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miércoles, 14 de diciembre de 2011

CAP. XCIII.- Problemas de asertividad que me han conducido a Leon.

Hace algunos meses, muchos meses, recibí una llamada de teléfono de un sujeto muy amable que me trataba con la familiaridad de un amigo de toda la vida y al que yo no recordaba. Con su amabilidad me invitaba a León a dar una charla, auspiciada por una editorial. En aquel momento pensé que sería imposible que finalmente esa invitación, a la que dije que sí, se materializara, de ahí mi sorpresa cuando la editorial me localizó hace algunos días para mandarme un flamante díptico que me anunciaba en los carteles para un foro convocado en la tarde/noche del 13 de diciembre.
Utilizé una artimaña clásica para intentar zafarme advirtiéndole que tenía niños pequeños y que me resultaría imposible asistir si no había una combinación directa, pero me aseguraron que había vuelos directos, aunque en horariosun poco peculiares. Llegaría a medio día del martes 13 de diciembre y regresaría a última hora de la tarde del 14, los unicos vuelos directos.
Me tengo por un hombre de palabra y esa palabra es sí, en casa se ríen de mis problemas de asertividad, problemas que me han llevado a pasar en León 30 horas para dara una intervención de 40 minutos.
Al llegar a la ciudad mi amable interlocutor me recibió tan locuaz como lo había sido al telefonearme, empezó a hablarme de personas a las que no cabía posibilidad alguna que las conociera, gente de aquí y de allá que había pasado por el mismo foro en León, ante la avalancha de datos y el grado de confianza que mantenía mi anfitrión opté por ir diciendole que sí a todo y evocando la bonhomia de cuantos me citaba aún no teniendo ni pajolera idea de quienes eran, ni de qué vinculo directo o indirecto pudieran tener conmigo.
Al segundo vino antes de comer y cuando ya estaba dispuesto a presentarme a su mujer y a sus hijas le comenté que iba a intentar localizar a un primo mio que paraba por la zona y a quien hacía años que no visitaba. Esa excusa, una mentira nada piadosa, me permitiría disfrutar de una bien ganada soledad tras ese arranque de afabilidad incontenida. Gracias a mi primo ficticio tras concluir mi charla y tomarme otra tanda de vinos de rigor me recluí en el hotel, dispuesto a desconectar del mundo y mandecir mi debilidad de no saber decir que no a las envolventes más surrealistas. Ensimismado y acompañado de un primo ficticio he conseguido pasar varias horas paseando por León aguardando a que llegara el avión que me devolvería a casa.
Hace más de 20 años que no viabaja a León, hubo un tiempo en el que de camino a Asturias con unos buenos amigos parábamos en la zona para comer o cenar. León, al igual que otras ciudades castellanas, ha cambiado radicalmente en los últimos años, siguen siendo ciudades suspendidas en el tiempo, pero los años de bonanza han permitido rehabilitar los cascos históricos, hacer peatonales las vías comerciales principales y enlucir los principales edificios.
Entre las nieblas otoñales recuerdo un plato soñado: Las patatas a la importancia de casa Teo, en San Andrés de Rabanedo. Una casa de comidas en la que parábamos para probar aquella receta que he ido idealizando hasta convertirla en un concepto más que en un guiso.
La receta es sencilla, hay que localizar cuatro o cinco patatas nuevas que sean hermosas, pelarlas, sumergirlas en agua y cortarlas en rodajas de poco más o menos un dedo de ancho. Las patatas se pasan una a una por harina y después por huevo para freirlas a fuego vivo, para que queden doradas por fuera. En ese primer golpe de calor no es conveniente que las patatas de hagan por dentro ya que el guiso tiene más enjundia.
Una vez rebozadas todas las patatas de colocan cuidadosamente en una cazuela de barro. Se reduce un poco el aceite en el que se han frito las patatas y se rehoga una cebolla grande picada, dos ajos en láminas y una punta de jamón en taquitos. Cuando el sofrito esté casi finalizado se le añade un poco de perejil picado y se incorpora a la cazuela de barro para que las patatas empapen bien, se enciende el fuego de la cazuela y se cubren las patatas con caldo de ave, las patatas han de quedar tapadas. En algún recetario tradicional se indica que el guiso se hace con la mitad de caldo y la otra mitad de leche - http://www.mercadocalabajio.com/2011/09/patatas-la-importancia-nuestra-receta.html -.
Se deja que cuezan las patatas a fuego muy suave dándoles un pequeño golpe de muñeca de vez en cuando para que las patatas no se peguen, el secreto es que las patatas queden caldosas.
Recuerdo que una de las primeras veces que cociné este plato le añadí una picada de almendras y azafrán, e incluso añadí unas gotitas de colonia (4711) para que aromatizaran el plato.
Aunque sólo fuera por ese recuerdo de las olvidadas patatas a la importancia merecía la pena mi regresión a León, por eso y por una escapada al MUSAC, una pequeña joya dedicada al arte más arriesgado, situada en mitad de la meseta.
De entre los cuadros robo uno que me ha permitido reconciliarme con mis debilidades, dado que de no haber sido asertivo no habría  descubierto a Ryan MacGuinnes, un joven pintor de Virginia que tiene expuesta una impactante serie de cuadros titulada Dios llora cuando yo duermo (God cries when I Sleep). Quien me asegura, ahora que he regresado a casa, que no sea cierto.


5 comentarios:

  1. León y su parador es de los sitios a los que hace años tengo ganas de ir.
    La receta de las patatas tienen una estupenda pinta
    El cuadro como últimamante con precioso color

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  2. Me ha divertido mucho tu blog y el primo que te has sacado de la manga, eres UNICO y lo escribo con mayúsculas pues sinceramente hay poca gente que te iguale en tu bondad, carácter y saber estar. A lo que vamos, ese guiso de patatas en este tiempo reanima y además estarán buenísimas y el cuadro si que es una joya de colores y para mí un descubrimiento. Jubi

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  3. Mondante entrada. Pero, al tipo en cuestión, ¿seguro que le conocías? Mis tías me hacen siempre las patatas a la importancia (a una importancia modesta, porque van sin jamón). Es otra petición del oyente de las mías. Cuando oteo las torres de la catedral (cosa ahora difícil, porque se han cargado la entrada a la ciudad desde Madrid, que era bellísima) ya voy ensalivando, porque sé que alguno de estos "fijos" alegrará mi estómago y nutrirá mi melancolía pasado el tiempo. Me he pedido a los reyes una especie de bases que hay para poder utilzar las cazuelas de barro con inducción, asique ya tengo el exceso de equipaje asegurado. Besotes

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  4. Diletante, soy tuy primo. Coño, tanto decir que ibas verme y acabé borracho en el Húmedo sin llegar a verte. O igual nos cruzamos. Hace tanto tiempo que no nos vemos que quizá no te reconocería. Yo merendé morcilla!

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  5. Me ha quedado una duda. Primero la harina y luego el huevo ¿y no al revés?

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