
Por eso, aunque tengo algunos buenos amigos milenaristas, lo cierto es que pienso que de todo esta catástrofe (que no es, ni mucho menos, tan catastrófica como lo fueron otras pandemias) ha de tener resultados positivos.
Mientras me despisto en estos meandros que supongo que serán muy comunes a los que rondan a todo el mundo estos días, sigo con mis lecturas del Decamerón.
La novela octava, en la línea de los relatos morales y moralejeros, plantea la dialéctica entre un hombre virtuoso, Guiglielmo Borsiere, y un comerciante genovés, Herminio de Grimaldi, codicioso y fanfarrón, avaricioso y putañero, que le comenta que acaba de construir una nueva casa, un palazzo que sería la envidia de la ciudad. Le asegura que en su sala principal va a encargar que sea decorada con algo asombroso, con lo nunca visto, algo que fuera absolutamente desconocido.
Guiglielmo, sin perder la compostura, le asegura que aquello que nunca ha visto, aquello que le resultaría increíble y asombroso es que mandara pintar la cortesía.
Mientras escribo esta entradilla estoy preparando un bizcocho para mi santo, todo un reto ya que mi retiro no tengo horno.
Se multiplican los seguidores del Diletante por Instagram, Facebook y Twiter. No siempre es positivo ya que acabo de recibir un mensaje de una pretendida señora que me pide disculpas, me anuncia que tiene un cáncer terminal, que tiene en el banco 150.000 euros y que quiere que la ayude a levantar un orfanato. Me resulta tierno que a estas alturas del milenio se siga intentando las variantes del timo nigeriano.
Sigo con mis recetas de postres de la marquesa de Parabere (en estos 9 años debo llevar más un centenar recetas inspiradas o directamente copiadas de la divina marquesa). Esta vez es una variante del arroz con leche de ayer, lo llama arroz con leche Maria Luisa.
Los ingredientes son similares (no podía ser de otro modo). 150 gramos de arroz bomba, 50 gramos de azúcar glass, ¾ de litro de lechem sal fina, ½ barrita de vainilla y, la novedad, dos huevos.
La cocción del arroz con leche es como la de la receta de ayer, pero la variante es que cuando esté enfriando el arroz con leche se le añaden dos yemas de huevo que se mezclan cuando el arroz ha perdido temperatura.
Se baten, por separado, las claras hasta que queden a punto de nieve y se incorporan también a la mezcla.
Se introduce en el horno, en la parte alta, a la máxima temperatura, para que se gratine como si fuera un suflé, con un poco de azúcar por encima para que se tueste.
Hay que llevarlo rápido a la mesa para que no se baje el postre.
Una variante golosa que haré cuando pueda volver a pasear durante una hora y media por la ciudad.

De momento, me conformo con los personajes perplejos de Hopper. Mujer meditabunda frente a una taza de café.
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