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viernes, 24 de febrero de 2012

CAP.CXVII.- A cerca de las sopas, las nubes y las malas personas.


Revisando viejos libros de poesía me rencontré con un pequeño poema en prosa de Charles Baudelaire titulado “La sopa y las nubes” - La soupe et les nuages -. Baudelaire era una muy mala persona, seguramente fuera un tipo egocéntrico, caprichoso y despreciable, pese a ello un genio. Recuerdo hace algunos años haberme leído unas cartas que Baudelaire dirigió a su madre, todo un catálogo de mezquindades y chantajes de todo tipo, el “bueno” de Baudelaire se pasó la vida reprochando a su madre que, tras enviudar joven – Baudelaire tenía apenas seis años -, se casara con un militar y diplomático al que el pequeño Charles despreciaba. La mayor parte de las cartas que dirigió a su madre eran para reclamarle dinero, para lo que utilizaba las más miserables artimañas.

De las malas personas se pueden aprender muchas cosas, cosas útiles; ya lo afirmaba otra malvada genial, Mae West:” Las chicas buenas van al cielo, las chicas malas pueden ir a cualquier parte”. De Charles Baudelaire he aprendido, por ejemplo, que para quedar con una mujer el lugar de encuentro más decente es un museo, no en vano el solía quedar con su madre, Caroline, en el Museo del Louvre.

Volviendo al pequeño poema Baudelaire evoca su infancia, concretamente la hora de la cena. Por lo que parece el poeta desde niño tenía cierta tendencia a la ensoñación, vamos, que se le iba la cabeza hacia cualquier parte y se olvidaba de comer. Su tata, Mariette, se desesperaba ante la parsimonia de aquel insolente crio y le devolvía a la realidad con un pescozón, de ahí que en este poema – el XLIV del Spleen de París – termine diciendo: “Et tout à coup je reçus un violent coup de poing dans le dos, et j'entendis une voix rauque et charmante, une voix hystérique et comme enrouée par l'eau-de-vie, la voix de ma chère petite bien-aimée, qui disait: "- Allez-vous bientôt manger votre soupe, s...b... de marchand de nuages?".

Una frase que viene a decir algo así como: De repente recibí un violento pescozón en la espalda, y escuché una voz áspera y encantadora, una voz histérica y como enronquecida por el aguardiente, la voz de mi pequeña bien amada que me decía: Vamos, pronto, tómate tu sopa, jodido marchante de nubes”.

En la traducción de este poema de Joaquín Negrón Sánchez para la editorial Visor (Madrid, 1998), traduce la palabra marchand (comerciante, mercader, negociante, tendero), como mercachifle, que es sinónimo de buhonero, lo que le da un tono despectivo a la frase.

Me gusta la definición que hace de los niños como mercaderes o comerciantes de nubes. No es difícil hacerse a la idea de un niño frente a un plato de sopa mirando al vacío por una ventana. Más complicado es intentar descubrir qué sopa preparó la aguardentosa Mariette a su pequeño Charles; Baudelaire no tuvo a bien dejar ningún recetario y en sus obras hay muy pocas referencias culinarias que nos permitan identificar cuales eran sus aficiones en la mesa.

Yo he colocado sobre mi mesa de trabajo tres recetarios radicalmente distintos con el fin de elegir una posible receta de esa sopa del buhonero de nubes. La más sofisticada es una sopa de mejillones cubierta de hojaldre – Soupe de moules en montgolfière sacada del libro L’education gourmande de Flaubert escrito por Gonzague Saint Bris -, la segunda es una sopa de verdura más sencilla – Soupe aux herbes localizada en Les Carnets de cuisine de Monet -, la tercera es una sopa de verdura otoñal rescatada por Jamie Oliver en su libro La Cocina Italiana de Jamie (minestrone d’inizio autunno).

Como Charles Baudelaire era un auténtico canalla no tengo ningún problema en traicionar sus afrancesados gustos y obligarle a comer una sopa de verdura italiana, bien cargada de verduras, una minestrone de aquellas que sin duda amargarían la vida de un niño – es curiosa la manía que los niños le tienen a las verduras – y que, sin embargo, vuelven locas a las personas mayores.

Jamie Oliver sugiere esta sopa para los inicios del otoño, pero dada su contundencia tampoco parece que vaya a desentonar en los últimos coletazos del invierno, sobre todo ahora, cuando es posible encontrar todo tipo de verduras en el mercado durante todo el año.

Para esta sopa hay que poner en un cazo con agua fría 200 gramos de judías secas – pueden ser de las blancas, pero las pintas tampoco van mal -, ojo, no hay que pasarse con la cantidad de judías, no se trata de hacer unas judías con verduras, sino unas verduras con judías; por eso creo más juicioso reducir la cantidad que propone Oliver y poner sólo 125 gramos. En el mismo cazo ponemos una hoja de laurel, una patata y un tomate partido en dos, se deja hervir suavemente hasta que las judías queden tiernas – una hora poco más o menos -. Cuando estén hechas se escurren bien reservando medio vaso del agua de cocción de las judías.

Mientras se cuecen las judías se puede ir preparando el sofrito que arranca con un buen chorro de aceite de oliva, un poco de tocino entreverado (panceta o bacon), dos cebollas rojas pequeñas peladas y bien picadas,  dos zanahorias peladas y troceadas en daditos, 3 dientes de ajo fileteados, medio bulbo de hinojo también picado y los tallos de un manojo de albahaca fresca picaditos (a Oliver le gusta la albahaca más que el perejil, le da un punto dulce muy agradable al plato). Los vegetarianos por descontado que pueden eliminar la panceta sin que eso suponga una traición a la receta.

Se salpimenta y rehoga a fuego muy suave durante 15/20 minutos, no se trata de tostar las verduras sino de dejarlas confitadas. Cuando el sofrito está en su punto se incorpora 800 gramos de tomate pelado y cortado – Oliver recomienda utilizar tomates pelados y envasados -, dos calabacines no muy grandes en rodajas, con la piel incluida, y una copa grande de vino tinto – recordad que si se utiliza un vino peleón para guisar el plato saldrá tan peleón como el vino, de ahí que haya que estirarse.

Con los nuevos ingredientes hay que dejar que la cazuela siga hirviendo lentamente durante un rato más (15 minutos). En el tramo final del guiso se añaden 200 gramos de acelgas o espinacas frescas cortadas muy finas, medio litro o tres cuartos de litro de caldo de pollo o de verduras (de nuevo hay que dar opciones a los vegetarianos), las judías que habíamos hervido y reservado, más un puñado de fideos gruesos – poco, tampoco se trata de hacer una sopa de pasta.

Si el guiso queda muy espeso no hay problema en añadir un poco más de caldo hasta que recupere el aspecto de una sopa.

Para presentar el plato en la mesa Oliver recomienda adornarlo con las hojas más tiernas del ramillete de albahaca, un chorrito de aceite de oliva y un poco de queso parmesano rallado por encima.

Como complemento a esta sopa nada mejor que un cuadro de Berthe Morrisot, amante de Eduardo Monet, una pintora excepcional, de vida triste; entre sus muchos cuadros dejó éste de una sopera.


Para quien quiera comprobar que el diletante no es muy original, recomiendo este blog veterano en el que aparecen un montón de cuadros dedicados a la cocina http://cocinamosentretodos.blogspot.com/2010/03/la-sopa-en-el-arte.html

2 comentarios:

  1. La sopa minestrone me encanta, ya desde bien pequeña (hace muchos años) vendían unas verduras deshidratadas que se llamaban "sopa Juliana" y que vendían al peso y se preparaba un caldo y ahí se echaban unos cuantos puñados, según los comensales) y estaba buenísima, es uno de los muchos sabores que recuerdo con nostalgia pues yo nunca volví a hacerla y el olor que desprendía al hervirla aún lo conservo. Esos olores de la infancia siempre se recuerdan. El cuadro es precioso, esa sopera también me recuerda a tiempos pasados. Para mí este blog me ha devuelto a mi infancia. Gracias diletante. Jubi

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  2. Me encantan las sopas, veo que las alubias no las pones previamente en remojo,yo todavía estoy en la vieja escuela de ponerlas a remojo la noche anterior.
    La sopera es preciosa

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