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sábado, 10 de diciembre de 2011

CAP.XCI.- MATSU (Esperando).

Estos días haciendo memoria me di cuenta de que no había tenido grandes broncas con mi padre, seguramente eso no quisiera decir que nos lleváramos bien - es difícil llevarse bien con un padre -, sólo que no nos enfrentábamos. Él murió hace más de diez años y en la medida en la que he sido padre - mi hija mayor ha cumplido ya los 19 años - voy comprendiendo algunas reacciones familiares que hasta ahora habían sido un enigma para mi.
Pese a que el tiempo poco a poco nos va igualando y nos permite ser mucho más tolerantes lo cierto es que hay una frase de mi padre con la que, por mucho que me empeñe, me resulta imposible estar conforme. Recuerdo que tenía yo 19 años, salía con una chica y todo mi/su empeño era que nuestros padres se conocieran; después de algunos encontronazos bastante ásperos mi padre me aseguró que a partir de ciertas edades uno deja de hacer nuevos amigos. Es una reflexión a la que yo le he dado muchísimas vueltas durante los últimos años, sobre todo a partir de haber cumplido los cuarenta, y lo cierto es que me resulta imposible estar deacuerdo con aquella frase.
Todas estas disquisiciones, propias de un diletante, surgen a raiz de las cenas de estos ultimos días; esta semana de puentes ha sido especialmente activa en mis fogones, en un lapso de 4 días he hecho más de cuarenta platos - repostería incluída -, y he tenido la oportunidad de conocer gente estupenda, personas de las que me costará muy poco hacerme amigo ya que en las horas que hemos compartido entorno a la mesa he comprobado su generosidad y su bonhomia.
La broma de El Diletante se ha convertido en una excusa estupenda para agasajar a los seguidores más cercanos, que así pueden comprobar que además de copiar recetas de los libros más dispares soy también capaz de ejecutarlas con cierta gracia. La noche del 7 de diciembre tenía una de esas cenas a la que acudía una buena amiga con su pareja, al que sólo conocía por referencias todas ellas positivas.
Esa misma mañana tenía que comprar los últimos ingredientes, los más frescos, había quedado con mi hija para comer en La Illa (una gran superficie), ella anda de exámenes y no podía venir a cenar. Paseando por los sótanos de La Illa, organizados como si fueran un mercado más o menos elegante, encontré las botellas de la Bodega Matsu.
Los planes de cena de aquella noche descartaban en principio que yo me hubiera de ocupar del vino, la bebida era tarea de mis invitados, sin embargo ante mis ojos aparecieron las tres botellas de la bodega Matsu como una señal.
El Pícaro, el Recio y el Anciano; tres vinos de la misma bodega - MATSU - una bodega de Toro (Zamora) constituida hace muy pocos años, que tiene a bien aplicar técnicas orientales en el cultivo. MATSU en japones significa esperando, espera o esperar - según la fuente que se consulte - y en esa espera ofrece un vino joven, representado por la imagen de un adolescente al que llama el pícaro; un vino ya formado y asentado llamado el recio, y un vino final que ha pasado un año largo en barrica que responde al apelativo de "el viejo".
La primera vez que vi las botellas quedé sorprendido por las fotografías, pensaba que se trataba de un vino italiano ya que los personajes me recordaban a los rudos mafiosos sicilianos de la segunda parte de El Padrino de Coppola. Mi sorpresa fue descubrir que se trataba de un vino de toro, un vino que no tiene mucha distribución y del que resulta complicado encontrar de golpe las tres referencias.
Al encontrarlo en la tienda - muy bien de precio por cierto -, me dí cuenta de que de repente de me abría la posibilidad de jugar con mis invitados y estructurar el menú a partir de los tres vinos tan iguales y tan diferentes a la vez, de manera que El Pícaro acompañaría a los entrantes, el Recio a los Primeros y el Viejo al plato de fuerza y al queso. Así lo hice y los invitados aceptaron rápidamente el juego de saborear los platos con tres vinos que abarcaban un ciclo vital.
Para estar a la altura de la referencia de El Diletante el menú que les preparé estaba acompañado por las Consideraciones de un diletante.-  Afirmaba Jean Anthelme Brillat Savarin – gastrónomo y magistrado francés nacido en 1755 y fallecido en 1826 – que invitar a alguien a comer es ocuparse de su felicidad en tanto esté con nosotros.
La felicidad es una sensación que puede ser extremadamente compleja de definir y, sin embargo, esencialmente simple a la hora de sentirla. Podemos construir una idea de felicidad a partir de aquello que hemos compartido o descubierto con la pareja, con la familia, con amigos; es una posible idea de felicidad, seguramente no la única, pero la que sirve como excusa para esta minuta.
Antes de empezar con los platos conviene buscar una imagen, mejor un conjunto de imágenes. En este caso hemos encontrado una excusa estupenda en la serie de bodegones que ha pintado Alberto Corazón (Madrid, 1942) para intentar plasmar sus impresiones tras visitar los principales restaurantes de Madrid. Para un espíritu diletante sería estupendo convertir en imágenes las sensaciones que produce una receta.
Las reproducciones de Alberto Corazón han sido “robadas” del catálogo de la Galería Marlborough – www.galeriamarlborough.com –, un referente de los avatares del más sofisticado arte contemporáneo.
El segundo paso ha sido el de elegir la música con la que cocinar, tarea que no es sencilla ya que la música afecta más de lo que parece a la finalización de la mayoría de los platos. La comida termina sabiendo a aquello que sonó mientras se cocinaba.
Durante las últimas horas ha sonado en la cocina de esta casa Allen Tussaint, un pianista de New Orleans que toca un jazz mestizo, lleno de matices. Entre las virtudes de Tussaint, que son muchas, se encuentra la de ser un mercenario, lo que le ha permitido poner su piano al servicio de gente tan dispar como Elvis Costello, Fats Domino, Professor Longhair o Trombone Shorty. Una música mestiza y mercenaria puede tener un efecto casi tan potente como la más potente de las especias.
Con el piano de Tussaint a todo meter y los cuadros de Corazón apareciendo y desapareciendo del Ipad arrancamos la propuesta gastronómica de esta noche:
Menú.
       Arrancamos con los aperitivos:
Ø Almendras marconas recién fritas con una punta de jamón de pato.
Ø Bocados de gulas con salsa holandesa.
Ya en la mesa empezamos con las entradas:
Ø Sopa de ajo con una sola miga.
Ø Lasaña de bacalao en brandada con muselina de ajos.
Tránsito.
Ø Ensalada en pincho, no verde.
Platos de fuerza, apenas tres apuntes.
Ø Damas de Tolosa.
Ø Carpaccio de mar y montaña.
Ø Apuntes para un Wellington de andar por casa.
Postres.
Ø El chocolate me gusta un huevo.
ØUn poco de queso por si alguien quedó con apetito.
(Aunque aparecen camuflados los nombres lo cierto es que casi todos los platos han sido de uno u otro modo apuntados o comentados en post anteriores).
Charlamos, bebimos y reimos sin mesura. Ya de madrugada, después de haber localizado viejas canciones de Sinatra y de Tom Jones - el mismísimo tigre de gales -, nos despedimos entre abrazos con la certeza de haber disfrutado de una noche especial gracias a la generosidad de los invitados y a la sabiduría de Matsu, esta cena aventura nuevos retos para El Diletante, entre ellos el de comer una vez más en el Motel Ampurdá.
La manaña siguiente fue, era inevitable, de intensa resaca.
Dejo uno de los cuadros de Alberto Corazón como referencia visual de la cena, es su interpretación de un menú en el DiverXo de Madrid..




2 comentarios:

  1. Me divierte la frase de tu padre, no tiene nada que ver con la realidad, yo los amigos que tengo los he hecho después de los 19. La cena que describes debió ser todo un éxito y jugar con los vinos, un acierto, espero pronto disfrutar de tu cocina, mientras, me conformo con el menú del día de los diferentes sitios que voy conociendo. Jubi

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  2. Me encanta el cuadro, su colorido y aparente sencillez
    Nada que decir de tu menú, estoy segura que tus invitados salieron de vuestra casa FELICES, felicidad que debió abarcar todas las horas desde que entraron hasta que salieron
    También yo estoy contigo, muchos amigos se van haciendo a lo largo de la vida y entran en tu vida de la forma más inesperada

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